MAÑANA SERÁ OTRO DÍA
Mañana
será otro día.
José-Luis
Ramos Martín
Pseudónimo.
Virgilio Justo
Celso aparece en el salón
bostezando, no acaba de írsele el
dolor de cabeza, se siente raro, quizá
está harto, hastiado de ese trabajo del que no logra librarse ni en sueños,
hastiado de los pequeños ladronzuelos,
de las denuncias por escándalo público, de Julita, la popular
trabajadora de la noche que le ha roto la cabeza con el cierre de su bolso al
proxeneta que la explota desde hace diez años y que le exige lo que no ha
ganado.
A Celso le aburre que cada
día y cada noche sea igual, papeleo, rutina, connivencia con la marginación… a
él lo que le gusta es ver la televisión en zapatillas junto a Pepa, su mujer,
discutir de política con el chico, tomarse un bocadillo de calamares viendo
jugar al Barça… pero no se le logra casi nunca.
Cuando
entró en el cuerpo pensó que sería ascender y vivir centrado en la investigación,
solucionar problemas, limpiar las calles de tunantes pero no, ahora, abocado a
los sesenta, su trabajo se reduce al mostrador, las denuncias y el teléfono.
“Pepa
se empeñó en que me presentase a comisario y aquí estoy, hecho un oficinista, rodeado
de papeles que no se cierran nunca, yo
que tanto amo acabar las cosas me veo dejando todo hilvanado o rematandor lo
que ha empezado otro... De todos modos, así es la vida, un ensayo, un boceto que nunca
logramos concretar... Lo bueno de este
trabajo es trabajar de noche, no sé por qué lo evita todo el mundo, ¡que
tranquilidad! De noche, todo se remansa, no hay ruidos, ni agobios, te sientes más capaz, más
libre...”
Pepa,
como todas las tardes, está haciendo punto en el sillón de orejas, le va
aparecer, en pijama, con los botones mal abrochados pero no dice nada, sigue
contando mentalmente los puntos con la mirada puesta en la tele..
-
Hola, Pepa, ¿qué tal? ¿No ha llegado
aún el chico?
Pepa
le mira y sonríe.
-
Hola, cariño ¿Has podido dormir algo?
-
Sí, gracias, tengo mal cuerpo, pero
algo he dormido.
Llevan
años así, cuando él se levanta, ella está haciendo punto o viendo una novela en
la tele, apenas tienen nada que decirse, por eso, como de costumbre, Celso
vuelve a sus pensamientos.
“Lo malo es esa sensación de de estar fracasando,
ese sentirte impotente, mayor, vivir siempre con esa sensación de miedo, hacer
la vista gorda a tantas cosas que te gustaría poder cambiar de un plumazo.
Sentirte solo. ¿Y a quién se lo cuento?
A nadie. Si le cuento a Pepa lo de Julita, con lo suspicaz que es, lo menos que
piensa es que tengo algo con ella, ayer, sin ir más lejos, se me ocurrió decirle
que me sentía distinto, blando, sensible a la amargura de los otros, a la
injusticia de no poder echar una mano a los pobres que se presentan en comisaría asustados porque
le han robado la cartera y no saben defenderse, que me irrita la prepotencia de
los abogaduchos de los ladronzuelos del tres al cuatro que invaden el despacho como si estuvieran en su casa… Se
me quedó mirando como si me viese por primera vez en su vida y por un momento
creía que iba a entenderme pero no, terminó por mover la cabeza de arriba abajo
y me soltó lo de siempre “Zarandajas, excusas, si no comieses esas
porquerías en el bar… ¡ah! y eso de que
te has hecho ¿cómo dices?... más sensible, pamplinas, en otras cosas querría
verlo yo, en otras cosas...”
Celso, resignado, se
tumba en un sillón frente a la tele, se rasca el cogote, le gustaría poder hablar con Pepa, de lo que
sea, de por qué no ha llegado aún Júnior, de lo que ha hecho todo el día,
preguntarle si está molesta por algo porque antes, hace algunos años, le esperaba
para cenar pero últimamente siempre está haciendo punto y eso, como que le
escama un poco pero, pero no se atreve a interrumpirla, tiene la sensación de
estar de más.
