ATENCION PREFERENTE -Cuento-
Este fué mi primer cuento premiado en la Universidad Pontificia, año 2005
Atención preferente
José-Luis Ramos Martín
Pseudónimo: Virgilio Justo
“¿De
qué me vale esa gordita? De nada, bastante tiene con pulirse las uñas y ver la
televisión. Los otros, amodorrados por las pastillas, ya se han ido a la cama,
yo no, yo, tengo mucho que pensar, hacer, lo que se dice hacer, no, los demás ya
lo hicieron por mí.
¿Por
qué me mira con esa insistencia? ¿Se habrá dado cuenta de que escondí las
pastillas bajo la lengua? No, es viva, pero no
tanto, tal vez se extrañe de que no tenga sueño, debería fingir algún bostezo...
¿Qué les importará lo que haga o
deje de hacer un pobre viejo? Pues no, tienen que embarbascar las aguas,
ensuciarlo todo con sus malintencionados pensamientos... ¡Que era una
pelandusca!, ¡Que solo quería papeles y quedarse con la casa...! Y yo qué, ¿o
es que yo no cuento? Porque, si vas a ver, yo quería... compañía, ¿qué vas a
querer cuando estorbas a los tuyos?... ¿No es lógico que quieras acercarte a
otros?
Bueno…
en mi caso… fue ella la que se acercó, tan amable, tan dulce, con esa voz, con
esa sonrisa... tan acariciadora... Me contó que quería traer a su hijo, formar
una familia, que alguien diese la cara por ella... que se conformaba con un trabajo digno para
no vivir con la miseria que le daba la señora a la que cuidaba, ella quería...
dejar de estar sola… Y yo, ¿no quería yo dejar de estorbar a la mesa de Jaime?
Sí, estorbar a mi nuera los domingos por no usar bien el tenedor, porque me
atraganto, porque mojo pan en el caldo de los filetes...
A
Arieta, en cambio, eso le gusta, Arieta no es de las que desperdician
nada, aprovecha el pan duro para el
gazpacho, los tomates pasados para salsas, los limones picados para suavizar
las manos... Arieta… ¡Ah!... Arieta es más de los míos que mi hijo Jaime…
Me da vergüenza hasta pensarlo, pero es así, por eso encajamos, por eso, y porque con la
soledad no puedes hablar, no abriga, no te manda ponerte calcetines de lana con
los fríos del invierno, no te sube el cuello del abrigo cuando sales de casa...
Arieta sí, Arieta es cálida, dicharachera, amable, comprensiva, por eso no le
gustó a Angustias y, a base de insistir, terminó por comerle la cabeza a Jaime.
Una tarde, cuando ya me iba, les escuché discutir y Angustias le decía
“Jaime, hijo, no sé como no te das cuenta… tu padre está haciendo demasiadas
tonterías... y yo, te lo juro, ya no sé que hacer con él” y a los pocos días espantaron
a Arieta y cuando quise darme cuenta, me habían encerrado aquí.
Lo hicieron muy bien, muy ortodoxo, guardando las formas, pero, al fin
y al cabo, lo hicieron, primero fue la visita a uno de esos doctores sesudos que preguntan sandeces, “Dígame,
¿sueña usted con gatos? ¿ha observado si mancha el suelo al orinar...?” Y, lo que yo le
dije, “oiga doctor, a mis años quiere usted que me siente a mear como una
damisela”…
En el fondo me cayó bien aquel tipo, hacía su trabajo procurando no
molestar demasiado, de hecho, terminó riéndose conmigo, y yo, como un toro
noble, entregado, cuando me enfadé fue cuando mencionó a Arieta, tengo que reconocer
que me alteré, ¡A santo de qué toda esa pamplina de que si me acostaba o dejaba
de acostarme con ella!, cuando me vio cabizbajo hizo una pausa, buscó en los
cajones y sacó las cartulinas y, no sé
por qué, me dio por tomármelo a risa y le dije que aquellas manchas me parecían
sombras de huesos, y él insistiendo en que
si de hombre o de mujer, y yo, que de mujer y vuelta a la carga, que si de qué
parte del cuerpo y ahí fue cuando me eché a reír y supe que me había columpiado y sentí miedo y él,
cargando más la suerte empezó con lo de las películas… ¿De dónde se habría
sacado Angustias lo de las películas?, que si solía ver películas por la noche
y cuales…
“Pues, mire usted, doctor, algunos cachos, más que
nada porque, cuando me levanto a orinar, sabe usted, me cuesta volver a coger
el sueño”...
