LOS EFECTOS DE LA GUERRA EN MI PADRE.
Los efectos
de la guerra en mi padre
José-Luis
RAMOS
Mi padre hablaba poco, pasaba muchas horas solo trrabajando en la finca cuidando las vacas, nunca nos extrañó esa forma de ser, generalmente, era sentencioso, contaba cosas que le habían ocurrido en el pasado, decía que su vida era muy rutinaria, todos los días iguales, salvo cuando iba a parir una vaca o había recibido noticias del pueblo o tenía que reprendernos por alguna trastada, le molestaba mucho tener que reprendernos o darnos unos azotes, decía que teníamos que ir aprendiendo a ser personas responsables, había que hacer las cosas bien porque era lo que se esperaba de nosotros, que ser responsables era lo más importante, mucho más que estar contento o ser feliz, ese sonsonete nos parecía raro pero lo veíamos como lo más normal del mundo, era raro que nos alabase por algo, para él, comportarse bien o aprobar o ayudar en casa, era una obligación, le gustaba escucharnos cuando teníamos algo bueno que contar. creo recordar que cuando tenía que reñirnos se le oscurecía el rostro y estaba un largo rato taciturno, como reflexionando algo pasado, cuando había alguna celebración se mostraba locuaz, en los cumpleaños o en Navidad, se tomaba un par de copas de anís y comenzaba a contarnos cosas de la guerra.
En aquella ocasión, (no sabíamos que sería la última) llevábamos
un par de días en el Hospital Virgen de la Vega y estaba aburrido de tanta
cama y, sin duda, lo decía mucho últimamente, más que harto de estar entrando y saliendo del
hospital cada dos por tres, el caso es que, después de cenar y mientras
llegaban con la pastilla y el vaso de leche comenzó a contarme cómo
había sido su vida.
-¿Te he contado alguna vez que por poco me fusilan
por prófugo?
Yo me hice de nuevas, y comenzó a hablar apoyando el codo derecho en la almohada y mirándome a los ojos, carraspeó antes de comenzar a hablar, estaba serio, como si los recuerdos le apagasen el brillo de los ojos:
-Mira Pepe,
cuando estalló la guerra, a escape aparecieron los militares a reclutar a toda
la gente joven, mi hermano Pedro, a pesar de estar casado y tener tres niños
pequeños, fue de los primeros, pero a mí, ni me nombraron, creí, un poco
bobamente, que me libraba por excedente de cupo, y ahora pienso que tenía que haber ido al ayuntamiento y pedir explicaciones al secretario porque lo lógico es que el que tenía todas las papeletas para librarse de ir a la guerra fuese mi hermano Pedro, que tenía una familia detrás. Manuela, mi pobre cuñada, con tres criaturas Pedrito de 13 años, Bernardina de
11 y Serafín de poco más de un año, pero no fuimos ni tu abuelo ni yo, aquello no tenía sentido pero lo dejamos pasar, cobardemente, el abuelo no quería pasarse por el ayuntamiento a reclamar por si me mandaban a mí también, se agarró, como un clavo ardiendo a que él ya era viejo y que por eso, por ser yo hijo de padre
sexagenario, me habían saltado de la lista y, no había mucho tiempo para pensar, la casa, las tierras y el
ganado daban mucho que hacer, a pesar de todo ese devaneo, yo, que nunca he sido tonto, notaba las miradas de la geente cuando me veían camino de las tierras al amanecer, aunque, como a todo se acostumbra uno, poco a poco, me fui
haciendo a ello y todos juntos, la mujer de Pedro, los tres
críos vivíamos tranquilos, o eso creía yo, porque, dentro de lo que cabe, porque, la
incertidumbre, el no saber nada de cómo le iba a Pedro y a los otros mozos del pueblo que habían reclutado, las cartas de Pedro llegaban muy de tarde en tarde y todo seguía igual hasta que a comienzos del
verano del 37 apareció por el pueblo un grupo de militares al mando de un
sargento en uno de aquellos camiones de gasógeno y manivela y fueron directos al ayuntamiento,
yo estaba en el campo, trabajando la tierra y supe de lo ocurrido cuando Tomás,
el cartero, se presentó a buscarme con el miedo en el cuerpo, asustadísimo, luego, cuando me llevaba en la barra de la bicicleta, me fue
contando con un tartajeo impropio de él, que era de natural alegre, mientras
miraba para atrás como si nos persiguiera alguien, que se habían presentado en
el ayuntamiento buscándome por prófugo y que si no aparecía voluntariamente me fusilaban en la tapia de la iglesia, que mi padre le había
pedido que fuese en mi busca y que no me dejara hacer tonterías, que no había
otra que hacerse cargo del asunto ¿te
imaginas el cuadro?
