LAS BATALLAS DEL ABUELO
Las batallas del abuelo
Pseudónimo: Virgilio
Justo
Dedicado a mi hija
María, que apenas lo conoció.
El
abuelo era un hombre parsimonioso, usaba gafas de concha con cristales gruesos
y vivía con el continúo recuerdo de las desgracias pasadas, valoraba muchísimo
el calor de la calefacción central y cuando tenía con quien dialogar, sin
prisas, sacaba siempre a relucir sus temas recurrentes.
Cuando
dejó Montejo de Salvatierra al casarse ya hacía años que habían fallecido sus
padres, su hermano Pedro estaba casado y tenía sus hijos y él consideró que debía hacer lo
propio, “cuantas veces le habré oído decir lo de recogerse”, era la obsesión de
su madre, la pobre había fallecido hacía algunos años “a resultas de una tormenta”
y aquel había sido el primer drama familiar del abuelo.
Cuando
hacía buen tiempo, salía, paseando lentamente hacía las afueras y allí, sentado
en el primer banco que viese ocupado, cogía caraba con la primera persona que
le cayese a tiro, preferentemente algún jubilado como él, en aquellos años,
solía encontrar, con relativa facilidad,
hombres de campo que habían venido a vivir a casa de sus hijos en la
capital.
No
tenía demasiadas dolencias, solo
padecía una cierta dificultad para conciliar el sueño y la cojera, no
muy aparatosa, que le había dejado una bala perdida en la guerra, él contaba
que ocurrió en el frente de Teruel.
Sabía
llenar las horas con sus rutinas cotidianas, liar cigarrillos de cuarterón,
curiosear las noticias del periódico, escuchar la radio, la televisión le gustaba
menos, pero sabía ensimismarse en sus recuerdos, nosotros creíamos, un poco
bobamente, que se adormilaba, pero ¡quía!, estaba ensimismado en sus
recuerdos...
Siempre tenía frío, había pasado mucho frío siempre…
Sentia nostalgia de su juventud en
el pueblo, se lamentaba, de tarde en tarde,
de las fatigas de la siega, los madrugones y, sobre todo, de las
calamidades vividas en la guerra.
Estas,
aunque las contaba con cierto gracejo, le habían traumatizado, prueba de ello
era su profundo miedo al hambre que manifestaba en su costumbre de terminar sus
comidas con un cantero de pan... incluso en un banquete de bodas no podía
pasarse sin su cantero de pan y el comentario:
“Bueno,
hoy, hemos comido, mañana, Dios
dirá”.
En las tardes de invierno, después
de las novelas radiofónicas, si no tenía que salir a trabajar, los últimos años
fue vigilante de noche en obras, con la
menor excusa, después de la cena, se ponía a contar “sus batallitas” y, la
abuela, que por lo general tenía mucha paciencia, murmuraba:
-
“Verás tú, verás tú, como sale a relucir Teruel, Belchite o la batalla del
Ebro, verás tú…”.
Solía comenzar con el mismo
remoquete:
-Os
he contado alguna vez cuando nos tuvimos que afeitar con vino” A lo que todos
respondíamos al unísono. “Nooo” Esa era la señal para animarse a soltar su
parrafada.
“Fue
un invierno crudo, crudo de veras… estábamos en Teruel… una verdadera
lástima… un vino tan bueno… - chasqueaba
la lengua - no se parecía en nada al coñac quitamiedos que nos daban cuando
íbamos a entrar en combate… sí, pues eso, acabábamos de llegar, quedábamos
pocos, había habido muchas bajas, muchas… nos metieron en unas fincas grandísimas … parecía una ciudad
muerta… todo abandonado… el ganado escuálido, las vacas sin ordeñar… ¡Esos días
comimos muy bien!… pero no podíamos fiarnos de si el agua era potable o
no, no sería la primera vez que… en fin,
para qué recordar aquello… los valientes solían caer como chinches… el vino era
otra cosa, se nota fácil si está bien o no, - suspira -, ¡aquellos sí que
fueron tiempos duros… no los de ahora
que sobra de todo…!
En Teruel pasamos mucho frío, pero lo que es
vino, ¡a espuertas!… como decía… vino
para afeitarnos, lavarnos, beber, hasta para quitarnos el frío, nos dábamos
friegas de vino por todo el cuerpo…
En
aquella zona, la Trece División, que era la mía, - al decir esto se señalaba
con el índice el corazón -, estuvo casi un mes, avanzando y retrocediendo,
perdimos mucha gente... podéis comprenderlo ¿no?, entre el vino y el miedo…
Cuando
salimos de allí habíamos dejado la finca tan diezmada como nosotros aunque los
que logramos salir estábamos gordos y
lucidos…
-
Abuelo, ¿Por qué no nos cuentas otra vez lo de los toros… aquello de que
aparecieron las avionetas y ra –ta -ta- ta…
La
abuela hizo la señal de la cruz asustada y rezongó, como de costumbre.
