La carta de Diego
La carta de Diego
Pepe
Ramos
Salamanca, 22 de julio de 2011
Querido hijo Diego.
Nuestra
primera impresión al recibir tu carta fue de gran alegría, alegría que después
se ha convertido en una profunda decepción porque, en otras circunstancias, como
hemos hecho siempre, quitándonoslo de donde fuese, procuraríamos ayudarte pero…
ahora es humanamente imposible. Tendríamos que hipotecarnos…
Has
de saber que, como siempre, el sufrimiento de esta carta, me lo estoy comiendo
yo solita, aún no he juntado el valor suficiente para enseñarle tu carta a papá
¡bastante tiene con lo suyo!... pero, en fin, esa es otra historia que, si
algún día vienes, comprobarás por ti mismo.
No
pretendo, en absoluto, recriminarte por no haberte molestado durante todos
estos años en saber si estamos vivos o no… Por eso ¿Qué gano entrando en
pormenores? Tu padre está muy enfermo y lo que quiero decirte, ¡con gran dolor
de mi corazón de madre! Es que… No podemos darte ese dinero.
Recordarás
que fue a ti a quien se le metió en la cabeza que aquí no había espacio para
tus sueños, que fuiste tú, hijo, tú, quien se empeñó en hacer ese viaje y aún
recuerdo lo cargante que te pusiste. Me amenazaste y todo. ¿Recuerdas?
“Mira, mamá, si no me
dejas ir… cuando tenga ocasión, me iré, pero entonces será cuando no me
volveréis a ver el pelo ni en pintura”.
¿Fue así o no fue así?
Espero que no tengas la desfachatez de venir ahora diciendo que exagero, que
siempre estoy con lo mismo…
Leonor
se cala las gafas y relee lo que ha escrito, suspira, se lleva las manos al
cabello y, con una horquilla del cesto de costura, se arregla el peinado
mientras busca la carta del hijo entre los ovillos de lana. Deja a un lado el
folio que está escribiendo y lee, deletreando como si masticara, cada una de
las palabras de su hijo.
Marsella 7 de
julio de 2011
Queridos Padres:
Nunca pensé que llegaría
un día en el que tendría que escribiros esta carta, todo lo contrario, mi sueño
hubiese sido volver, como hacen otros, con un coche alquilado, a derrotar el
dinero que tanto sudor cuesta ganar.
El año pasado, aún en
Köln, estuve a punto de hacerlo porque, a fin de cuentas, como tantas otras
cosas, esto de los éxitos en la emigración es una gran mentira. Ni se ahorra
tanto como se presume, ni se vive tan bien como se aparenta en vacaciones.
Yo no solamente no he
logrado un capitalito sino que el motivo de esta carta es pediros que, por
caridad, aunque no lo merezco, me
ayudéis a hacer frente a unas deudas que, inconscientemente, he terminado
contrayendo.
Podría deciros que me han engañado
pero, sería mentira, y vosotros sabéis que no me gusta mentir.
Debo dos mil quinientos
euros a varios prestamistas, son deudas de juego que, de no pagarlas, tendrán
consecuencias muy graves para mi integridad física. Esta gente, ni espera, ni
perdona.
No sé en qué situación
estáis pero, si os fuese posible enviarme ese dinero, me habríais salvado.
La dirección es:
Diego García Sanchón
512 Rue du Godart
Marsella (France)
Sé que no lo merezco, que
mi comportamiento con vosotros ha sido de lo peor, pero…
Con un fuerte abrazo se despide vuestro hijo,
Diego
Leonor
deja sobre sus rodillas la carta y, suspirando, continúa la escritura.
… Recordarás que fui yo
quien, sacando los cuartos de aquí y de allá, compré el billete y te lo
entregué con algo de dinero para los primeros gastos, poca cosa, desde luego,
nunca nos ha sobrado el dinero, si hubiese sido ahora ni eso hubiésemos
podido juntar.
Siempre tuve el
presentimiento de que lo íbamos a lamentar, y tu carta nos lo confirma. ¿Quién
te va a conocer mejor que tu madre? ¿Qué se te había perdido a ti en Köln?
Nada, nada en absoluto, pero tú erre que erre todo el santo día que si en
Salamanca no tenías futuro, que si patatín, que si patatán…
El
caso es que, a fuerza de insistir, como siempre, te saliste con la tuya.
Y eso que, al menos en los
primeros tiempos, parecías echar de menos los guisos de tu madre, la ropa
limpia, el no madrugar… ahí están las cartas… que yo, Dios me libre, no me
invento nada, hasta que un buen día, no sé que te dio, te olvidaste hasta de
responder a las felicitaciones de Navidad. Por eso, ya digo, de poco o de nada
nos sirve que nos vengas ahora, al cabo de Dios te salve, y desde Francia, con
el cuento ese de que si te ha ido mal, que si has contraído deudas, que sí…
Nosotros, bien lo sabe Dios, no podemos echarte una mano, para nuestra
economía, esa cantidad que pides, es una verdadera barbaridad, intentaré
decírselo a tu padre pero ¡si la mía vale! Ni un céntimo.
Vamos, hombre, quién va a
creerse que en todos estos años no has tenido tiempo de mandar cuatro letras
diciendo ¡lo que sea! Porque, hijo, lo que es labia, nunca te ha faltado, todo
menos venir ahora con que no solo no has logrado un buen pasar, sino que te has
metido en esa clase de asuntos turbios en los que has perdido hasta las
pestañas ¡Qué vergüenza! Tú, con tus estudios y tu ínfulas de poderío… Cuando
hasta los mas tontos han hecho, el que más y el que menos, su pequeño
capitalito… Ya sé, ya sé, me dirás que nunca te ha gustado que se te compare
con nadie, pero, sin ir más lejos, el de Ricardo y Tere ¿recuerdas? Tomasín,
ese muchacho enclenque que no destacaba en nada y del que tú decías que le
faltaba un hervor… Pues mira por donde, con hervor o sin hervor, ahí lo tienes,
casado con una chica de Sestao que conoció por esos mundos y, a lo que parece,
¡que Dios me libre de hacerle las cuentas a nadie!, con dos o tres pisos y sus
buenos cuartos en el banco…
Interrumpe
la escritura y relee los últimos párrafos. Le parece que está siendo demasiado
dura pero, como es la pura verdad, reanuda la escritura.
… No quiero decir que
tengas obligación de devolvernos el dinero que gastamos entonces, nada de eso,
hace tiempo que lo dimos por perdido… pero de ahí a tener que hipotecar la casa
y las viñas para pagar tus trampas de juego… ¡Ni se te pase por las mientes!,
otra cosa es que…
De
pronto, en un arrebato de cólera, arruga el papel y lo tira al otro extremo de
la habitación, es entonces cuando le sobreviene un llanto histérico e incontenible
que hace que su cuerpo, menudo, se cimbree como una hoja al viento.
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