Fue en ese momento cuando empezó
a anotar en su librito de pastas negras y, al terminar, hizo pasar a mi hijo y
la pécora de mi nuera y me lo dijeron a las claras.
“- Mire, padre, tenemos que... –Jaime
no pudo continuar, al pobre se le puso una tela en la garganta, miró pidiendo
auxilio a Angustias y fue ésta la que remató –... En resumidas cuentas, y
dejándonos de subterfugios,-¡Que mal me sentó eso de que me llamase abuelo en
aquellas circunstancias-, que necesita una cura de reposo, cosa de poco, un par
de meses... luego, ¡ya se verá!... y que nosotros… en fin, que nos encargaremos
de todo...”
Con las mismas, al día siguiente
me metieron aquí, ¡lo tenían muy mascado!, no tuve opción, firmé lo que me
dieron a firmar... y aquí llevo, no sé cuanto tiempo, no tengo ni reloj, puede
que sean ya… ¿dos semanas...? Según ella, mi aventura, así lo calificó un día,
de “aventura” había sido una tontería.
Tontería… ¡Qué sabrán ellos! ¿Tenía
que haber seguido otros diez años como hasta ahora? y luego ¿qué? ¿La parca? ¿Tantas
preocupaciones les había dado? Está más que claro que, según ellos, era un mal
ejemplo para Borja, me lo habían dicho miles de veces...
¡Dios!, pero, si yo sólo buscaba
compañía… ¿Es eso una conducta desordenada?
Ese fue el dictamen de aquel
doctor… “Conducta desordenada, trastorno emocional grave...”
Cuando me trajeron, el director
no pudo estar más amable y obsequioso,
con ese tonillo profesional, protector y
falso con el que me enseñó las instalaciones del “centro”, así lo llamó él, la
sala de lectura, la de visitas, los patios, los viejos, semidormidos, mi
habitación en el cuarto piso, por los pasillos vimos a otros internos que, al
cruzarse con nosotros, bajaban la cabeza mientras el director me comentaba.
“Aquí
estará atendido en todo lo que necesite por profesionales altamente
cualificados las veinticuatro horas del día”.
Altamente
cualificados, tienen que serlo para mantenernos amodorrados con los calditos,
las tortillas francesas, los yogures… ¡que vete a saber que brebajes meterán en
ellos para mantenernos así!, aletargados, semivivos, al cuidado de estas
enfermeras que, seguras de sí mismas, se permiten el lujo de pulirse las uñas
frente al televisor.
¿Qué pasará si aguanto mucho
tiempo? ¿Se cansarán de pagar y me enviarán de nuevo a casa? ¿La venderán para pagar esto? No. Seguro que
a su casa no vuelvo, no, Angustias no lo consentirá. Soy un mal ejemplo para Borja.
Un
mal ejemplo... un mal ejemplo, como si no supiese uno lo de sus salidas de los jueves por la tarde y la gente
que frecuenta. En fin, si a Jaime no le importa, no seré yo el que le abra los
ojos...
Y
la gordita ahí, embobada con ese dichoso cotilleo. ¡Ojo!, ahora me mira
insistentemente, se incorpora, ¿qué hago?, ¿bostezo?, sí, será mejor hacerle el
juego...
También hay que ser lerdos para
organizar esto así, se necesita poca cabeza para colocarnos a los de “atención
preferente” en el cuarto piso... y al cuidado de una bobalicona como
Rocío. Ahora viene hacía mí, ¿pretenderá
meterme en la cama por las buenas o por las malas?
“Tienes que hacer algo Alfredo,
si te agarra del brazo, estás perdido, venga, si total, es un segundo, doblas
la cintura sin mirar hacía abajo y con una leve inclinación... ¡Ya está!”
* * * * * * * * * *
Son las tres de la mañana cuando suena el teléfono. Angustias lo descuelga de un manotazo, escucha unos segundos mientras Jaime se frota los ojos desorientados. Escucha en silencio unos segundos, después dice, con cara de disgusto.
- Está bien. Ahora mismo vamos
para allá.
- ¿Qué ocurre?, cariño.
- Tu padre, se ha caído por el
hueco de la escalera...
- ¿Está...?
- ¿Qué crees tú?
- ¿Habrá que hacer algo?
- Sí, avisar a Marta para que se
quede con el niño... y salir pitando en cuanto llegue. ¡No te amuela!
Jaime, aturdido, se deshace del pijama y mientras se sube los pantalones, pregunta.
- Angustias... ¿Lo viste raro ayer?
- No especialmente, pero
recuerda lo que dijo el psiquiatra.