Observa a Pepa y tiene la impresión de ver
crecer el jersey, el gesto firme, voluntarioso, los labios apretados, las gafas
caídas sobre el puente de la nariz, se asusta al imaginar que la lana sale de
entre los dedos de ella convertida en trozos de jersey como la masa de una
churrera.
Los huevos rellenos y el pisto que le ha
dejado Pepa en el microondas le pesan en el estómago como piedras.
“Seguro que es la comida de mediodía, porque
según Pepa, “de tirar no se ha hecho rico nadie-“.
La
observa, fuerte, regordeta, no parece sentirse observada, sigue a lo suyo
mientras Celso sigue con sus pensamientos.
Ha
quedado demasiado cerca del codo de Pepa, le molesta el movimiento del brazo,
su ir y venir continúo. Intenta concentrarse en la televisión.
“Dios.
¡Que bobada! ¿Qué puede importarle a nadie que regalen un coche, o un viaje, o
mil euros… a esa mujer que grita desde Tomelloso? Bobos mil euros se habrán
dejado la gente las llamadas para escuchar la musiquita de marras… Ya podían
poner algo decente... Los Estudio Uno de antaño, o una buena película, ¡será
por dinero! ¡Aquellos programas sí que
estaban bien!, pero ahora, con tantas
cadenas, todo viene a ser lo mismo,
bazofia, tetas y tontería... ¡No sé por qué me extraño de que esté todo como está! Mal anda un país si para
prosperar solo pensamos en un premio de la lotería, si todo lo puede arreglar
la participación en un programa de esos... Y Pepa ahí, haciendo tiempo porque
al mocoso de Júnior no le ha dado la
real gana de aparecer... ¿Dónde estará a estas horas? Y Pepa, como siempre, tapándole sus cosas.
¡Estoy más harto!”.
Impaciente, le da con el codo y pregunta:.
-
Vamos a ver, Pepa, deja eso de una
puñetera vez y dime, ¿A qué hora dijo el chico que vendría?
Pepa
sigue contando los puntos por lo bajo y tarda unos segundos en interrumpir su
labor a un lado y luego, mirándole por
encima de las gafas, responde:.
- ¿No te lo comenté? Sí, hombre, seguro que te
lo dije. Salió con los amigos y esa chica nueva a Toledo, no, no puede
tardar... calcula que en dejar a la chica en su casa y volver... Además, aún no es tan tarde.
Celso
mira a Pepa con el ceño fruncido. Se pasa la mano derecha por la cara sin
afeitar. Nota la lengua estropajosa, reseca.
-
Eso de que no es tarde lo dirás tú, a la una y media y en sábado... Yo sé cómo
está la noche… los peligros...
Pepa le mira,
ahora, sinceramente preocupada, guardan silencio. Celso se ha puesto de lado y
mira, con los brazos cruzados, la televisión. En ese momento suena el teléfono.
Pepa, sobresaltada, mira al aparato, mientras Celso tiende la mano hacia la
mesa de centro, descuelga el teléfono y contesta bruscamente.
-
Sí, diga.
-
Aguirre, ¿supongo?
-
Sí
- Mira, Celso, soy
Montes... No te voy a andar con
pamplinas, tu chico está aquí...
“Ya me parecía a
mi que la cosa no estaba por buenas. Se habrán pegado un castañazo con el
coche, como si lo viera”
-
¿Que demonios hace mi hijo en comisaría?
Al
otro lado se nota cierta vacilación.
- Verás, lo
trajeron hace un par de horas... Entre la morralla de la manifestación.
“¡Este crío me
mata! Y Pepa poniéndome caras. Verás como se pone cuando se lo cuente. ¡Que esa es otra! Tendré que apechugar con
que si es culpa mía, pase lo que pase, siempre es culpa mía”.