-Sí,
papá, sí, pero eso… ¿tendría algún motivo grave,
supongo?
-Y tan grave, que cuando hicieron el reclutamiento yo aparecía en la lista pero el cenutrio del secretario no cayó en la cuenta de que el tal Virgilio Justo Joaquín era Joaquín cuerna, el hijo de Bernardina y Francisco, ¿Y sabes por qué? Muy sencillo, porque ni yo mismo sabía que mis abuelos me habían puesto sus nombre en la pila bautismal, y ahora, al cabo de Dios te salve, vete a saber por qué, quizá por la envidia de verme con veintiséis años trabajando en el campo, bailando en las fiestas de los pueblos de alrededor, el caso es que ya llevábamos un año de guerra y se presentan en mi busca, según ellos, porque no me presenté voluntariamente, y por eso, a las bravas, o me iba con ellos de buen grado o al día siguiente había entierro en el pueblo.
-¡Qué barbaridad!, y ¿eso fue así de
verdad?
-¡Como
te lo cuento!, y a eso habría que añadir el miedo de mis padres, el patatús que de mi
hermana, que la pobre estuvo muchos meses malísima y la que se formó a la
puerta de casa con todo el pueblo llamándome de todo menos bonito
-Entonces,
en cuanto aparecieras, al camión, como un garrapo, ¿me
equivoco?
-Quiá,
no te equivocas, no, en cuanto me vieron aparecer en la bici de Tomás, mi
madre, que me había preparado un ato con algo de chicha, queso y pan, me lo
tendió, me dio dos besos a la carrera y tal como estaba, con abarcas y sin lavarme ni nada, me empujaron a la caja
del camión y arreando, que es gerundio, a Salamanca, a la Oficina de
Reclutamiento y de allí, custodiado, como un delincuente, vestido de militar, con petate y todo, entre dos soldados y un cabo, al tren para conducirme a
Madrid, y de allí a dónde estaba el
frente, en Brunete, que esa es otra, nadie me advirtió de nada y la 13ª División, que era la más dura, en la que estaban los
legionarios y los moros, nada menos que el Tabor de Regulares de
Melilla, que eran más peligrosos incluso que el enemigo… y con ellos pasé los dos años de guerra que quedaban
Se
quedó mirando al techo, pensativo.
-Pero,
papá, ¿sin ninguna formación militar? ¿Cómo
es posible que te mandasen al sitio más peligroso sin instrucción ni nada?
-Sí,
hijo, sí, me dejaron sin más defensa que mi instinto de conservación, verás,
cuando llegué al frente, dos o tres días después del que me habían “cazado” como decían los soldados que me condujeron hasta allí, era
noche cerrada, me entregaron al sargento
de guardia y éste, sin ningún miramiento, me condujo a un cuartucho hecho con
ramas y tablas y a bocajarro me espetó: “Y tú, gañan, ¿qué sabes hacer?” “No sé, mi
sargento, en mi pueblo, hacemos de todo un poco” “¿Sabes reptar?” “No
sé, mi sargento, ¿Qué es eso de reptar?”. “Arrastrarte, coño, arrastrarte” “Sí, claro, mi sargento, en el campo…” “Deja
el campo de una puta vez, que ya me tienes de campo hasta los cojones… Mañana, en cuanto amanezca, te quiero ver con un pico y una
pala listo para abrir trincheras, el “topo” te dirá dónde y cómo, ¿entendido?” “Sí, mi sargento, entendido…” “Sí
eres listo nos vemos mañana a estas horas… Lo demás es
cosa tuya.
