Una mala noche -CUENTO-

 

Una mala noche.

                                                    José Luis RAMOS                                          

Al abrir la puerta con su llavín, a Claudio le recibe la oscuridad y el sofocante calor de la calefacción al máximo. No le extraña demasiado que Laura no esté en casa, a veces sube a echar una mano a Concha, la vecina del cuarto, siempre agobiada con los niños.

Deja el abrigo y la bufanda en el paragüero de la entrada y pasa al salón.

            Lo que realmente le sorprende es que estén las persianas subidas, es raro, tal vez ha salido  a media  tarde, o antes.

 Enciende la luz, baja la persiana y, automáticamente pone la televisión.

 Deja pasar el tiempo pero, de pronto siente una extraña impaciencia, retrocede hasta la entrada y comprueba que el teléfono parpadea. Descuelga el auricular y escucha asombrado el mensaje.

            “Tiene un mensaje nuevo. Mensaje número uno, recibido el día 30 de marzo  a las 17,32. “Hola Claudio, seguro que te ha sorprendido descubrir este  mensaje, lo siento, cariño, sé que será un mazazo para ti... Escucha.  Me he ido, tenía que haberlo hecho hace tiempo, lo nuestro era todo menos un matrimonio... No volveré, no me busques, no andes molestando  a nadie. Ya apareceré cuando Dios quiera...”

Tras una leve pausa, cuelga el auricular, no entiende nada, dubitativo, regresa al  salón, se sienta en el sofá-cama, apaga el televisor e intenta pensar. “¡Qué extraño!, Laura no me ha hablado así nunca… -intenta convencerse de que ese mensaje es solo un arrebato de Laura, quiere creer que en unos minutos sonará el timbre de la puerta y será ella que, sin dar explicaciones, entrará en la cocina como si tal cosa a preparar la cena.

En la mente de Claudio se repiten, como mazazos, las palabras, firmes, seguras, de Laura e intenta convencerse de que, efectivamente, Laura se ha ido...

            Pasa a la cocina y se prepara un café y un bocadillo de chorizo, Laura no le deja comer chorizo por el colesterol, pero ahora Laura no está para reprenderle. Con el bocadillo y el café en un plato vuelve  al salón.

            Mientras engulle, distraído, el bocadillo y toma, a pequeños sorbos, el café, muy cargado, sigue dándole vueltas al mensaje.

            “¿Dónde diablos puede haberse metido? Y, sobre todo. ¿Por qué? Bueno, como ella misma dice, ya aparecerá cuando Dios quiera…”

            Opta por no acostarse, busca una manta en el altillo del armario del dormitorio y se acomoda en el sofá-cama a esperar. Minutos más tarde, el estridente repiqueteo del teléfono le saca de sus cavilaciones. Atolondrado, apenas acierta a meterse los zapatos mientras corre  hasta la entrada. Descuelga con  un “Dígame” imperativo.

 Una voz ronca, antipática, responde lacónicamente.

            -¿Es usted Claudio Martín?

            -Sí, soy yo... ¿Qué desea?

            -Ha aparecido su esposa, está en el Hospital Clínico. ¿Puede venir al servicio de Urgencias..? Pregunte por el agente Robles. Le estaré esperando.

            -Pero, mi mujer... está...

            El sonido del teléfono al colgarse fue la respuesta.

            Diez minutos después bajaba del taxi frente a la entrada del Hospital.

Dos coches de la policía, aparcados frente a la puerta le hacen temer lo peor. Corre precipitadamente hasta el mostrador dónde una adormilada joven de bata blanca y cuello azul le indica, tendiendo su mano derecha, la esquina donde  fuman, aburridos, dos hombres sentados sobre unas camillas. “¿Cómo sabe esa mujer quién soy y qué es lo que busco? Bueno, a estas horas... Con todo esto vació... No es tan difícil”

El más joven de los dos hombres sale a su encuentro tendiéndole la mano.

            -¿Claudio Martín?

            Su asentimiento bastó para que aquel hombre le tomase del brazo caminando, pasillo adelante  con aire triste.

            - Dígame.  ¿Dónde está mi mujer?

- En unos minutos le pondrán  en antecedentes... Sígame.

