GONZALO, EL GASEOSA
GONZALO, El Gaseosa
José Luis
Ramos
Me ha sorprendido muchísimo el repentino interés de Paloma por cómo me
encuentro, Rosa se marchó hace más de una semana y Paloma y yo lo dejamos hace
más de veinte años, ¿lo dejamos?. No, Paloma se sintió despechada cuando decidí
quedarme en el cine en vez de acompañarla a casa porque se le hacía tarde.
¿Eramos novios?, ella creía que sí, pero, para mí, lo nuestro no era una cosa definitiva, de hecho,
me enteré de que lo habíamos dejado cuando me la encontré en la Plaza Mayor del
brazo de Pepe, que en paz descanse, porque después del desplante del cine no
volvió a dirigirme la palabra hasta esta llamada.
¿Qué estuvo mal que prefiriese seguir viendo
Rebelión a Bordo en vez de acompañarla a casa? Naturalmente, pero es que, a
veces, uno no está a la altura de las circunstancias y, en aquella ocasión,
preferí no perderme una de Marlon Brando y tampoco pensé que Paloma fuese a
tomárselo tan mal.
Y ahora, como si aquello fuese cosa de anteayer,
me llama para decirme que ahí está si necesito algo. Que, sin ningún compromiso
por mi parte, desde luego, podemos vernos, caso de que yo necesite charlar,
desahogarme, que si ya sé que puedo contar con ella, que dónde hubo fuego… Pero
lo que me sacó de mis casillas fue aquello de “Fíjate, fíjate... ¿Quién iba a
decirlo? Y yo que te creía tan feliz? De
todos modos, comprenderás mi interés, aunque lo nuestro... no pudo ser... Te
aseguro que si te llamo es por si lo estás pasando mal... porque yo, si
quieres, si necesitas...”
¡Pobre Paloma! No tenía que haberla dejado irse
aquella noche. Ella, tan reservada, con su afán de relaciones formales... “De
las de casarse, Gonzalo, yo soy de las de casarse... Otra cosa no va conmigo,
ya sabes como pienso”
¿De verdad Paloma recuerda con tanta emoción lo
nuestros? A mi me parece que fuego, lo que se dice fuego, hubo poco.
Y si vas a ver, ha pasado mucha agua por los
puentes en todos estos años, ya lo creo, ella tuvo dos hijas con Pepe en el
poco tiempo que duró su matrimonio antes del infarto del pobre hombre… Y yo,
terminé casándome con Rosa a base de
frecuentar el bar de su padre.
Seguro que ha sido eso, las malas lenguas, en
las ciudades pequeñas, ya se sabe, corren mucho las voces…
-Oye, Gaseosa… Una ración de oreja ¿vale?
-Oye, Que dice este, que si ya no tienes rabo...
porque, como no traigas pronto de vuelta a tu mujer… No sé si volveremos por
aquí.
Y esos imbéciles ¿De qué coños se ríen? ¡Que se
ha largado! ¡Bendita de Dios vaya! Una carga que me quitó de encima la muy...
Por un tiempo me olvidaré de sus bostezos, su sonsonete de que si soy un
inútil, que si me casé con ella por el bar... Y si vas a ver... tampoco es
mentira… el bar me ayudó bastante a decidirme... y las lentejas de su madre,
que en paz descanse, ¿por qué tiene que
ofender tanto la verdad?... ¡Para lo que va a tardar en volver!... Anda que no
hace falta aguante para lidiar con Rosa...
Verás tú en cuando se le pase el deslumbramiento al tontainas ese y empiece
a verla sin los abalorios, sin las cremas, despeinada y en ropa interior...
¡Pobre Jacinto!, por mucho que le guste, en cuanto lo machaque un poco con que
si ronca, que si deja la tapa del water subida o si no sabe colocar la ropa en
el armario, en cuatro días salen tarifando. ¡Si lo sabré yo!
Gonzalo, por mal nombre, el Gaseosa, saca una
ración de oreja del mueble del mostrador y lo pasa un minuto por el microondas,
es mucho tiempo pero, no importa. ¡Qué se aguanten!. También tiene que
aguantarlos él.
Y si los parroquianos encicazan, ¡Que encizañen!
El caso es que paguen... Mas pronto que tarde se aburriran y en cualquier
momento la voy a encontrar en la cama, haciéndome arrumacos como si no hubiera
pasado nada, claro que entonces será
cuando yo haga valer mis derechos de hombre ofendido, ya verá, ya... me haré de
rogar, cuando ponga morros... Más que nada,
por que no se acostumbre a irse con el primero que juegue con las llaves
de un coche de lujo”.