Pasó
la enfermera a traerle el vaso de leche y la pastilla de Peritrate y durante un
buen rato no dijo nada, miraba fijamente la ventana y bebía a pequeños sorbos
el vaso de leche,
-Bueno,
Pepe, vamos a dormir, ¿te parece?
-Sí,
papá, que descanses…
Me incliné a darle un beso y se me quedó
mirando extrañado, no dijo nada. A los pocos minutos dormía pero como a eso de las
dos de la mañana empezó a agitarse y a hablar en sueños.
Como yo no había pegado ojo en toda la noche, pendiente de su agitación y las incoherentes palabras que balbucía en sueños, en cuanto le pasaron el desayuno, a eso de las 8,30, aproveché para bajar a cafetería.
Al
volver, ya lo habían aseado y tenía bastante buen aspecto, sonreía y sin esperar a
más me espetó.
-Bueno,
Pepe, ¿dónde lo dejamos anoche?
-“Papá, no deberías… traer a la
memoria esos recuerdos puede que…
-Tonterías,
eso pasó hace tanto tiempo que ya, ¿cómo te diría? Lo
veo como una película, algo que muchas veces dudo si realmente ocurrió
-Mencionaste
al “topo”, que el sargento te
dijo que en cuanto amaneciera…
-Exacto, así fue, en cuanto entró algo de luz entre las tablas y cartones que nos hacían de dormitorio un moro me zarandeó y dijo “arriba paisa, arriba”, me incorporé del suelo donde me habían dejado dormir vestido y vi que todos estaban ya en pie con picos y palas, un chaval que apenas tendría veinte años me tendió, en silencio, un pico, una pala y una marmita de metal, “buenos días” dije agradeciendo la marmita, nadie respondió. El chaval aquel, que solo llevaba un pico muy gastado dijo: “Vamos”, era medio agitanado y. por su forma de comportarse, deduje que sería el jefe del grupo, salimos fuera y pude apreciar que estábamos en una zona boscosa con pendientes muy pronunciadas, frente a nosotros se extendía un terreno más liso aunque con algunos altibajos, a mi lado se colocaron dos moros con turbante y una cinta negra y roja en el hombro de la chaquetilla, un cabo muy mal encarado y barbudo nos fue dando un líquido caliente que no pasaba de ser achicoria y un chusco de pan que todos se apresuraron a meter en el bolso de la chaquetilla, tomamos el líquido aquel rápidamente y dejamos la marmita junto al fuego.
Inmediatamente comenzaron a aparecer, como por arte de magia, más de cien hombres que llevaban una manta cruzada al hombro y sobre ella el fusil, en las manos un pico y una pala, el chavalillo nos condujo, en silencio, hasta el último puesto y entonces habló: “Ahora, me seguís arrastrándoos a como dé lugar, la artillería puede comenzar a regalarnos pastillitas en cualquier momento, no confiarse, dónde me meta yo, vosotros detrás… ¿entendido?” No hubo más explicaciones, nos tiramos al suelo y fuimos avanzando, muy despacio, detrás de aquel mocoso hasta que de algún sitio empezaron a disparar ametralladoras y los disparos nos pasaban a centímetros de la cabeza, al rato, no sé, quizá una hora o así, en ese ambiente y zurrados de miedo, no se tiene sentido del tiempo, el “topo” se tiró en una charca y giró la cabeza. Un moro se había quedado atrás, tenía un disparo en la frente. “Coño, ya me quitaron a Mohamé”, no dijo más, empezó a cavar en el agua y nosotros hicimos lo propio durante al menos dos o tres horas, hicimos una fosa de unos cien metros de larga y en la que cabíamos, sin problema, de cuerpo entero, fue entonces cuando empezaron a pasar, de mano en mano, botellas de coñac de la que bebíamos un largo trago, sin miramientos y sin decir palabra. El moro que estaba a mi lado me instó a que bebiese “bebe paisa, bebe, bebe mucho” así lo hice, era malísimo, muy fuerte, pero producía un extraño sopor que relajaba de aquel extraño cansancio, como si se amortiguase el ruido de las balas, fue entonces cuando me entregaron un fusil.