El otro hombre, que se ha quedado rezagado, se une a ellos en silencio.

- Debíamos haberle avisado antes, pero, ¡qué quiere!, encontramos la dirección de ese otro caballero entre sus ropas y creímos que...

- Entre sus ropas...? ¿Qué le ha ocurrido a Laura? ¿Está...?

- Sí, desgraciadamente, ha fallecido...

- No puede ser... Me dejó un mensaje... decía que no la buscase... que ya aparecería ella cuando... -De pronto comprende las palabras de Laura en el mensaje-. “Ya apareceré cuando Dios quiera”

Los pasos de los tres hombres resuenan en medio del silencio del pasillo con estridencia, el policía golpea levemente con los nudillos en la puerta de un despacho, un bronco “Pasen” les introduce en una estancia donde les aguarda  un hombre mayor, de pelo cano, muy delgado, que viste una bata blanca. Parece cansado o distraído.

- Es el señor… Martín – indica el policía señalando a Claudio a modo de saludo mientras se dirigen a la mesa - ...el doctor Aguirre le dará los detalles...

El doctor le tiende la mano en su  saludo cálido y cordial.

- Desgraciadamente, su esposa ha aparecido...-el doctor hace una pausa que a Claudio se le hace interminable-  ahogada en el pantano de Santa Teresa.

Claudio siente una extraña humedad recorriendo su espina dorsal, teme desmayarse de un momento a otro. El doctor, impresionado ante el terrible impacto de sus palabras procura ser amable.

- Créame usted que lamento infinito ser portador de tan desagradable noticia... Pero… los hechos son tozudos. ¿Tiene la amabilidad de  acompañarnos…? Debemos proceder a la identificación.

Claudio siente un extraño desasosiego, sus pies parecen perder consistencia, no sabe por qué pero sus ojos se fijan obsesivamente en el hombre que no ha abierto la boca en ningún momento y dos preguntas le torturan. “¿Qué pinta aquí ese hombre? ¿Por qué tenía  Laura su dirección...?”

Siente en su espalda la afectuosa presión de la mano del doctor, entran en una amplia sala de azulejos blancos y largas mesas de metal, el agente,  a una indicación del doctor, hace girar la manilla de una puerta metálica, presiona hacía adentro y se abre. Claudio, absorto en sus pensamientos, apenas tiene tiempo de eludir el impacto de la camilla que avanza hacía su estómago.

Bajo una  sábana blanca cruzada de grandes letras grises con el rótulo de “Seguridad Social” se evidencia un cuerpo, Claudio comprende que es Laura, traga saliva, el doctor corre ligeramente la sábana dejando al descubierto el rostro de Laura, los ojos desorbitados, la piel amarillenta, el cabello formando caprichosas figuras de esparto sobre la cara. Se limita a asentir con la cabeza ante la mirada inquisitiva del doctor.

- Hubiera deseado evitarle este mal trago...  en fin, era necesario...

- Sí, comprendo...

El doctor cubre de nuevo el rostro y, con un rápido movimiento, el agente introduce de nuevo la camilla en la cámara frigorífica.

Nueva presión, ahora es en el codo. Claudio se deja conducir dócilmente. No acaba de entender lo que está ocurriendo,  sabe que no es un sueño, no,  siente frío, opresión en el pecho, sequedad de su garganta, no, no está soñando, a su cerebro vuelve la voz de Laura en el mensaje del contestador. “No volveré nunca, no me busques, no molestes a nadie. Ya apareceré cuando Dios quiera...”

Han vuelto al despacho del doctor y le indica, con un gesto de su mano derecha, que tome asiento frente a él.

El agente y aquel hombre quedan a su espalda, nota su presencia pero no puede verlos. Toma asiento, respira hondo, consulta su reloj. “Las cinco y cuarto. ¿Qué hora sería cuando llamaron?”. Cierra los ojos, no quiere pensar, quizá intenten sonsacarle cosas de su convivencia, ya no importa. ¿Qué pueden hacerle ya? Lamenta sentirse observado por ese hombre que todavía no ha abierto la boca.

“No debo hacer cábalas, es probable que el doctor sepa lo que ha ocurrido, ¡pobre Laura!”

