EL REGRESO -CUENTO-

 

El Regreso

 

Pseudónimo: Virgilio Justo

 

 

Quizá fuese el hambre, no había tomado nada desde la mañana, o el sol, empeñado en traspasar los cristales del autobús, bastante sucios por cierto, durante las tres hora largas de viaje desde Madrid no había podido abrir bien los ojos y una extraña sensación de abandono se había apoderado de mi, era una sensación nueva, que nunca antes había sentido, mi mente corría, en un galope infernal, de un recuerdo  a otro sin poder evitarlo.

Aquella misma mañana había tomado la decisión de regresar a casa, era absurdo, totalmente absurdo, dejarse abandonar, ¿qué podía hacer en Madrid sin pareja y sin trabajo? En cambio, si regresaba a casa, mi madre tendría una gran alegría.

¿Cuánto tiempo he estado fuera? Diez, doce años, en fin, toda una vida en la que, tontamente, he creído ser  libre, en realidad, no he hecho más que dar tumbos de un lado para otro, no lo quiero admitir pero ¡qué razón tenía mi padre al reprocharme mi  abulia hacía todo lo que fuese el trabajo!.

“Nunca he podido hacer carrera de ti, Alejandro, nunca, y no te imaginas lo que eso representa para un padre… Eres un…”

Como en un filme rancio, revivo aquella escena, la última que viví con mi padre, me creía, tonto de mí, capaz, combativo, deseoso de libertad, tratado injustamente, de ahí mí desproporcionada respuesta.

“Sí, padre, sí, dilo de una puñetera vez, un “cojonatos” que no valgo ni para destripar terrones… Pero tranquilo, padre, ya me voy, por eso… y porque estoy hasta el gorro de tus monsergas… “

Allí mismo se quedó mi padre, con la azada en la mano y la cabeza baja, tal vez  pensando en alguna palabra  que me hiciese desistir, seguramente no dio con ella porque, de haber podido, nunca me hubiese dejado marchar sabiendo que soy tozudo y no sé rectificar, por eso, sin mirar para atrás, seguí por el sendero hasta la casa, entré en el dormitorio dando un portazo, llené una maleta con cuatro trapos y los pocos duros que había ahorrado y tras abrazar en silencio a mi madre salí hacía el apeadero de la carretera, dos horas más tarde, ya en el autobús, comprendí que acababa de cometer un grave error, tal vez el mayor error de mi vida, pero, resentido, me tragué las lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos.

Y en estos años, ¿qué? trabajar, madrugar, intentar una vida con Carmen ¿para qué? Para que ahora, una vulgar nota de tres líneas acabe con todo, bueno, en realidad, cuando perdí el trabajo, ya estaba perdido, ¿Qué era aquello que decía mi padre? ¡Ah!, sí, ya recuerdo “Donde no hay harina, todo es mohina”. Pues eso,  la miseria rompe el amor, si es que lo hay, sino, solo trae soledad, una soledad que mina toda esperanza.

Tenía que haberme dado cuenta de que todo se acababa  el fatídico día en que recibí la notificación del ERE, con aquel dichoso papel en las manos casi sentí alegría, creí que  gracias a eso, tendríamos tiempo para estar juntos, para querernos, pasear, ir al teatro, disfrutar de la vida… Era, o podía ser, un mes completo de vacaciones pagadas pero no, Carmen tenía otros planes,  trabajaba solo por las mañanas pero, para las tardes siempre tenía algo pensado, cuando no era la peluquería, la natación, y cuando no, había quedado con unas amigas, el caso es que aún nos veíamos menos, no estaba nunca en casa y cuando estaba terminábamos discutiendo porque, según ella, yo no era más que un cochino celoso que la quería acaparar, así terminamos por no tener nada que decirnos o discutir por todo.

Cuando volví a la fábrica algo se había roto ya definitivamente entre nosotros, pero yo estaba ciego y no supe verlo hasta que hace un par de días, al despertar me encontré con la compañía de una nota de Carmen despidiéndose, la luz entraba a raudales hasta el fondo de la habitación.

 En un principio creí que, como solía ocurrir, me había hecho una nota para el “Super”, pero no, estaba redactada como una de tantas circulares que ella escribe en la oficina cada día, escueta, breve, muy pensada, yo solo me quedé con la idea de que no estaba dispuesta  a seguir luchando contra el infortunio, y que yo no era culpable, que, simplemente, lo nuestro había terminado… “…piensa que no ha ocurrido… la vida, a veces, trata así a las personas. Quiero que sepas que TE QUISE MUCHO… “

Dos horas corriendo por la casa, revisando  los armarios, para, por fin, encontrar, en la mesilla de noche, la cartilla del banco, las llaves, la carpeta con los papeles del alquiler… Siempre tan ordenada… Pero, se había ido.

--No baja usted, aquí paramos quince minutos… Puede estirar las piernas si quiere…

El  joven me ha puesto la mano en el hombro. Miro el reloj, aún faltan treinta minutos para llegar a Hermosilla.

*   *   *   *   *

He debido quedarme dormido, el autobús está entrando en la plaza del pueblo, detrás de un grupo de mujeres que agitan los brazos está mi madre, parece más vieja, tiene el pelo pajizo, de un blanco amarillento, el moño de siempre, el vestido negro agrisado  de andar por casa, el mandil de un color indefinido, me mira achicando los ojos, se diría que no me distingue bien, está llorando, salto del vehículo de los primeros, agarro la maleta y el bolso de mano que me tiende de la baca el conductor y me fundo en un abrazo a mi madre como cuando era niño y volvía del instituto de concentración, está distinta, es ella, no cabe ninguna duda, aunque, en realidad,  parece más bien la abuela Juana, se diría que han pasado muchos, muchos años, desde mi marcha, nos atropellan, nos empujan a un lado, terminamos recostados, sin soltarnos, en el brocal de la fuente del centro de la plaza, ahora, el llanto de mi madre es manso, como una riada, pacífico, su abrazo es fuerte, muy fuerte,  impropio de una mujer de su edad, se diría que quería dejar escapar, en ese abrazo, todos sus miedos, todo el sufrimiento y la angustia que la han anidado en todos estos  últimos años…

“Hijo, hijo mío…”

Cuando pude deshacerme del abrazo, la plaza del pueblo era otra, el autobús había desaparecido, dos o tres viejos cuchicheaban señalándonos con el dedo, ¡vaya usted a saber que se estarían diciendo!…

Tuvo que ser mi madre la que tomase la iniciativa de salir de allí.

“Anda, vamos… “

 

 

 

                                                                      

 


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