Otro grupo que había llegado en último lugar, coordinados por otro cabo de muy mal carácter iban llenando sacos de la tierra que habíamos dejado a los lados, y fueron haciendo parapetos con una gruesa pared de sacos terreros.
Poco a poco me fui haciendo cargo de la situación y, sin pensarlo mucho, miré a mis compañeros y comencé a disparar en la misma dirección que lo hacían los otros, las cartucheras de balas y las granadas de mano las iban dejando a nuestro lado unos soldados que corrían de un lado a otro de la trinchera. Cuando vieron que estábamos todos bien abastecidos, retiraron las botellas de coñac y al rato vinieron con bocadillos de sardinas en aceite hechas con chuscos y sacos de fruta, uvas, peras, manzanas, cosas así, y de vez en cuando, nos sentábamos en el suelo a comer algo mientras las balas silbaban a nuestro alrededor, tuve la sensación de que el coñac me había quitado aquella mezcla de miedo y estupor y que veía todo aquello en medio de una espesa neblina. Ese fue mi bautizo de fuego.
-¿Así fue tu primer día en la guerra?
-Sí, bueno, todavía falta algo, lo mejor de todo fue ver la sonrisa del sargento cuando me presenté ante él, alas once o así, cubierto de barro hasta los ojos, con la boca con sabor a azufre y pensando en el moro que había muerto a primera hora de la mañana en una guerra de la que no sabía absolutamente nada, por no saber, no sabía ni dónde estaba.
Tardé tres días en saber que estábamos intentando arrebatar Brunete al general
Enrique Lister, cosa que no logramos hasta unas dos semanas más tarde, sí,
Pepe, sí, derrotamos nada menos que a
Enrique Lister, un mito viviente, mandaba nada menos que la 11ª División republicana.
-Y tú, ¿te fuiste haciendo a aquel ambiente?
-Claro,
¡a la fuerza!, o te matan o sobrevives, aquella noche,
cuando me vio el sargento de aquella guisa, que no se me reconocía de la
cantidad de barro que llevaba en las botas y en la ropa, me cuadré ante él y, con una amplia sonrisa, mandó a un soldado que fuese en busca de
ropa y calzado para que pudiese cambiarme, cosa que agradecí porque no podía con aquellas botas que me habían dado en Salamanca y que me hacían daño, eran por lo menos dos números más pequeñas que mis pies, pasé a un recoveco que se había habilitado
para los mandos y que estaba oscuro como boca de lobo y allí mismo, a tientas,
me puse aquellas ropas, en ese uniforme ya aparecía el pañito negro y rojo
distintivo de la 13ª División, yo no lo sabía pero
había superado con nota mi bautismo de fuego, ahora, en el grupo del “topo” quedábamos un escuadrón de
legionarios y un grupo de moros bastante grande pero había uno en concreto que
no me dejaba ni a sol ni a sombra y que me iba diciendo lo que tenía que hacer,
pero a mí me agobiaba mucho, a los tres o cuatro días ya tuve la confianza
suficiente con el “topo” y una
noche, después de cenar algo, le pregunté: ”Oye, “topo”, ¿y
ese moro, por qué no me deja ni a sol ni a sombra? “¿Me
tiene ojeriza o qué?” “Mira Ramos, Hamim está
convencido de que tú tienes baraka, que estás bendecido por tu dios y por eso
está a tu lado” “Joder, pero él a mí me da mal fario”. “Sí, pero él, a su manera, también
te ayuda, te protege de los otros moros, ánimo, tienes suerte aunque no lo veas
así, hay que entender que ellos piensan de otra manera, ¡qué
se yo!, son sus cosas, no intentes entenderlo” Pasados
unos días, cuando ya no quedaba ninguna huella del moro que se quedó en el
avance, observé que los otros moros me
miraban con otros ojos, no sé, comenzaban a verme como uno de los suyos.