El doctor mira al agente, luego al hombre silencioso, baja la vista y busca algo entre los papeles que tiene sobre la mesa, tras  un leve carraspeo, pregunta.

- Cuándo notó la ausencia de su esposa ¿Qué hizo usted?

Claudio duda unos segundos, por fin responde.

- Llegué a casa a eso de las nueve o nueve y media y no me extrañó, en un principio,  la ausencia de Laura, pensé  que habría ido a visitar a Concha, la vecina del cuarto, esperé en el salón, solo cuando comprobé que tardaba más de la cuenta fui al teléfono y escuché el mensaje que había dejado en el contestador… -De pronto comprende que, a juicio de aquellos señores, su actitud podía considerarse indiferencia, titubeó, luego, con un gesto de aceptación, continuó hablando- ...Bueno, en realidad... No sé, estaba acostumbrado a que siempre estaba en casa, a veces, si subía a ver a la vecina o  iba a tardar, me dejaba una nota.

El agente interrumpe sus palabras.

- Y dígame. ¿Guardó el mensaje o lo borró?

- No, no lo borré, supongo que... No sé… ¿Cómo iba yo a pensar...?

Es ahora el doctor quien interrumpe.

- ¿Dedujo usted de sus palabras que estuviera... Deprimida o triste?... ¿Habían discutido? Perdone usted, no es preciso que conteste si no lo desea, esto no es  un interrogatorio. ¡Faltaría más!

- No,  nosotros no somos, perdón, no éramos de mucho discutir, si estábamos enfadados, a lo más que llegaba la cosa era a algún silencio, otra cosa.... Nunca. Perdone… No puedo hacerme a la idea  de que...

El doctor agita los papeles que tiene sobre la mesa y señalando al hombre que hasta entonces ha estado en silencio le pregunta.

- Y usted... Dígame, ¿Había discutido usted con la fallecida?

- Verá usted, doctor, Laura y yo... salíamos juntos... Ya me entiende…

El doctor le interrumpe con aspereza.

-No, yo no entiendo nada, le estoy preguntando, conteste, por favor.

 -Si se refiere a si habíamos regañado, no señor, nosotros… nos veíamos de vez en cuando… ella, -se vuelve a Claudio- usted me perdonará si digo que parecía estar mal últimamente, hablaba de que  aquello no era vivir, que... en fin, me resulta muy violento hablar de estas cosas con ese señor delante... Hoy teníamos que habernos visto... A las cinco, en mi casa, como cada martes, pero... No apareció.

Claudio  hace intención de incorporarse y el agente le sujeta con firmeza por los hombros.

 Claudio mira al doctor y con gesto de impotencia suplica.

- Perdone, ¿No creen ustedes que esto es demasiado? ¿Creo que todo esta noche ha sido demasiado duro…? ¿También tengo que pasar por esto?

- Tiene usted toda la razón, Claudio, pero  – agita los papeles como un abanico – estamos aquí para descubrir… Si es que somos capaces, qué impulsó a su esposa a acabar con su vida... según este informe tomó un taxi, como cada martes, pero… por motivos que se nos escapan, pidió al taxista que la llevase a las inmediaciones del pantano… pero, si había tomado la decisión de suicidarse... ¿Qué la indujo a llevar en su bolso la tarjeta de Luis Barrado en vez de la de su propia casa…  o el DNI.?  A no ser que...

El agente aprovecha la indecisión del doctor para intervenir y sin dejar de presionar los hombros de  Claudio, afirma.

- A no ser que su intención fuese precisamente inculpar a su amante y así mostrar a su esposo que ella no era como él suponía. O quizá...

El doctor asiente con la cabeza, todos se miran de hito en hito.

- Creo, señores –dijo el doctor juntando las palmas de sus manos como si fuese a dar una palmada – que podemos dejar el asunto ahí hasta no tener el resultado de la autopsia.

Se hizo un silencio denso, agobiante que fue interrumpido por una enfermera que pasó, tras unos leves golpes en la puerta y, sin mediar palabra, dejó unos folios sobre la mesa del doctor dando media vuelta para cerrar de nuevo a sus espaldas.  

 

             

             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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