RODOLFO JIMENEZ DE LA VEGA, SE VIÓ EN LA CÁRCEL
RODOLFO JIMENEZ DE LA VEGA, ESTAFADOR. El patio del penal de Ocaña hervía de calor, era agosto y el cemento se pegaba a las zapatillas, los presos charlaban mientras recorrian el espacio una y otra vez, pasos lentos y humo de tabaco. Rodolfo Jiménez de la Vega, alto, delgado como un junco, uno noventa y apenas sesenta y cinco kilos, caminaba con ese aire chulesco, que ni la cárcel hacía decaer, se diría viéndolo que la cárcel era solo una escala en su itinerario de conquistas. Se apoyó contra la pared, sacó un Camel del paquete, lo encendió con parsimonia y soltó la primera bocanada mirando a un cielo que era una hoguera. A su lado se plantó Efraín Golondrino. Efraín es c olombiano y comparte celda con Rodolfo, es un hombre bajo, ancho de espaldas como un armario ropero. Casi cien kilos repartidos en un cuerpo de uno sesenta escaso. Brazos gruesos, mirada torva, de perro viejo, y una cicatriz que le cruza las cejas. Efraín lo observó un momento en silencio. —Oiga, flaco… ¿Usted q...