-Y
cuánto tiempo te tuvieron con pico y pala haciendo trincheras?
-No sé
exactamente, en la primera que ayudé a hacer estuvimos tres o cuatro días y
después, nuevo avance, algunas perdidas y Hamim a mi lado como una sombra, y
así hasta que tomamos Brunete, Hamim cargaba con mi manta, el mosquetón, las
cartucheras, y al terminar cada trinchera me entregaba todo, lo
que te digo, como si fuese mi asistente, a los otros compañeros que hacían
trincheras se lo entregaban los veteranos, eso siempre me sorprendió. No es que
no se fiaran de mí, es que era “novato” ¿comprendes?
-Sí,
claro, supongo que serian las normas.
-Eso
debía ser - dijo mi padre suspirando-.
En ese momento entró el doctor Izaguirre y me mandó salir, iba a reconocerlo. Estuve paseando un buen rato por el pasillo, necesitaba ducharme, estaba agotado pero quería saber como estaba mi padre, al rato salieron en mi busca el doctor y la enfermera y me dijeron lo que menos deseaba escuchar.
-“Mire José Luis, su padre padece, desde hace muchos años una cardiopatía isquémica que no ha sido debidamente tratada, con esta última crisis ha empeorado, hay que hacerle un cateterismo, no me gusta nada la insuficiencia respiratoria y no hay mucho tiempo que esperar ¿usted que opina?”
“Lo que sea necesario”,
“Bien, a lo
largo de la mañana se lo haremos, es mejor que se vaya usted unas horas, que descanse, si
hay alguna complicación le avisamos, pero, en principio, con que esté localizable…
Pasé a
la habitación a dar un beso a mi padre y sin comentarle nada de lo que le iban
a hacer salí en dirección al ascensor. Regresé a la hora de la
comida, mi padre dormía. Pregunté a la
enfermera y se limitó a decirme que todo había ido bien, algo laborioso, pero
bien, que el doctor Izaguirre quería hablar conmigo cuando terminase la
consulta alrededor de las tres de la tarde,
que mi padre dormiría unas horas, le habían administrado un sedante y
solo cabía esperar. Esperé sentado en la tumbona de la habitación pensando en los sueños, agitados, que había tenido mi padre la noche anterior, ¿debía comentárselo al doctor? ¿que querría
decirme el doctor? ¿Por qué le habían hecho el
cateterismo si ya está diagnosticado? ¿Habrían
encontrado algo nuevo en el cateterismo? Todo eran preguntas sin respuesta, por
fín, alrededor de las tres lo vi pasar a través de la puerta abierta de la
habitación y salí a su encuentro.
-Doctor,
me han dicho que quería usted comentarme…
-Venga
conmigo al despacho, por favor, aquí no es el lugar apropiado…
Le seguí un poco violento por sus palabras,
esa impaciencia mía ¿le habría molestado?”
Ya en
el despacho, se quitó la bata y se sentó frente a mí tras su mesa, hizo una
pequeña pausa antes de comenzar a hablar y después, en tono bajo pregunto:
-¿Su padre ha sufrido mucho en su juventud?
-Sí, claro, estuvo en la guerra en primera línea de fuego durante dos años y aunque es de pocas palabras, cuando relata esos años… parece recordarlo todo con un aparente distanciamiento pero yo creo que... esta noche ha dormido con muchos sobresaltos...
-¿Es rígido en su forma de ver la vida?
-Oh,
sí, tiene un concepto de la responsabilidad propia y ajena muy arraigado, pero
respeta mucho la opinión de los que opinan distinto… Es,
en ese aspecto, contradictorio
-Sí,
efectivamente, lo ha descrito usted muy bien, su padre sufre una afección
cardiaca producida en esa época, el miedo, la ansiedad repetida en el tiempo
produce lesiones cardiacas pero hay algo que no me cuadra, me ha dicho en
varias ocasiones que nunca ha fumado y, sin embargo, se percibe claramente que
sufre un enfisema pulmonar que no sé si lo han visto antes pero, desde luego,
no ha sido tratado, esos dos aspectos, la cardiopatía y el enfisema son... Una bomba de relojería. El cateterismo que
le hemos practicado demuestra que su estado es complejo, por un lado el aspecto
respiratorio, por otro la cardiopatía, no sé, ¿está
jubilado?