Vuelve a la
realidad cuando escucha a su compañero en plan jocoso.
-
... menudo sindicalista tienes, porque es tu hijo, si no, incomunicado lo tenía
las setenta y dos horas... Tiene mucho peligro tu chico, te lo digo yo... ¡Pasa
aquí la noche... y nos convence a todos! Un Marcelino Camacho con estudios...
Celso
no quiere ofender la inteligencia de su compañero diciendo que tiene que haber
un error, que su hijo… eso es lo que escucha cien veces cada noche a otros
padres pero él no hará tal cosa, guarda silencio, carraspea, necesita ganar
tiempo. Mira a Pepa que le observa con ojos de pánico y solo se le ocurre
decir.
-
No le habréis dado... ¿verdad?
Al
otro lado se oye una carcajada.
-
¡Ni mucho menos! Sabe latín, entró por la puerta con su DNI en la mano, advirtiéndonos
de sus derechos... Menos mal que lo
habían visto por aquí contigo, si no… Celso,
A ti te lo puedo decir, no le hemos tocado un pelo de la ropa, diga él lo que
diga, que igual tiene consignas, ya sabes...
-
¿Entonces?
-
Nada, cuándo se relajó... ¡tan majo!. Te lo envío con un agente en cuanto nos
desenvolvamos un poco... Solo quería que estuvieseis tranquilos... y por si luego te larga
batallitas, ya sabes como se las gastan estos chicos...
-
¿Entonces?
-
Nada. Rompo la ficha en cuanto salga de aquí, no es muy ortodoxo... pero tú habrías
hecho lo mismo por mí. ¿O no?
Celso,
suda, nota las manos húmedas, se
apresura a responder.
- Por descontado, Carlos, por descontado. ¡Te debo una!
-
Espero que no me la tengas que pagar nunca. Será bueno para todos. Buenas
noches.
-
Buenas noches, Carlos. ¡Ah!. Y mil
gracias.
- Nada, hombre, nada... Todos hemos tenido
veinte años... está verde y... manipulado, pero tiene dos... no creas que se
amilanó cuando intentamos asustarle...
-
Lo dicho, Carlos, mil gracias.
Pepa
ha apagado la televisión e intenta enterarse de lo que hablan, no puede más,
agarra a su marido de la manga del pijama y pregunta con nervio.
-
¿Me quieres explicar que tejemaneje te traes tú con Carlos y qué es lo que pasa
con Júnior?
Celso
se suelta con un movimiento brusco y, sin responder, se dirige al mueble bar,
abre una botella de coñac, se sirve en un vaso largo y, de espaldas a su mujer,
bebe un trago antes de contestar con el rostro amoratado por la ira.
-
O sea, que en Toledo, ¿no? ¿A ver la
catedral con la novia y los amigos? ¡Muy santo tu niño!, sí señor, muy santo.
Puedes dar gracias de que ha caído con Carlos, que es un piernas… – Vuelve al vaso, mira a su mujer que
ahora llora inconsolable – otro cualquiera lo hubiese dejado en un calabozo con
todos los mangantes del país... – Se vuelve a su mujer con los ojos rojos de
ira- Mira, Pepa, no me calientes con tus gimoteos... Por buenas composturas...
vete a la cama, yo me encargo de recibirlo
cuando llegue...
-¿Me
prometes que no vas a ser duro con él?
-
Puedes acostarte tranquila, el chico está bien, el que no está bien soy yo.
Pepa
le da un beso de refilón en la mejilla y sale del salón, confía en su
marido, tiene su pronto, su genio, pero
quiere al muchacho tanto como ella.
Cuando se queda solo, vuelve a dejarse caer en
el sillón con el vaso al alcance de su mano y en el silencio de la noche, poco
a poco, se va quedando dormido.
