LA CONVERSACIÓN

 

LA CONVERSACIÓN

 

Nada más entrar en casa observa que Marta, su mujer, está viendo una película en la televisión. Sin hacer apenas ruido, pasa a la cocina y se prepara un café. Después se sienta a su lado.

A los pocos minutos, durante la publicidad y como por decir algo, pregunta a Marta mientras toma un sorbo de café:

—Marta, ¿Serías capaz de mentir para protegerme de un crimen?

 Marta suspira profundamente y, mirando de hito en hito a su marido con indiferencia, responde:                 

— ¿Cometer tú un crimen? ¡Que disparate! ¿Qué tripa se te ha roto? Tú no eres capaz de matar. Bueno, por no matar, no matas ni el tiempo… ¿De dónde has sacado esa estupidez?

Juan baja los ojos a las rayas del pantalón, deja la taza en la mesita de centro y vuelve a preguntar. 

-¿Serías capaz? — breve pausa —. Necesito saberlo.

            Es ahora, tras la insistencia de su marido, cuando Marta, fuera de sí, exclama.

— ¿Qué te han dado a ti? ¿O es que pretendes sacarme de quicio?

Juan, ahora muy serio, se pone en pie e insiste:

-Verás, Marta, necesito saber si estarías dispuesta a jurar —ya te contaré los detalles—, que ayer pasé la noche contigo, aquí, en casa, que no salimos. Que nadie nos vio porque celebrábamos algo, lo que sea, eso  no es importante...- Ahora habla con más firmeza-, quiero saber si mentirías por mí… si estoy a salvo de…

Marta interrumpe de nuevo a su marido irritada.

—Paparruchas, tú estás influido por la trama de la película y…

—En absoluto, cariño, verás, ayer tuve un mal día. Alguien a quien he  estado evitado durante años, apareció de pronto y tuve que acabar con él. Está en el maletero del coche. Si prometes ayudarme, podríamos…

Nueva interrupción de Marta, esta vez con la cara desencajada.

—Nada de podríamos ¿Qué te has creído? ¿Qué puedes venir aquí  a pedirme que yo…  por tu cara bonita… te ayude a…

—No, escucha, sé razonable. Ahora, cuando salga, cierras con llave. En un par de horas, tres a lo sumo, vuelvo y ya tranquilamente, preparamos la estrategia.

Marta, en pié, mirándole de arriba abajo y aparentando una tranquilidad que está muy lejos de sentir,  señala la puerta de la calle y dice masticando muy lentamente las palabras.

— ¡Largo! no quiero saber nunca más de ti. ¡Ah! y procura que nadie me pregunte, porque si depende de mí… ¡No te salva ni Dios!

Juan coge la gabardina que dejó en el respaldo del butacón, mira unos segundos a su alrededor y después se dirige lentamente hacía la puerta, ya con la mano derecha en el picaporte dice con firmeza:

—Nadie te preguntará por mí, -sonríe complacido- puedes estar tranquila, pero a ti no se te olvidará jamás esta conversación.

Sale cerrando la puerta tras de sí con un portazo.

 

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