-Sí
doctor, hace unos años que se jubiló por los reiterados ingresos hospitalarios…
-Ya,
lamentablemente, debo reconocer que no ha sido bien diagnosticado ni
debidamente tratado, en su historial no figura más que la cardiopatía isquémica
diagnosticada hace pocos años pero el enfisema lo complica todo, y es extraño
porque ¿si no ha fumado?... –El doctor Izaguirre se
acarició la barbilla y por fin me preguntó:
- ¿En qué ha trabajado su padre?
-Verá
usted, La mayor parte de su vida cuidando vacas en una finca…
-Claro,
ahí está el factor que no veíamos… el vaho de las vacas… el ambiente enrarecido de los establos…
- Y
dígame doctor, ahora ¿Podemos tomar alguna medida que ayude... y sobre
todo, ¿Qué podemos decirle a él para que se cuide?
-Vivir en el campo… tal vez podría ayudarle para el
pulmón pero, para el corazón… No sé qué decirle, en
fin, no creo que le quede mucho tiempo aunque, gracias a Dios, nos equivocamos
bastante…
-Oiga
doctor, ¿y esa manía que le ha dado por contarme las
vicisitudes de la guerra civil le perjudican? ¿Qué le parece que puedo hacer al
respecto?
-
Nada, déjelo, está en una fase de memoria cristalizada y le ayuda a sentirse importante
ante usted, el recuerdo del pasado… Puede hasta venirle
bien, tenga usted en cuenta que el no haber podido contar su historia para
descargar los recuerdos, es parte del problema.
-Gracias,
doctor, agradezco su
sinceridad
-No
hay por qué darlas, es mi obligación, los familiares deben saber lo que pasa y
el paciente también, lo que es importante es que se le vaya diciendo con
cuidado para que se adapte y viva lo más tranquilo posible.
-Entonces,
doctor, ¿Es perjudicial para él recordar… los años de guerra?
-No. El no haberse podido desahogar es lo que le ha producido la lesión cardiaca, no poder sacar a flote los miedos y las calamidades es parte del problema, el que ahora los saque le ayuda, no se preocupe, necesita reconciliarse con él mismo, con su pasado... Es útil para él recordar...
-Si le
he entendido bien, doctor, ¿le beneficia ahora hablar
de ello?
-Sí, claro, eso le sirve de catarsis, si le hubiese tratado entonces un psicólogo… es posible que este problema se hubiese minimizado... ya es tarde para curarlo pero ...¿Tiene las arritmias con mucha frecuencia?”
“Sí doctor, sí, cuando se
siente mal, él solo se va al consultorio y eso ocurre cada diez o quince días… Le atienden y solo en casos graves como el actual solicita
ingreso hospitalario
-Correcto,
pues, poco más puedo decirle José Luis, esta situación no va a mejorar mucho,
mañana o pasado, cuando esté repuesto de las pruebas, le daremos el alta y a
ver como evoluciona pero…
-Muchas gracias doctor, no le robo más tiempo…
--Sí,
ya me voy yo también, me esperan en casa.
Salimos
juntos, nos dimos la mano y volví a la habitación de mi padre que seguía
dormido. Llegó la comida, la dejaron en la mesilla y esperé un rato, después,
en vista de que no hacía falta me fui a comer a la cafetería.
Eran
casi las siete de la tarde cuando volvió en sí, con la boca pastosa y extrañado
de verme.
-Hola
Pepe, ¿qué me han hecho? Me duele la ingle izquierda,
dame un poco de agua, ¿quieres?
-Sí,
papá, ahora mismo.