El
timbre de la puerta, un toque largo y fuerte, le sobresalta, se incorpora y,
jadeando, descorre el pestillo. Ante sus
ojos, adormilados, aparece Júnior, con la cabeza levemente inclinada hacía el hombro
izquierdo, sonríe con una mueca burlona, a su lado, sujetándole por un brazo,
un agente uniformado, joven, poco mayor que su hijo, se cuadra, marcial, Celso
cree observar en los ojos de aquel joven, una mirada burlona. “¿Tan mal aspecto
tengo en pijama?”.
Celso
lo comprende y no le importa.
“Pobre chico, se ha quedado de piedra al ver a
un comisario, generalmente con cara de pocos amigos, convertido en un vulgar
padre asustado, soñoliento y en pijama”.
Júnior
intenta hacerse el duro.
-
¡Hola, viejo, buenas noches! Ya ves, aquí, jugando al hijo pródigo...
-
Pasa... ¡Ya hablaremos tú y yo...!
El
agente, le suelta permitiendo que el chico pase al interior de la vivienda. Él,
en cambio, temiendo ser mal interpretado, da las buenas noches sin saber, a
ciencia cierta, si es eso lo que debe hacer.
-
Buenas noches, comisario. El comisario Montes me encomendó que trajese a su hijo, que...
-
Bien, agente, muy bien, yo me encargo. Puede retirarse.
El
joven, poco convencido, vuelve a cuadrarse y, aliviado, da media vuelta
disponiéndose a bajar las escaleras.
Solo cuando el agente se pierde de vista
escaleras abajo, Celso cierra la puerta tras de sí. Júnior hace intención de
dirigirse a su habitación, su padre, apretando los dientes, le dice al oído.
-
¡Alto ahí, galán! ¡Y no la montes!, no
quiero despertar a tu madre. Me vas a contar, ¡si es que puedes! ¿Por qué te
han tenido que traer de esta forma y a estas horas?
Júnior,
suspirando aparatosamente, se deja caer en el sillón pero, al descubrir el vaso de coñac en el suelo, se asusta un
poco.
“¡A ver si este tío me da la noche! La verdad
es que muy bien no está. Habrá que
torear con cuidado”.
-
¿Has visto lo bien que me cuidan tus chicos?
Celso, hace ademán de darle un
bofetón pero, de pronto, echa el brazo hacía atrás. Se sienta junto a él, intentando producirle sensación
de agobio.
-
¡Déjate de coñas marineras y contesta!
“Te
lo montas muy mal, viejo… a estas alturas de la película… pero, en vista de que
te pones así... ¿A ver hasta dónde llegas?”
-
No parece que te haya sorprendido mucho.
¿Sabías algo?
-
Saber, saber, con vosotros... ¡Quien puede saber! Sé que te traen conducido de
comisaría y te pregunto si has hecho algo... Nada más, prefiero saber lo que
sea por ti a tener que andar indagando el lunes en el servicio para saber por qué
te han fichado. No te me pongas a la defensiva que no es por ahí. Te estoy
hablando como padre. ¿Has hecho algo?
“Me
lo niega y le doy unos buenos ñoños aquí mismo, aunque se despierte su madre y
monte la de Dios”.
-
¿Es que tengo que haber hecho algo? Simplemente... me engancharon en la
manifestación, es su trabajo, ¿no? Pues eso, en el calor de la refriega, cuando
quise darme cuenta estaba en el furgón... nos cogieron a seis de mi célula...
Celso,
mira a su hijo desolado. Lo ve tan grandote, tan inocente, se le empañan los
ojos, le gustaría darle una palmada en el hombro, mandarlo a la cama con la
promesa de dialogar mañana, pero la
palabra célula le asusta.
-
¿No estarás mentido en... algún grupo
de esos...?.
La sonrisa de
Júnior, llena de ironía, le hace comprender que no sabe nada de su hijo. Ni
dónde va, ni qué hace, ni con qué gente anda.
“Tenía que haber estado más pendiente del
crío”.
