PROBLEMAS EN LA PORTERIA
Problemas en la portería
Pepe Ramos
Carola, la portera, está mirando el aguacero que cae
sobre la ciudad, contenta por no tener que salir en una mañana así. Manolo ha limpiado el pasamanos de la escalera, los
dorados de la puerta de entrada, los focos de los seis pisos, ¡ha trabajado
bien Manolo!, váyase por cuando...
Van a ser las doce y Carola cambia de emisora, hace tiempo que no quiere saber nada de política,
sólo música, sintoniza Radio Tormes, en
ese momento suena Torre de Arena y la voz de Mary Fe de Triana, le trae
recuerdos de juventud, adopta una pose
flamenca y, haciendo morritos, canturrea dejando muy en segundo plano la voz de
su admirada Mary Fe.
“Todo
es mentira…., todo es quimera...
Todo
es delirio… de mi pasión...
Gustavo, el joven estudiante del
Segundo G, moreno, delgado, con un pendiente de aro en la oreja izquierda,
vaqueros descoloridos y chaquetón de
cuero negro pasa frente a la ventanilla
de la portería y se la queda mirando con una sonrisa indulgente.
Al terminar el disco sigue una canción de Manolo Caracol,
esa música no le gusta, se parece demasiado a la voz de su Manolo cuando viene con
dos copas de más, sale al portal y contempla unos minutos el aguacero, el agua
corre acera abajo arrastrando papeles y hojas de los árboles hacía una cloaca
destapada por alguna persona previsora.
De pronto el ruido de unos patines que se dirigen hacía ella la sobresaltan y aparece ante sus
ojos, como un torbellino, la hija pequeña de don Daniel. El vecino del 3º H.
¿cómo se llama? ¡ah! , sí, claro…
Carmelita.
-¡Oye, niña, ¿dónde crees que vas?, espera un momento….-
Carola, tapando la puerta con los brazos
en jarras intenta sujetarla al pasar, misión imposible, la niña está a punto de
arrollarla, Carola se aparta precipitadamente, ha caído de rodillas y desde
allí ve como la niña le hace un leve saludo con la mano derecha mientras se aleja, calle abajo,
dejando una línea oscura sobre las baldosas.
Carola hace un mohín de malhumor pero se sorprende a si
misma sonriendo ante el incidente, le
encanta lo vivaracha que es esa niña.
-Ya verás, ya..., se lo diré a tu
padre.
Se arregla de un monotazo el pelo que
pugna por taparle los ojos y, con las manos en los bolsos del delantal y a
grandes zancadas entra en la portería.
Doña Sole, -la vecina del 3º A- sale en ese momento a misa, con las manos en
los bolsillos de un abrigo de paño oscuro, probablemente rezando el rosario,
se acerca lentamente, Carola siente la tentación de comentarle el
incidente, pero no, no vale la pena, se limita a darle los buenos días.
Doña Sole hace la
señal de la cruz al pisar el umbral, contesta
a los buenos días y sale, erguida,
como si hiciese un maravilloso
día de primavera.
De pronto, Carola siente dolor de espalda y , decide que
está de más allí, cierra la portería, toma el manojo de llaves y con él en la
mano sube en el ascensor camino de su casita, es hora de preparar la comida, Manolo está al caer y no
le gusta esperar.
Manolo es oficialmente el portero del inmueble pero
Carola no ha conseguido agarrarlo más allá de un par de horas a esa
responsabilidad, ni a ninguna otra.
Le cuesta Dios y ayuda convencerle para que se quede una ”miajita” en la portería cuando
tiene que salir a hacer un mandado, en cuanto la ve desaparecer,
se acomoda en el sillón detrás del “Marca” y, a partir de ese momento,
no hay nada más importante en el mundo
para él.
Manolo, salvo
cuando juega al mus en la taberna, es hosco, tanto es así que Carola vive con el miedo en el cuerpo todo el
día de Dios temiendo que se indisponga con algún vecino por su proverbial falta de tacto. “No es pendenciero, no, más
bien es cómodo, le va lo suave, algo de
poco mimo, ni pesado, ni largo, ni de peso, y si es posible, que se
pueda hacer en la calle y si no, cosa de poco, repartir el correo, bajar la
basura...
