EL SECRETO -Cuento-

 

El secreto

José Luis Ramos 

I.

La llamada de Ramón, el sargento de la guardia civil de Hermosilla, preguntándome qué sabía del paradero de mi madre, me llenó de angustia.   Recordé  las palabras de Juana,  mi mujer, el domingo pasado, cuando veníamos de verla:

 “Mira, Andrés, no sé que pensar,  ojalá me equivoque y sean chaladuras mías… pero, tu madre no es la misma… nunca la he visto tan apagada… se diría que hay algo que la preocupa y no se atreve a contárnoslo…  dos o tres veces he tenido la impresión de que quería decirnos algo y en el último momento… ¿por qué no la llamas mañana y pasas a verla?...”

Le prometí hacerlo y cambiamos de conversación pero, no lo hice, y ahora, la llamada de Ramón, me ha dejado con el remordimiento de no haber obrado bien.

Cuando llegué al cuartelillo, Ramón estaba junto al  coche patrulla y sin decir una sola palabra me indicó que  subiese a su lado, apenas tomé asiento enfiló la cuesta hasta la casa de mi madre, en vista de su hermetismo me atreví a preguntar:

“Dime Ramón, ¿qué te hace pensar que le haya sucedido algo malo?”.

Sin volverse, pendiente del tráfico, y con cara de pocos amigos, respondió:

“Puedes imaginarlo Andrés, en los pueblos pequeños, todo el mundo conoce los movimientos  de todo el mundo y, como te dije por teléfono, una vecina llamó para denunciar que hace días que no se observa ningún movimiento en la casa… -hizo un momento de silencio antes de continuar- ¿Sabes tú si tenía previsto algún viaje o…”

Ante mi mutismo no  hizo más comentarios, aparcó frente a la casa y pulsó el timbre dos o tres veces antes de indicarme que abriese con mi llave.

Entramos. El silencio más absoluto reinaba a nuestro alrededor, Ramón pasó rápidamente de una habitación a otra llamándola:

 “Benigna, Benigna… está usted ahí”,

Me quedé solo, pensativo, en el dormitorio de mi madre, miré a mí alrededor buscando algo, no sabía qué y, sorprendentemente, lo encontré… En la mesilla de noche, sobresaliendo del cajón de arriba, había un sobre,  blanco, estaba abierto. Como un ladrón, me apresuré a guardarlo en el bolsillo de la gabardina convencido de que  aquella carta estaba allí por algo…

Diez minutos después, bufando como un toro, apareció Ramón en el dormitorio y salimos de la casa, al entrar en el coche patrulla su único comentario fue:

“No es necesario que me acompañes…, daremos curso a la denuncia de desaparición  y te tendré al corriente. ¿Te dejo en tu casa?”

“Vale, gracias, no sé que decirte… “

 

 

 

II.

 

Nada más llegar a casa, aprovechando que Juana estaba en la cocina, fui directamente al baño y cerré con llave para leer, apresuradamente, lo que contuviese el sobre que había robado de la mesilla de noche de mi madre, efectivamente, era una carta de mi madre e iba dirigida a mí.

Apoyé la espalda contra los azulejos de la pared apretando fuerte para sentir frío y no perder el conocimiento, a medida que iba leyendo, sentía mayor y mayor angustia,  la carta decía  así:

 

           

Querido hijo Andrés.

            En primer lugar necesito tu perdón por no haber sido capaz de afrontar mi desdicha con más presencia de ánimo.

Hace algunas semanas que sé que voy a morir, me han diagnosticado un cáncer de páncreas, dentro de diez o doce días comenzarán los dolores más fuertes… pero, tranquilo, ese calvario, no lo vamos a sufrir.

            Llevo muchas noches dándole vueltas al asunto y no merecéis pasar por esto, espero que os conforte saber que  no tenéis ninguna culpa de mi cobarde decisión.

La responsabilidad es solo mía, no me siento capaz  de  pasar por tan inútil sufrimiento.

            Por eso, adelantándome a los acontecimientos, desaparezco, aún no sé como voy a resolver este dilema, pero, lo haré de la mejor forma para todos.

Siempre os he querido mucho.

            Benigna

 

            Rompí la carta en mil pedazos, ¿de que iba a servir que la leyese Juana?, esperé a que desapareciera en el torbellino del agua y cuando comprendí que no quedaba huella alguna, tras lavarme la cara, salí al  salón donde Juana, que había oído la puerta, me esperaba. Me limité a decirle:

“Llamó Ramón, hemos ido a casa de mamá… y… ha desaparecido…”

En otras circunstancias, Juana me hubiese recriminado no haber estado “al loro” como ella me advirtió pero debió ver algo en mis ojos que la hizo comprender como me sentía porque,  me dio un beso en la mejilla y en  silencio, se limitó a poner la mesa para la cena.

 

 

 

 

III.

 

Dos días después apareció el coche de mamá en el Barranco de Los Lobos, según la autopsia, llevaba varios días muerta.

En la homilía de la misa de difuntos, que no fui capaz de escuchar con serenidad, don Juan, el párroco de Hermosilla, ensalzó largamente las virtudes que adornaban a mamá.

En el entierro, recibí los abrazos y expresiones de pésame de los vecinos como si fueran para otro,  acorchado, rígido, esperé a que todo terminase como se espera que pase una enfermedad.

Aún hoy, diez días después, no he encontrado las fuerzas necesarias para reanudar mi vida.

 

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