-¿Ves
las que preparas, Joaquin? No sé cuando vas a escarmentar… Luego tengo que
andar cambiando las sábanas… Pá mí que el tiro te lo dieron en la chinostra, no
en la pierna, como sigas así… vas a acabar conmigo..
El
abuelo, haciendo caso omiso al comentario de la abuela, reanudaba su perorata
con nuevos bríos
-¡Ah,
claro!.Lo de los toros... Eso si que tuvo guasa, ya lo creo… Acabábamos de
llegar a Zaragoza la noche anterior, no se puede decir que hubiese sido un
paseo triunfal, entre muerdos y heridos..., por eso, y porque no se esperaban
sorpresas, nos dejaron la tarde del primer día libre hasta las once, unos
cuantos, paseando por la ciudad, ¡ah!, perdonad, se me olvidaba, paseando por la ciudad vimos que había una
corrida de toros y, ni cortos ni perezosos, para allá que nos fuimos ¡faltaría
más!, en medio de la lidia del primer toro que empiezan a sonar las sirenas y
tras las sirenas... las primeras ráfagas de los aviones sobre la plaza y…pies
¡para qué os quiero!, un tumulto terrible, ¡qué horror!. Hubo más heridos por
los empujones, que por los tiros de
ametralladora… Como pudimos nos fuimos incorporando a los cuarteles
improvisados y allí se armó la de san Quintín… pero también hubo, allí mismo,
en Zaragoza, momentos muy divertidos, un día fui a ver a Ramper, no recuerdo en
qué teatro, a veces se me va la especie... fueron tantas cosas… el caso y ello
es que en aquel teatro ví a Ramper, un humorista que por entonces era el número uno, más listo que
el hambre… se metía en mil líos... pero sabía salir de todos con astucia, era,
para aquella época equivalente a lo que ahora es Gila, ¿comprendéis?
Lo
primero fue un sainete breve que representaba una panadería, me imagino lo que
estáis pensando,“ya está el abuelo con el dichoso pan, pues sí,
fue por entonces cuando comenzaban a hacer el pan de barra… y negro,
de centeno, bueno, a lo que iba, aparece en escena una joven muy guapa,
vestida de gitana y se va toda decidida hasta el mostrador, imaginaos, ese mostrador
abarrotado de barras de pan negro y esa gitana, con los brazos en jarras que
empieza a gritar a pleno pulmón:
-Osú, mi mare, vaya pan… tan largo,
tan prieto, tan negrín… y tan solamente unas miajas…
De detrás de la cortina,
enfadadísimo, entra en escena el panadero
brutote, gordo, con un mandil lleno de harina y ojos que se le salían de
las órbitas, la gente se reía como loca:
-Oiga, señora, ¿A qué ha venido
usted? ¿A comprar pan, o a formar gobierno?
Otra vez las risas, ¿Sabéis por qué?
Nos sabíamos la historia de
memorieta pero, como al abuelo le hacía tanta ilusión, respondíamos a coro:
“¿Por qué? ¿ por qué?
-Pues está clarísimo, por eso se
reía tanto la gente, Largo Caballero, Prieto, Negrín y Miajas eran los que
mandaban entonces en el bando republicano, ¿entendéis?…
Luego
salíó Ramper, él si que se la jugó, apareció después del asunto del pan con una
caja grande como un arcón de dos puertas… Lo deja en el suelo, hace una pausa,
reparte unas fotos sobre una mesa como el que reparte cartas de una baraja y
dirigiéndose al público anuncia muy serio:
“Señores…
imaginen que este es el mundo y estos los que lo gobiernan… vamos a ver, vamos
a ver si caben o no caben porque, a la
vista de cómo se están poniendo las cosas últimamente… ¿no creen ustedes que
hay demasiada gente mandando?” – empieza a
meter las fotos de cualquier manera en el “mundo-arcón”, sin mirarlas, y
deja fuera unas pocas, ¿quién os diría yo? Por ejemplo José Antonio, Franco,
Varela, Millán Astray… vuelve a sacar las fotos, vuelve a meterlas pero siempre
sobran tres o cuatro, las retira, las deja en la mesa y entonces si, entonces
ya cierra perfectamente – se vuelve al
público secándose el sudor y dice muy convencido: “Señores, como ustedes han
podido comprobar… sobran estos…” -los enseña al público y vuelven a ser José
Antonio, Franco, Millán Astray - “Bien…-dice muy serio- a mi juicio, colgando a estos señores el
mundo queda arreglado… y entonces es cuando se arma la de Dios es Cristo,
gritos, insultos, risas… y la policía militar que sube al escenario y lo
detiene, se suspende la función y todo el mundo sale discutiendo del teatro,
unos que si tiene razón, otros que ¡qué
disparate! que ¡cómo se atreve!, en fin, la bronca padre… y al día siguiente en
el juicio, el juez, un juez militar, no vayáis
a pensar que era como los juicios esos del Perry Mason ese, le leen los
cargos, la lista de las leyes que se ha saltado a la torera, en fin, todo ese lío de los jueces… y cuando
le preguntan si se declara culpable o inocente dice como el que en su vida a
roto un plato: “Inocente, señoría, inocente… yo solo quería seguir el ejemplo
de su señoría, si tiene la amabilidad de volverse, comprobará que junto al
crucifijo cuelga la foto de Su Excelencia el Generalísimo Franco y al otro lado
Don José-Antonio Primo de Rivera… Yo… los pongo… como ustedes, con el respeto que merecen tan insignes señores”
Toses
del juez, del fiscal, murmullos que no dejan oír bien las palabras del juez, pero
el caso es que lo dejan libre y al día siguiente se vuelve a anunciar otra
actuación de Ramper en el teatro.
