ESCAPAR DE CASA -CUENTO-

 

Escapar de casa.

 

Jose Luis Ramos Martín

 

 

Jaime tiene la sensación de estar sumergido en el vacío, le duele todo el cuerpo, no logra abrir los ojos, alguien está hablando de él, en su inconsciencia procura prestar atención.

- Parece que  vuelve en sí.

- Sí, hemos tenido suerte.

- Nunca pensé que...

- ¿Ya se sabe quién es?

-  Estamos en ello... el sargento...

“O sea que a Lucía no le interesa recuperarme, vale, pues... sigamos el juego, a esta gente, ¿qué más le da? Un pordiosero más de los muchos que deben atender... Unos días en observación y luego,  el alta voluntaria y hasta otra...  Eso es, sí señor, otro transeúnte desconocido, ¿a quién le importa? Que dejen la documentación para los registrados,  para los que cotizan, los que deben y pagan...  los que tienen familias a las que cuidar y por las que afanarse, para mí, todas esas fanfarrias...  están de mas...”


- El sargento Garrido ha mostrado  mucho interés en este caso... en cuanto vuelva en sí, le avisan... su número está en el tablón de la sala de enfermeras...  Me voy a comer.

- Bien, doctor, no se preocupe, yo me encargo...

“En cuanto vuelva en sí, en cuanto vuelva en sí... están frescos si creen que voy a contarles nada. ¡Solo faltaría...!. Si Lucía no ha querido decir nada... ¿Quién me obliga a delatarme? Nadie. Un amnésico más, eso es, solo por unos días,  mientras me curo... luego, ¡Dios dirá! Además ¿Qué iba a explicarles? ¿Que estaba robando mi ropa? ¡Me tomarían por loco..!

“Mire usted,  me tiré por la ventana para que no me descubriese  mi mujer,  estaba cogiendo algo de ropa...  ¡Qué idiotez! Me tomarían por loco... Y yo...  no estoy loco. ¿O sí?.

Vamos a ver ¿Que culpa tengo yo de que todo vaya tan deprisa? ¿Habían calculado si yo me iba a adaptar a la informatización?...Recuerdo las palabras del Jefe de Administración cuando me entregó el finiquito “Y en vista de que usted no está en condiciones de adaptarse a los cambios  estructurales de la empresa...”

Y esa es otra. ¿Qué culpa tengo yo de que Lucía se avergüence de mí porque me han despedido y que no alcance  con mi subsidio y su  sueldo en el banco para pagar el chalet, el coche, el colegio de los niños, las vacaciones...? ¿Qué culpa tengo yo de que prefieran poner a  un jovencito recién graduado en mi despacho? Las empresas, ya se sabe, no tienen corazón, ni sentimientos, hacen un estudio, calculan, programan y concluyen que con mi cese obtienen tantos y tantos beneficios por el ahorro en la Seguridad Social, la  productividad, los quinquenios... Y adelante.

Y por falta de operatividad, de competitividad... Jaime González Rivas, como tantos otros miles que caen cada día, se va al paro.

 Y ahora me veo así  por no admitir que Lucía se avergüence de mí ante sus compañeros del banco,  por eso tomé la decisión de  desaparecer...

La enfermera que vigila el gotero, aumenta  el ritmo de la bolsita  del calmante. Sonríe.

“Siento un extraño  picor al aumentar la dosis  del calmante en la vena, ¿Se habrá excedido? Tengo que advertirla. ¿He movido el brazo? Se inclina hacía mí, ahora la veo, borrosa, los ojos muy abiertos, cara gordezuela, parece amable, sonríe. Quiero abrir la boca, protestar, necesito advertirle del picor en la vena, muevo el brazo.

 No acierto a hablar. ¿Por qué me mira así? ¿Se habrá dado cuenta?”.

- ¡Ah!, hola, ¿cómo se encuentra?

“No reconozco mi voz, ronca, brusca, antipática. Como si viniese de lejos, de muy lejos”

- Mal, me duele todo... es como si... me hubiese pasado por encima una...

-... Una locomotora ¿verdad? No se preocupe, de esta, se ha librado.

“Vaya por Dios, le ha faltado tiempo para pulsar el timbre”

Entra una auxiliar quitándose los guantes, malhumorada. La enfermera vuelve a sonreír, parece muy contenta.

- Rosa, hija, mira, el doctor Ramírez ha dejado dicho que avisemos al sargento. El número está en el corcho. ¿Quieres llamar? Sargento Garrido... Que su paciente se ha despertado. Él ya sabe de qué se trata.

-Vale, pero, reconocerás conmigo, bonita, que no está ni medio bien que siempre tenga que ser una la que se ocupe de todo. ¿Es que no hay nadie más en este hospital del demonio? Pero tranquila, hija, tú sigue sonriendo, que ya me ocupo yo... ¡Qué remedio!

Cuando la auxiliar sale, la enfermera comenta.

- Rosa es  un cielo, no vaya usted a creer… lo que le pasa a la pobre es que está a dos trances con su novio y... ya sabe usted...

“A dos trances, así hemos estado nosotros siempre.... Y luego, con el despido, los enfados, los malos humos, las caras largas... los silencios... y los  críos delante.

