Manolita
Manolita
Manolita
tiene ahora unos cuarenta años aunque jurará ante la Biblia que es mentira, que
no ha cumplido ni treinta y cinco, ¿Por qué? Porque no los aparenta, es cierto
que ha engordado un poco pero, se siente “fetén”
Está
un poco “desilusionadilla” de cómo le han ido las cosas en los últimos tiempos.
De
niña, tuvo que ayudar a su madre en
casa, poner la mesa, quitarla, fregar, hacer camas, un poco de todo, porque
mamá era, con perdón, algo atada.
Papá
no, papá, cuando volvía del taller, en los ratitos que estaba en casa, leía el Marca viendo como Tomás jugaba a los indios tirado por el suelo del
salón.
Manolita,
a los trece años, se llevó un susto mayúsculo con la primera “regla” de la que
nadie le había dicho ni ”mu” y, cuando se lo contó a mamá, lejos de
tranquilizarla, se limitó a decir “Manolita,
hija, a partir de ahora, ojito con los chicos, ten en cuenta que ya estás en
condiciones de ser mamá”, eso fue todo lo que le comentó mamá sobre el
particular.
Bueno,
no hurguemos en la herida de sus miedos, el comentario de mamá produjo en
Manolita la indefinible sensación de que todo el mundo “lo sabía” porque,
aunque parezca mentira, nunca había hablado de esas cosas con las otras chicas
ni aún ahora ha llegado a saber si a ellas se lo explicaron en casa o tuvieron
que pasar por su mismo trance, el caso es que, para Manolita fue uno de los
muchos descubrimientos sobre si mismo que tuvo que superar sobre la marcha pero
que, como todo, termina pasándose.
Fueron
dos o tres años en los que iba de sorpresa en sorpresa ante el espejo y, casi
sin darse cuenta, fueron surgiendo acontecimientos nuevos y sorprendentes por
inesperados, el primer novio, el susto del primer beso sorprendido en el
portal, el, “Espera, que todavía es pronto para decírselo a mamá”, el, “Pues,
esta tarde, si te viene bien, y como papá libra en el taller, ha dicho que quiere conocerte, por eso, te
invita a merendar… nada del otro jueves, una cosa informal, no sé … si es que realmente estás interesado…”
Cuando
aquella noche se fue el chico,
convencido de que tenía novia formal, surgió el primer comentario mordaz de
mamá, papá no, papá está callado frente a la televisión.
Como
siempre, cuando mamá se calienta, va de frente y por derecho, “Mira, hija, me
parece que ese chico es “poco” para ti… No es que no me guste, es que, le noto un “no sé que”….
Pasa
algún tiempo, y surge Juan, y vuelta a repetir la escena, pero, esta vez es
Manolita la que impone condiciones…
Primera, “Que no esté Tomás, no vaya a liarla
con sus bromas de mal gusto”.
Segunda
“Mira, mamá, Juan me gusta, no sé si para casarme o no, pero me gusta,
es muy simpático, muy divertido, trabaja en un despacho de abogados así es que… por ese lado, no puedes ponerle
pegas, así que, ya sabes lo que hay. Esta tarde sube a tomar algo y hablamos…
A
mamá tampoco le hace mucha gracia el tal Juan, pero traga, habla alguna noche en el cuarto con Manolita a ver si… pero no,
Manolita está decidida, este es el hombre
que le interesa, van a casarse y San Se Acabó.
Juan,
que es un chico muy práctico, ha visto un pisito y están en lo de los muebles,
la cosa va de prisa… Mamá se asusta “¿Es que estás…?” “No, mamá, es que NOS
QUEREMOS y quiero vivir con Juan para siempre”…
“Bueno,
bueno, hija… ¡tu sabrás! Pero, ya te digo… No creas que por ahí atan los perros con longaniza… alguna maca tendrá…
¡No sé si me explico!” Y se casaron.
Diez
años después Manolita se siente sola en
casa después de dejar a Raulito en el colegio, son demasiadas horas trasteando
por la casa hasta que Juan llega a comer, para nada, porque, en cuanto llega,
en un santiamén engulle “lo que sea” y sale pitando para el despacho sin casi
haber abierto la boca más que para masticar…
Lo
que más le molesta, es que Juan no suba la tapa del water y tenga que andar
limpiándolo todos los santos días de Dios…, que solo hable de sus cosas, de los
desfalcos, de las hipotecas y rollos por
el estilo, que entre y salga sin dar descuentos de nada, que no la ayude a hacer la cama, que no se le
ocurra, ni un solo día, llevar a Raulito
al colegio, que ronque, que solo esté cariñoso el sábado con vistas al “cumplimiento”…
¡Dios!
¡Que lista más larga!
A
Manolita le gustaría que Juan le dijese, de vez en cuando, las cosas que le
decía de novios, pero Juan está tonto con el Barça y le molesta hasta que el
niño llore, no se le ocurre, ni por asomo, que ella pueda querer salir a dar una vuelta o al
cine…, no es que Juan sea malo, pero ¿es
bueno?
Manolita
está empezando a pensar que quizá su madre tenía razón en lo de las longanizas,
pero, en los momentos de más desilusión se repite “fui yo la que elegí ¡qué le
vamos a hacer!”, también yo me arreglo
menos… y si vas a ver, anda una siempre
con prisas y total, ¿para qué? para salir un rato por la tarde a la cafetería con Petri y Rosita!…”
Alguien
le ha dicho que por qué no prepara una cena romántica, con velas y tal… y
hablan de sus sentimientos, pero a Manolita le da miedo porque Juan, en
cuanto viese la cena y las velas…
¡Pensaría en otra cosa!
¡Ah!,
se me olvidaba… No hemos hablado de Juan pero ¿es necesario?
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