De joven, tenía fama de manitas, “el chaperoncitos” le
llamaban las mujeres del barrio, menos mal que Carola, con tacto, fue
consiguiendo, después de media docena de “olvidos” , que dejaran de avisarle porque según su leal entender “para cosas de poco, cada mujer puede mandar a
su marido” y san se acabó.
Es por eso por lo que Manolo se limita, con algún que
otro enfado, al mantenimiento de
calderas, abrillantado los picaportes, pulido de barandillas y poco más…
Acostumbrándose poco a poco a no madrugar,
a la partida… y ahora ya… ¡qué va a buscar!, si no hay ni para los
chicos.
Toñín, el mayor, hace lo que puede por traer algún dinero
a casa, hoy descarga un camión de fruta en el Mercado de Abastos, poca cosa,
pero algo es algo. Al menos, lo intenta…
A Carola esta situación le abre las carnes y es el
principal motivo por el que ha tenido alguna que otra trifulca con los vecinos
porque a Carola no hay quien le ponga la mordaza, se encabrita y sale por los
cerros de Úbeda:
Esa misma tarde la tuvo
con don Javier:
“Verá usted, una
en su modestia, no deja de reconocer que esto, lo del paro, es mucho más complicado que antes, verá usted,
don Javier, y con todos los respetos, en mis tiempos, el que quería trabajar,
encontraba donde y ahí tiene usted el caso de mi Toñín, que estudiar, no es que
haya estudiado mucho pero a trabajador… a eso, don Javier, no le gana nadie y
se mata por hacer peonadas o lo que sea… y no hay tu tía.
Y esa es otra, no quiera usted ver como se pone el pobre
cada vez que tiene que andarme pidiendo dinero para ir un día al cine con la
novía, ¡se pone malísimo!
-Mire usted, Carola, la coyuntura econó…
-¡Ni coyuntura ni leches en vinagre! Que los que tienen
no dan y los que quieren dar no tienen… Y no hay otra… don Javier, no hay otra…
cuando tenía yo la edad de mi Toñín ,
nos sobraban las oportunidades de
trabajar…, y un chico como mi Toñín, que le gusta trabajar, un suponer… entraba
en un taller y, como cumplía, se quedaba allí para siempre, a los veintitantos
se casaba, formaba una familia… Pero, lo que es ahora…
-¿Y qué ganaban? Carola, ¿Qué ganaban?
-Ya, lo de las cuatro perras… ¡solo faltaba que encima
ganase mucho!, pero el que trabajaba, el que era honrado, el que cumplía, salía
adelante… pero, lo que es ahora, ¿dónde está el trabajo ahora?”
-Verá usted, Carola, la crisis…
-¡Qué crisis ni que niño muerto! Que han matado a la
gallina de los huevos de oro y punto… ¡Dios santo, bendito!, ¡la de escaleras
que habré fregado yo… ¿Sé ha parado usted a pensar en qué pasaría en España si no fuera por los padres que estamos en el curro a las ocho, ¡y contentos!, no lo
dude usted don Javier… desde los catorce…
no es el caso de mi Manolo, desde luego,
pero aquí, en la portería, se ve mucho,
y se sabe quien trabaja y quien vive del cuento, que los hay que han
estado unos años en Francia trabajando,
vaya usted a saber de qué y ahora, porque tienen el piso en propiedad, ¡se
dan un postín!… Que una no puede morder
la mano que te da de comer….si no, la de cosas que podría contar…”
A don Javier le entran las prisas y se
disculpa.
-Otro ratito seguimos hablando Carola,
tengo que hacer algunas cosas en casa. ¿Comprende?
Carola comprende que tal vez se ha pasado un poco,
prepara los cubos para la recogida de la basura mientras, como una autómata
piensa en su Toñín y le disculpa, sabe
de sus defectos y los tapa, sí, Carola es sensata.
“Los jóvenes de ahora no tienen el impetú que tuvimos nosotros
antaño, no, pasan la mitad del tiempo esperando…y saben, ¡vaya si saben! Mi
Toñín, por no mirar a otro, y es hijo de obreros, que si tenemos algo, del
cuerpo nos ha salido, ha hecho su bachillerato, se ha presentado a oposiciones
varias veces… y ahí está, esperando…¿Cómo va a entender don Javier lo que es
para una madre verle todo el día de Dios tumbado, fumando, pensando en que le han ofrecido servir una boda el sábado, pero mientras es o
no es, mamá fíame “un talego”
-“Coño, se me ha ido el santo al cielo con don Javier y
tengo que pasar por donde doña Clotilde.