Mientras le llenaba el vaso de la botella que
tenía sobre la mesilla de noche recordé las palabras del doctor y creí oportuno
no ocultarle nada pero tampoco darle muchos detalles.
-Toma,
pero está caliente, ¿quieres que vaya a la máquina a
buscar una botella fría? Te han hecho un cateterismo, pero todo va bien, en un
par de días nos vamos para casa.
Bebió con ansia el vaso de un solo trago y
después de pasarse la manga del brazo izquierdo por los labios comentó:
-Caliente,
caliente, ¡qué escogidos os hemos hecho a todos!, sed
de tres días os daba yo y veríais como no hacíais ascos ni al agua de una
charca, en el frente de Zaragoza y en Belchite, el agua la tenían “los otros” y no había otra que hacer
todo con vino, afeitarse, lavarse la cara, beber, todo con un vino estupendo, ¡que desperdicio!, esos eran malos tiempos, no estos, que no
os falta de nada, Era a finales de agosto y la cosa duró casi tres meses,
teníamos enfrente las divisiones de los
generales Modesto, Rojo y Lister, que después de haber perdido en Brunete nos
tenía unas ganas… no puedes hacerte idea de lo que fue soportar aquello, una
tarde que habían cesado los tiroteos el capitán nos permitió salir hasta
Zaragoza porque había corrida de toros, pues eso, todos a los toros, ¿te puedes creer que estábamos con la plaza llena hasta la
bandera de soldados y en el tercer toro aparece un avión volando raso y
disparando con dos ametralladoras, aquella tarde, además de los tres toros,
murieron cientos de soldados, caían como un castillo de naipes, entre los que
corrían y los que iban cayendo aquello parecía el fin del mundo, fue allí donde
perdimos al “topo” junto a un
centenar de legionarios y moros que habían combatido sin miedo a nada durante los dos años que llevabamos de guerra… Fue una ratonera.
Sacó
un pañuelo y se limpió estrepitosamente, le brillaban los ojos.
-Bueno, ya pasó, y al día siguiente actuaba Ramper, un payaso que triunfaba entonces parodiando lo que iba ocurriendo en la guerra. Aquella tarde fuimos a verlo, necesitábamos olvidar, los miedos de la plaza y los obuses que nos llevaban machacando semanas… Pues eso, fuimos al teatro y en cuanto se abre el telón aparece en escena una panadería, un panadero, que era él, colocando barras de pan en una estantería, entra en escena una gitana, pero que parecía tal cual, ¿eh? con moño, bata de lunares rojos y mandil, tal cual, mira al panadero, pone los brazos en jarras y grita como si estuviese en una corrala mirando al panadero que le ofrece una barra de pan de centeno: “Aju mi mare, vaya pan, tan largo, tan prieto, tan negrín… y tan solamente unas miajas”. Y el panadero, Ramper, ya sabes, le contesta como muy enfadado:
“Oiga señora, ¿a qué ha venido usté? ¿A comprar pan o a formar gobierno?
Se
caía el teatro de las carcajadas.
-Pues,
menos mal que teníais momentos divertidos porque el día a día tenía que ser muy
duro.
-Sí, hijo, sí, durísimo, estábamos como acorchados, sin sentimientos por nada ni por nadie, era sota, caballo y rey. Cuando estábamos en las trincheras, disparar, ocultarse y correr cuando había que hacer un avance, muchas veces cuerpo a cuerpo a balloneta calada, aquello sí que era una salvajada, lo mismo podías caer tú que veías caer al otro de la cuchillada que tú mismo le habías asestado en las tripas, siempre a la tripa que era más efectivo, ahí era donde atacaban más los legionarios y los moros, aquello era horrible, horrible…-
Se quedó callado unos minutos, respiró hondo y después siguió
- y todo por el dichoso matarratas que nos hacían tomar antes de entrar en combate, pero bueno, ya pasó
-Sí papá, no pienses en ello, te
puede hacer daño.
-Daño,
daño, ¿a mi edad y estando como estoy? hay pocas cosas
hijo, pocas, que me puedan hacer daño ya, incluso este dolor de la ingle, en un
par de horas habrá pasado.