Jaime cree oír de nuevo las
palabras del doctor cuando les acompañaba hasta la puerta de la calle. “Señor
Garrido, su padre padece una profunda depresión, no acepta sus situación, es
muy frecuente en los viudos… Todo lo que hace, lo que dice... su forma de
llamar la atención... Estos pacientes rompen con todo concepto de
responsabilidad... Cualquier emoción,
cualquier disgusto... le ha destruido su estructura mental, en casos así, algunas
personas se resignan... Su padre no, su padre... Se siente libre toda
responsabilidad... Capaz de empezar de cero, romper con su mundo anterior...”
Angustias ¿tú
crees que mi padre ha hecho algo… para castigarnos?
- Claro que lo creo, ya te advertí que desde su locura… era capaz de
cualquier cosa… ¡Menudo era el muy...!
- Angustias... ¡Qué es mi padre!
- Ya lo sé, ya... anda, toma algo
y aféitate, no vayas a ir así, yo voy llamando a Marta porque, si te dejo que
la llames tú... eres capaz de contarle todo y mañana...
Jaime
la mira de soslayo pero no responde, no es el mejor momento para decir todo lo que ronda por su cabeza, mientras baja las
escaleras camino del sótano para sacar el coche
murmura:
-Pobre
papá, ¡que mal lo hemos hecho entre todos!...
A
la puerta de la Residencia les aguarda
el director, el médico, y Rocío, la enfermera de servicio, parecen muy
afectados, el médico se coloca al lado de Angustias y le susurra unas palabras
de pésame mientras el director intenta arreglar el asunto con Jaime.
-
No se pudo hacer nada, don Jaime, nada. Rocío quiso hacerse con él y estuvo a
punto de irse tras la balaustrada, es de suponer que no tomase los ansiolíticos…
llevaba unos días taciturno, pero, ¡Dios mío!. ¿Quién iba a imaginarse algo
así? Don Daniel ya ha redactado la Partida de Defunción… hemos puesto como
causa de la defunción parada
cardiorrespiratoria, perdida del conocimiento... hágase usted cargo don Jaime
que, si llegara a saberse lo que ha ocurrido en realidad... las repercusiones, la
prensa, el desprestigio del centro... por los pagos, no debe preocuparse, nosotros
tendremos una atención con ustedes, hemos pensado que… bueno, que los gastos
de funeraria y demás corran por nuestra
cuenta... ¿Le parece a usted bien?
Jaime
asiente en silencio mientras toma del brazo al director.
-
¿Y el cuerpo?... ¿Dónde está...?. Necesito verlo.
-
Sí, señor, sí, pero... ¿Está de acuerdo? ¿Puedo confiar en su discreción...?
-
Bien,
bien... pero...
El director respira aliviado y
con un gesto indica la escalera mientras
continúa hablando. Cuando Jaime consigue quedarse a solas con su padre siente
un profundo desasosiego, no parece él, enfundado en el traje gris a rayas y los
mismos zapatos negros con el que ingresó, la cara brillante, llena de colorete
y un gorro de gasas en la cabeza, parece un extraño. con las manos, desmayadas,
formando un ángulo recto sobre la cintura.
Intenta rezar y no puede,
piensa.
“Cuando
esto acabe buscaré a Arieta, le debo una explicación, no estuvimos a la altura
poniéndola en la calle de ese modo, quien sabe, tal vez, si no nos hubiésemos
metido por medio ahora estarían juntos y felices... Sí, en cuanto tenga un
momento, la buscaré”.
Angustias
y el médico están a la puerta de la sala, huele a rancio, a desinfectante, a
alcohol de quemar, un olor intenso a orines. Jaime, impotente, sin saber cómo
como debe actuar se cruza de brazos y se queda allí, en silencio, recordando.
Cómo conoció a Arieta.
“-Mira, hijo, esta es Arieta,
nos hemos conocido en el parque, la he invitado a comer... ¿No te importa?
-
No, papá, total, se añade algo de arroz y...
Y
la discusión en la cama cuando se lo contó a Angustias.
- Se añade algo de arroz, se
añade algo de arroz, ¡tú si que estás hecho un buen pollo!, ¿es que no te das
cuenta?, esa pelandusca tiene sus intenciones... no es cosa de arroz, pero ¡como a ti te importa un pimiento que
esa golfa nos desplume! Tú verás lo que
haces, pero, lo que es yo... tengo una jaqueca enorme... ¡Buenas noches!”.
-
Mención
Especial de la Fundación Vargas-Zuñiga Pérez Lucas V Certamen de Relatos Cortos
Año 2005
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