- “Te das cuenta, Jaime, te das cuenta... Como no encuentres algo pronto, no sé de dónde vamos a sacar para la hipoteca, las vacaciones... Bueno, lo que son las vacaciones de este año por lo menos... nada,  no nos alcanza, y lo que me reconcome es verte ahí tumbado, como un tarambana... todavía si te viese que vas y vienes, que luchas, pero nada, ni te mueves, no si, ya me lo advirtió Purita el otro día, “Todos los hombres son unos gandules...”. Pues, en mi casa, Jaime, ¡entiéndelo bien! gandulerías, las mínimas... ¡Te lo advierto!”.

Y así un día, y otro, y otro... Hasta que me armé de valor y me largué con lo puesto y, hasta ahora. Pero, ¿cómo voy a contárselo a esta gente? ¿Van a solucionar algo? Nada. Sería dar píe a las malas lenguas, permitir que se corriesen las voces por ahí.

 “Si Lucía no hubiese llegado tan pronto me habría podido cambiar, descansar un poco... Pero al oír el llavín salté por la ventana... Fue un impulso... así que, silencio, te haces el amnésico y que te curen.  ¿Que puede hacer el sargento? ¿Va a mediar para que Lucía me admita de nuevo en  casa? No señor, no, por eso, a callar.

 Y si bien se mira... ¿Qué le voy a decir? ¿Que Lucía no quiere mantener un parásito en casa? ¿Qué les importa a ellos? Tendrán miles de casos parecidos, uno más, un número en las estadísticas de la marginación urbana. ¿A quién va a beneficiar que muestre al mundo mis trapos sucios? Inadaptados los habrá siempre, que más da uno más o menos. Nada, ese sargento no me sacará nada, bastante  estoy pagando por mi romántica excursión a casa. Y es que, es para darse de tortas, te vas de casa, desapareces y se quedan tan frescos, pasan los meses y un día te da la neura y no se te ocurre nada mejor que ir a cambiarte de ropa, a descansar, a afeitarte... ¡Idiota!. ¿Qué te creías? ¿Qué iban a tirar cohetes? ¿No ves que allí ya no  eres nadie? Bueno,  ni allí ni en ningún sitio.

Lo había previsto todo,  Lucía sale del banco a las tres, hasta las tres y media no aparece por el chalet, los niños comen en el colegio, disponía de un par de horas,  tiempo más que suficiente para todo, total, ¿qué se tarda en coger un par de mudas, unos pantalones frescos, unas camisas de verano? Pero, tuve que echarme sobre la colcha... Un error, no debí hacerlo, está claro, pero,  ¿Quién iba a pensar que Lucía iba a aparecer a las dos?

     Fue oír el llavín en la cerradura y saltar por la ventana, pero, con las prisas, se me olvidó  el foso...  Con el golpe debí perder el conocimiento o quizá grité, no sé, no recuerdo nada. El caso es que ahora estoy aquí.

Si  creen que voy a aclarar algo, van bien servidos... Bastante tengo con intentar salir de esta.

 

 

 

* * * * * * * * * *

         “Y el sargento ahí, tan tranquilo, mirando por la ventana, paseándose pacientemente, convencido de que terminaré por hablar, ese tio  tiene muchas horas de vuelo, sabe que la paciencia es su mejor arma en estos casos. Pero, lo que es conmigo, ya puede echar horas...”.

- Bueno, hombre, bueno, o sea que usted... no recuerda nada...

- Estoy baldado, me duele horrores la cabeza... me pesan los párpados y  tengo una sensación de   vacío... pero, recordar, no. No recuerdo nada.

El sargento se seca la frente en un pañuelo arrugado, tose, se pasa la lengua por los labios, me escruta como si quisiera  descubrir la verdad en  mis ojos,  se vuelve de espaldas y habla para sí, en un susurro, como pensando.

- Claro, claro, el golpe ha debido ser  brutal... ¿Sabe si le empujaron... si  se peleó con alguien...? ¿Recuerda su nombre?

“Es vivo el condenado, no me cree, ¿habré cometido algún error?”

 - Lo siento... no...

El sargento, cómodamente sentado a los pies de mi cama, saca un papel del bolsillo de la camisa y lo lee bisbiseando.

- Según este informe... ha estado usted inconsciente dos días, posible  conmoción cerebral... herida en el parietal izquierdo...  un corte en la pierna derecha... Al parecer, lo encontraron en una zanja, en la Urbanización “Los Almendros”. ¿Imagina que podría  estar haciendo usted allí?

- ¿Me trajeron? ¿Quiénes? Quizá ellos puedan explicar. ¿Dijeron quienes eran? ¿Han encontrado algún papel en mis ropas...?. ¿Lo tienen ustedes?

- No señor, - vuelve a consultar las notas – parece que lo encontró el guarda de seguridad de la urbanización y pidió ayuda a una mujer... lo trajeron  en  su coche...  El guarda de seguridad asegura no haberlo visto nunca... y la mujer no dio sus datos... en sus ropas no hemos encontrado nada que pueda...

“O sea que Jacinto no me conoce, ¡hay que ver!, y la mujer... Si es  Lucía... está claro que quiere devolverme a mi lugar...  ¿Me habrán tomado las huellas? No. ¡Que tontería! Si lo hubiesen hecho sabrían quien soy... Nada, Jaime, descansa, es cuestión de horas que te descubran, relájate, que te curen  y luego. ¡A la santa rue!”.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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