LOS TRES NOMBRES DE MI PADRE.

 

Los tres nombres de mi padre.

Pseudónimo: Virgilio Justo .

 

Ayer, paseando por la Plaza Mayor, descubrí, con sorpresa y cierta desilusión, la pancarta del VENCERÉIS, PERO NO CONVENCERÉIS presidiendo el balcón del Ayuntamiento. La frase de Don Miguel de  Unamuno al General Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad  como respuesta a aquella otra del general de VIVA LA MUERTE, frase que le ocasionó al Rector no solo perder el puesto sino también la vida en muy extrañas circunstancia el 31 de diciembre del mismo año.

Y, como la memoria no se anda con cumplidos, no sé por qué, recordé aquella historia que nos contó mi padre sobre sus tres nombres la Navidad del año 54, (lo recuerdo perfectamente porque ese año fue el de mi primera comunión).

Mi padre, que habitualmente no era muy amigo de chacharas,  llegada la Navidad, si se le insistía un poco, solía contar una serie de historias y vivencias reales que a todos nosotros nos parecían maravillosas…

No recuerdo ninguna navidad de mi infancia sin turrón, mazapán, frutas escarchadas, pollo… y como colofón, antes de los villancicos, alguna de las historias de la guerra.

Solía ser mi hermana, algo mayor que nosotros, la que insistía  para que se arrancara.

-Papá, cuéntanos aquello de que en Belchite os afeitábais con vino porque el agua la tenían “los otros”.

-O lo de la corrida en Zaragoza… ¿Te acuerdas, papá?

-Eso, eso, decía mi hermano Roberto que por entonces no levantaba dos palmos del suelo.

Aquella noche, después de mucho insistir, comenzó esta historia más o menos así.

-Bueno, la verdad es que lo pasamos mal, muy mal… Sobre todo algunos… ¿Os he contado que por poco me fusilan sin siquiera pisar el frente?

Al oír aquello mamá le interrumpió con firmeza.

-Anda, Joaquín, no inquietes a los niños, que luego se sueñan y tengo que andar cambiando camas…

-No será para tanto, mujer, si lo miras por el lado gracioso… hasta te ríes… Veréis, hacía ya cosa de seis meses que había empezado la guerra… y a mí no me llamaban… Habían ido todos los mozos del pueblo, mi hermano Pedro, que era tres años mayor que yo, el primero, y a mí, ni tocarme… Que queréis que os diga. Yo, que nunca he tenido un pelo de tonto, notaba que la gente me miraba raro y, realmente, aquella situación era como para mosquear a cualquiera, al abuelo Paco, mi padre, todo se le volvía decir que era porque yo era hijo de padre sexagenario y que hacía falta un hombre para atender las labores del campo, mantener la casa y todo eso…

Hizo una pausa para tomar un sorbito de anís.

… en fin, a lo que iba, que de la noche a la mañana aparecieron en el pueblo cuatro soldados y un sargento en uno de aquellos camiones de manivela y gasógeno que hemos tenido hasta hace cuatro días,  y se dirigen, derechos como velas, al ayuntamiento.

Lo malo fue que al rato, se presentó el alguacil en casa de mi padre preguntando por mí.

-Señor Paco, señor Paco, que han “llegao”  unos soldados buscando a Joaquín y quieren llevárselo preso por no sé qué… no me acuerdo del palabro que han dicho… hay que buscarlo… porque, si no se entrega por buenas composturas, al atardecer, en cuanto lo encuentren, lo fusilan a la puerta del ayuntamiento.

-Teníais que haber visto a mi padre… blanco, no sabía dónde meterse. Al rato, después de coger algo de fuerza, preguntó.

-Pero, ¿puede saberse qué demonios puede haber hecho ese peazo…?

El alguacil le interrumpió corriendo.

-Que vienen p´acá con muy malas pulgas, señor Paco, por lo visto, según unos papeles que le han “enseñao” al alcalde…  no se ha “presentao” al reclutamiento y es “posfugo” o como diantres se diga… Según “paece” ha estao camuflao… tiene otros nombres y no sé que cosas mas…

En ese momento entraron los militares en el patio de casa y encontraron a mi padre discutiendo con  el alguacil.

-Señores –dijo el sargento a voz en grito- ¿vive aquí un tal Virgilio Justo Joaquín Ramos Fraile de 26 años, soltero y natural de…?

-Sí, señor sargento, -acertó a decir mi padre en un susurro- sí, pero ahora está en el campo… arando, ya sabe usted…

-Yo, lo único que sé, entiéndame, si quieren salvar su vida,  es que si ese individuo no se persona en el ayuntamiento en el plazo de dos horas dispuesto a ser conducido al Regimiento de Zapadores en  Salamanca… Fíjese bien en lo que le digo, dos horas, ni un minuto más… al anochecer… ¡lo fusilo por desertor!

Según me dijeron después, a mi padre –con el miedo metido en el cuerpo- no se le ocurrió otra cosa que llamar a voces a la abuela Eusebia, o sea, mi madre, y decirle.

-Eusebia, avisa al cartero que salga a escape con la bicicleta y nos traiga al mozo aunque sea de una oreja… no siendo que esa bestia parda nos mate al mozo aquí mismo… -Al llegar a este punto y mientras la abuela salía corriendo en busca del cartero, el abuelo arrancó a llorar y no paró hasta que dos o tres horas más tarde, tal como había venido del campo, con abarcas y todo, abrazando un poco de pan y chorizo envuelto en un mantel salía yo,  carretera adelante, en aquella camioneta hacía Salamanca donde me esperaban, con muy malas pulgas, unos militares muy serios que después de llamarme de todo y meterme el miedo en el cuerpo más aún, me dieron los pertrechos y me enviaron en el tren a Segovia que era donde estaba el frente entonces…

Así que, ya os digo, si no llega a ser por el cartero… a estas horas estaba yo criando malvas…

Al ver que todos estábamos  muy serios, sonrío y dijo,  con voz un poco seca por la emoción de los recuerdos:

-Y ahora, venga,  a cantar villancicos se ha dicho, anda. Pepe, trae esa botella de anís  y el tenedor, que vamos a armar una… cojonuda…

 

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