Carola sabe perfectamente que la quieren, especialmente
la media docena de ancianos que ven en
Carola el apoyo a su soledad, que en los malos momentos es ella la que
se preocupa de prepararles un caldo
caliente, hacerles compañía, ventilar sus habitaciones, hacerles las camas, sin
olvidar la oportuna llamada de atención a los familiares aunque en ocasiones, como la de hoy, ha tenido alguna
que otra tarascada con algún hijo o alguna
nuera, que creen ver en su dedicación turbias intenciones.
Acababa de levantar a Doña Clotilde y estaba haciéndole
la cama cuando entro, como un toro en una cacharrería, Jacinta, la hija de doña
Clotilde que sin molestarse en dar las buenas tardes ni un beso su madre, con el índice de la mano derecha
apuntando a la cama en la que Carola extendía las sábanas gritó:
-No sé, no sé a que viene tanto interés por
cuidar de mi madre, Carola, que me
escaman mucho tantas atenciones… En estos tiempos… nadie hace nada por nadie
¿sabe? Por eso me escama, me hace pensar en si no andará usted buscando algo…
Carola notó como le ardía la cara, desde luego, aunque no
esperaba ningún agradecimiento, no entendía un ataque tan injustificado por
parte de Jacinta, por eso, sin pensárselo dos veces le espetó con retintín:
-Vaya vaya, con la Jacin,
¡con la de mocos que una servidora te habrá quitado!... Pues has de
saber, que si tiene que venir la portera
a atender a tu madre, entre otras cosas es porque doña Clotilde no tiene una
hija como Dios manda, una hija que en lugar de andar por ahí, estuviese pendiente
de si vive o muere… porque, una madre es
una madre, y la tuya se ha portado
contigo mucho mejor de lo que debía a la vista del resultado… Todo el
barrio sabe lo que te ha dado y más aún,
lo que te ha tapado… Si fueras una hija como Dios manda tenías que haber estado
aquí, a su vera, desde el mismo día en que te llamé… y agradecerme la molestia
de hacerlo hecho en vez de protestar al verme como la cuido desinteresadamente
porque, has de saber que Carola no espera que nadie le pague por
querer a sus amigos ni por cuidarlos cuando los ve como está tu madre, que
esto… y mil cosas más, las hace Carola por humanidad…
Jacinta, que apretaba los puños
ansiosa por intervenir, mientras doña Clotilde, apoyada en la pared,
lloriqueaba sin fuerzas apretaba un pañuelo entre los dedos, arrastrando las
palabras con firmeza, sentenció:
- Se acordará de esto, Carola, por mis
niños que se acordará, se lo diré a mi marido… y al presidente de la comunidad,
se acordará… ¡Esto se tratará en la Junta, yo me encargo de que esto… esto –le
temblaba la voz de rabia-,no se olvide…”
Carola la miró con desprecio infinito y machacó la suerte:
- O sea que, se lo
dirá a su marido, vaya, vaya, y dígame… ¿ya le ha dicho a su marido de quien es
el Jacintín?, porque se rumorea que…
Jacinta, fuera de sí, se le echó encima con los puños
como garfios dispuesta a arrancarle los pelos pero Carola se inclinó a un lado
y la joven cayó al suelo, y allí quedó, sobre
la alfombra, llorando, y golpeando el suelo mientras Carola salía de la
habitación a toda velocidad.
Mientras doña Clotilde se tapaba los ojos con ambas
manos.
Ahora, después del mal rato, está tras el ventanuco de la
portería haciendo punto y rumiando las posibles consecuencia que el incidente
con Jacinta le puede ocasionar. No está
tranquila, por eso no le ha comentado a Manuel el incidente, adopta su postura
más obsequiosa y servil porque sabe muy bien la fuerza que puede llegar a tener una mujer
despechada y no le cabe la menor duda de que Jacinta pondrá en el Orden del Día de la próxima reunión el comportamiento indeseable de la "señora de la portería", de eso no tenía Carola la menor duda.
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