-Pues
eso, a vivir tranquilo y cuidarse… y no pienses en eso,
que te perjudica.
-Pero
hijo, ¿qué daño puede hacerme recordar, si no está tu
madre para reñirnos… ¿Sabes que te digo?, me encanta que
estés aquí y poder contarte como fue aquello, antes, nunca he podido… y tú, hijo, sabes
escuchar…
-Vale,
pero, tampoco es cosa de querer contar dos años de guerra en un par de ratos, ¿fueron dos?
-Sí,
para mí sí, desde Brunete hasta la conquista de Barcelona el 26 de enero del 39
aunque no me dieron la blanca, la carta de libertad, hasta marzo del 40 porque
tras el fin de la guerra hubo tal desbarajuste que nadie sabía nada de nada y
las ordenes de entrega de las cartillas iban llegando como un regalo, mientras
tanto, nos utilizaban como trabajadores sin sueldo, por decirlo a lo finolis… teníamos que permanecer acuartelados a la espera de lo que
dispusiesen los mandos, por lo general, nos tenían ocupados en el desescombro
de solares y limpieza de campos, cada uno según el sargento que le cayese en
suerte porque en Barcelona había más de la mitad de las casas en el suelo,
sobre todo en las afueras, dónde habían sido más duros los combates
-Y,
una cosa papá, ¿tenías noticias de casa? ¿Sabían ellos dónde y cómo estabas?
-Verás,
ese era uno de los problemas que más me agobiaban, yo les escribía, no mucho,
porque tampoco he sido nunca de mucha carta ni mucho contar las cosas, no sé
por qué estoy ahora tan charlatán y creo que les llegaban, otra cosa es la
respuesta, creo que me llegó solamente una y ojalá no hubiese llegado nunca, me
contaba Manuela, mi cuñada, que había muerto mi madre a raíz de una tormenta
que la cogió en Salvatierra y cuando llegó a casa ya poco se pudo hacer,
cataplasmas, calor, caldos… el caso es que, a los diez
días murió. Esa fue la única carta que recibí en dos años, como comprenderás, las cartas las leían antes de enviarlas por si
dábamos datos y eso, en fin, todas esas cosas que no tienes otra que aceptar
estando en guerra, vaya, pues no me estoy emocionando ahora…
Se sonó en el pañuelo y estuvo un ratito
callado, como rememorando algo.
-Perdona
papá, me parece que no he estado muy fino preguntando eso, podía haberme
callado ¿no?
-No
pasa nada, como ibas tú a saber… A lo que iba, cuando
me dieron la blanca, estaba en Barcelona como te contaba antes, total, la
cartilla, un salvoconducto para viajar gratis en tren hasta llegar a casa y
algunas pesetas para gastos, poca cosa, pero yo lo utilicé bien y en tres días
me presenté en Montejo… No veas el cuadro, por lo
visto, Manuela y Pedrito, que ya era todo un hombre, habían atendido, de
aquella manera, las vacas, los cerdos y algo la labor porque mi padre no estaba
para nada y no sé cómo ni por qué le dieron la blanca a Pedro en cuanto acabó
la guerra… por eso, cuando llegué, todo estaba más o
menos atendido y… bueno, no me esperaban, hacía demasiado tiempo que no sabían nada de mí, me habían dado por muerto, cuando aparecí en la purta, con barba de no sé cuantos días, lleno de polvo y cansancio, pues eso, un abrazo y sentarse a la mesa a cenar, un brindis con vino
peleón y al amanecer al campo. Y aquí acaba la historia que estoy un poco… Hay que fastidiarse, y yo que creía que todo eso lo tenía
más que superado.
Después
de aquellas palabras, no volvimos a
hablar más del tema, y dos años después, la víspera de las elecciones generales
de octubre del 89 me comentó la ilusión que le hacía votar en la elecciones, le
gustaba Adolfo Suarez y se mostraba entusiasmado con la idea de votarle, pero
el corazón decidió otra cosa y el día de las elecciones en vez de votaciones
tuvimos velatorio.
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