-
¿Tanto te sorprende? ¿No lees los
periódicos?... ¿No has visto señales? Los inmigrantes, la intransigencia
de los políticos... la derechización de toda Europa... Los miles de
prejubilaciones, de despidos, se está formando una muy gorda...
-
Y eso, ¿qué tiene que ver contigo? ¿En
qué te afecta?
Júnior
salta, como un muelle, mira el vaso, luego a su padre, quizá es el efecto de la
luz eléctrica, pero lo ve decrépito, cansado, con los ojos como pequeños sapos
saltones, el pelo revuelto... Siente pena por él.
-
Mira papá, si me dejas, te lo explico, vosotros vivisteis el miedo de la guerra fría, y
entonces, el coco era Rusia, ¿recuerdas las mentiras de la bomba de
Palomares?...
-
¿Y qué tiene que ver la dictadura con esto?
- Esto es peor, mil veces peor que aquello, el
negrito iluminado es casi peor que el vaquero americano y su amigo Osama...
-
¿Todo eso para contarme que te detuvieron en el Manifestodromo?
-
Sí, espera, verás, ahora, para justificarse, meten en el mismo saco a inmigrantes,
terroristas y a todos los países pobres a los que controlan con el
dólar... a Irak, Irán, Corea del Norte, los paises sojuzgados en África.... ¿Comprendes? Están haciendo un mundo de Hazañas
Bélicas.... Y para eso, dejan que se maten
los indios, los paquistaníes, los irakies... le venden armamento a los dos. Ya sabes, aquello de
divide y vencerás…
Celso
junta las manos y mirando al techo, grita.
-
O sea que, tú, don Celso Aguirre Sánchez, estudiante, y no muy bueno, quieres
combatir a todos metido en esa
manifestación de iluminados salvapatrias... manipulados por Dios sabe quien, arriesgándote a que te
rompan la cabeza o algo peor...
Júnior
sonríe, se pone en pie y aplaude.
-
Bravo, tío, bravo. Lo has simplificado de maravilla. Nosotros
hacemos el caldo gordo a Osama bin Laden y vosotros, siguiendo las
consignas, tenéis razón. No me extraña
que penséis que es un gran triunfo tener a Rusia en la OTAN y enfrente... El terrorismo internacional, la izquierda,
los musulmanes, los inmigrantes... ¡Menudo cambio!
En
ese momento aparece Pepa, arrastrando las zapatillas y siseando por el pasillo.
-
¡Por el amor de Dios!, Celso, Júnior... ¡vais
a despertar a todo el mundo! ¿No os dais cuenta de que son las tres de
la mañana...?. Hola, hijo. ¿Cómo estás? ¿Has cenado? ¿Por qué no lo dejáis y
nos vamos todos a la cama?
El
padre, airado, le sale al paso.
-
Vuelve a la cama, Pepa. Nosotros… tenemos que hablar. Yo voy dentro de un
momento.
-
Tiene razón papá. Aunque, bien mirado,
tampoco estaría de más que se despertaran, a ellos también les atañe el
asunto...
-
¿Qué dices? ¿Qué tontería es esa de
que les atañe este asunto?
-
Sí, papá, sí, Javi. El niño modelo, Javi Beltrán, el gran estudiante, con el
que me comparáis cuando traigo un suspenso, también está en la movida, lo dejé
allí, él, tiene la mala suerte de no ser
hijo de un comisario, con los veterinarios no tienen tantas contemplaciones...
seguro que hasta el lunes...
Celso
se lleva las manos a la cabeza, nervioso, alterado.
-
Habrá que decírselo. Tienen derecho a saber que...
-
No, papá, no. Lo saben... lo que pasa es
que, ¿cómo te lo explico? La hipocresía del qué dirán..., el no querer andar en
lenguas... cuando no llega una noche a casa, prefieren creer que Javi... pasa
el fin de semana en Toledo.
Pepa,
llorosa, se limpia los mocos en la manga del camisón y pregunta, casi sin voz.
-
¿Entonces?
-
Entonces nada, mamá. Anda, vamos a dormir... y
mañana será otro día.
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