De todos modos, lo de Rosa estaba cantado, se
pasaba todo el día de Dios echandome en cara que si lo que yo quería era estar
todo el santo día de Dios en el bar, con
la partida, que sí bebía demasiado y, lo peor de todo, no había enfado que no
terminara con que si estaba hasta el moño de aguantarme, que la paciencia tenía
un límite, que no se puede tirar tanto de la cuerda y extrañarse luego de los
callos.
Gonzalo entiende, aunque algo tarde, a qué
callos se refería, y los clientes, con sus cuchicheos, sus medias palabras y
ese tonillo al pedir un vaso de gaseosa...
se lo ratifican a cada momento... tengo que reconocerlo, me lo he ganado
a pulso por payaso, hay que ser idiota para no darse cuenta de que si te
pregonan terminas casándote.
Y ahora. ¿Qué? Se ha largado con el gordo del
café solo y la copita de Torres 10. Debí entender los mensajes que me mandaba,
pero, claro, todo es muy elástico, hay
que pasar todo el día tras la barra para darse cuenta de que cuando echas el
cierre, lo que quieres es que te dejen en paz.
“Rosa, ¡que estoy baldao!, que esto es como la
cárcel...”
“¿Y servidora no? Asada entre las ollas... Más
aburrida que don Tancredo, te lo advierto, Gonzalo, una mujer necesita algo más
que oir a un hombre roncando delante de la tele”
“Sí, mujer, si, pero estoy hecho polvo”
“¡Tanta tele, tanta tele! Se diría que para ti
no hay más vida que la del cine. Cualquier día sale la tele por la ventana, y
tú con ella, a ver si con un buen golpe descubres que existo...”
Casi desde recién casados le dio por llamarme
Gaseosa. Gaseosa trae esto, Gaseosa ven aquí, total, que con Gaseosa quedé para los restos porque no
se cortaba de llamarme así delante de los clientes.
“Tienes
la sangre de gaseosa... todo se te va en salvas... Así, claro, ¿Qué puede
esperar una?”.
Y en cuanto entré en casa, a escape me olí la tostada, tanto silencio no
era normal. Corrí al dormitorio y ¡date!, Los armarios vacíos, faltaban las joyas, la cartilla del
banco... No tuve que especular mucho.
Era la respuesta a tanto cuchicheo,
tanta risita, tanto piropo, tanta mirada... Tanto arreglarse para bajar al bar
por las tardes. Alegre, dispuestota... Lo malo es que el marido es siempre el
último en enterarse, pero era evidente que Jacinto, luciendo el solitario,
derramando los catálogos de lencería fina, levantando el meñique para beber a
sorbos su Torres 10 me la había camelado con esos piropos de pícaro errante.
Lo que más me sorprende ahora, a toro pasado, es
la sangre fría con que recibí el silencio de la casa vacía, ¿a quien se le
ocurre, en un momento así, poner un video y tumbarse en el sofá en lugar de
revolver Roma con Santiago buscándola? Y el caso es que, si no fuera por las
chuflas, tampoco estaría tan mal así.
¿Habré estado seco con Paloma? Tal vez debería
llamarla, disculparme, invitarla a tomar algo, a dar una vuelta... Traerla
aquí, no, aunque, ¡Quien sabe!, quizá con el tiempo...
X X X X X X
Con un golpe brusco se abre la puerta y aparece
la figura de Rosa, tapando la entrada con una maleta de cuero por delante
sujeta con ambas manos. En el bar se hace un silencio tan espeso que podría
cortarse con un cuchillo hasta que Rosa lo rompe gritando destemplada.
-”¿Es que no piensas echarme una mano? ¡Qué
cojonatos eres, Gonzalo, desde luego...
Una carcajada general hace que Gonzalo, con las
orejas ardiendo, salga del mostrador y corra, azorado, hasta la puerta
quitándose el mandil.
“Ya voy, mujer, ya voy. ¡Qué carácter!
Rosa
sonríe socarrona viéndole correr, atolondrado, hacía la puerta, se abre
de piernas y con los brazos en jarras, se encara a los clientes.
“No sé
que os habrá contado este cantamañanas, porque Gonzalo, por hacer una gracia, es capaz de tirar
piedras sobre su propio tejado, pero, ya le advertí que iba unos días a cuidar
a su madre... -rié a carcajadas al verle agacharse a su lado para coger las dos
maletas-¿No me digas que se te había olvidado?”
-
Claro, mujer, ¿cómo iba a olvidarme? ¿Qué tal quedó la pobre?
Cuando
Gonzalo entra, arrastrando las maletas,
detrás del mostrador, Rosa le hace un
corte de manga que ríen estrepitosamente los parroquianos y, cuando Gonzalo
hace intención de incorporarse responde con una risa irónica.
“
Tu madre… Como un roble, para seguir dando guerra veinte años más, ya te
parecieras tú algo a ella. Otro gallo nos cantaría a todos”
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