Todo
esto que nos contaba el abuelo entraba en profunda contradicción con el hecho
de que escuchara Radio Andorra a escondidas casi todas las noches.
En
aquellos tiempos se tenía miedo a muchas cosas, a que los vecinos pudieran denunciarte por
quedarse en la cocina junto a la SONATA escuchando a escondidas RADIO ANDORRA.
Toda
la parafernalia de las noches, con el paso de los años, se me antoja cómico, nada más cenar, antes de
que la abuela recogiese el hule con las sobras de la cena me daban el beso y me mandaban a la cama no
sin antes recordarme que debía rezar el Señor Mío Jesucristo y las tres
Avemarías mientras, el abuelo, se hacía el remolón entretenido con su
maquinilla de liar cigarrillos y la abuela trasteaba en la cocina hasta las
diez y media para sintonizar bajito aquello de “Aquí Radio Andorra, Emisora del
Principado de Andorra....
¡Cuánto me acuerdo de aquel hule con el mapa
de las provincias de España en colores! ¡Las tardes que habré pasado
estudiando los límites de las capitales,
las producciones agrícolas, el nacimiento y el curso de los ríos... Lástima de
no haber hecho Oposiciones a Correos...!:
”Vamos
a ver, Pepito, vamos a ver, la geografía es muy importante, sin saber geografía,
no se puede ir a ningún sitio, vamos a ver… los límites de Gerona… “
Al
oscurecer, después de repasar los afluentes de Duero o los límites de Ciudad
Real, la abuela conectaba la radio para oír “Matilde, Perico y Periquín”.
Otro
programa de entonces que nos tenía “embobados” era “Ustedes son formidables”, me sorprendía
muchísimo que pudiese emitirse desde París por un locutor muy famoso llamado
Alberto Oliveras porque cualquier cosa que viniese de más allá de los Pirineos
era sencillamente prodigioso, por eso, en cuanto empezaba la sinfonía de EL
NUEVO MUNDO se nos encogía el corazón, nos resultaba difícil entender como podía ser que aquel hombre solucionara todo tipo de problemas. La
inundación de Ribadelago, las de Valencia, que horas antes había narrado, con
extraordinario dramatismo Juan de Toro.
Después
de la sintonía Alberto Oliveras, en un interminable monólogo, nos contaba el
drama que intentaba resolver esa noche y
cada pocos minutos, nos iba indicando las cifras conseguidas hasta que,
cuando faltaba poco para lograr la cantidad
que se había indicado al comienzo del espacio un joyero muy importante,
un tal Busian, Enrique Busián, liquidaba el tema, ¡que hacían falta diez mil pesetas!, pues,
¡como esas!, allí estaba el buen señor
dando los cuartos…
No
sé si los abuelos llegaron a darse cuenta de que yo me dormía cada noche con
muchísimo miedo escuchando de fondo la melodiosa voz de aquella mujer
declamando como un poema:
“Aquí, Radio Andorra, emisora del Principado
de Andorra” y las voces que con mucho
nerviosismo y acaloramiento hablaban de una España que yo, con mis ojos de niño
no reconocía. A mi me parecía que lo que
hacían los abuelos era pecado… porque entonces, casi todo era pecado.
El
día en que el hombre llegó a la Luna, el abuelo era ya muy mayor, aquella
tarde, en el colegio, nos habían hablado de la Luna y, cuando encontré al abuelo en la calle le conté. alborozado, lo de la retransmisión de Jesús Hermida desde
Nueva York y la reacción del abuelo fue:
“No
te lo creas, hijo, no te lo creas, todo eso son patrañas, embustes, vivimos en un mundo de mostrencos, de mentecatos, piensa un poco,
hijo, piensa un poco, si está el
astronauta ese en la Luna, ¿Quién le hizo las fotos? ¿Dónde estaba el
fotógrafo? Porque… ¿no me dirás que los pobladores de la Luna, si es que los
hay, fueron tan atentos como para querer retratarlos? Nada, nada, paparruchas,
te han tomado el pelo, yo… como Santo Tomás, si no lo veo…”
En los dos años que vivió después de aquello
hablamos muchas veces del tema pero él murió
convencido de que las imágenes eran de una película, algo así como la
historia de “La Guerra de los Mundos” que había hecho Orson Welles por la radio y que asustó a todo el mundo. Así era el abuelo Joaquín.
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