GONZALO Y SUS COSAS

 

Gonzalo y sus cosas

PEPE RAMOS

 

-Pero ¿a santo de qué ese interés de Paloma por cómo me encuentro? ¿Qué se ha ido Rosa y cree que yo…? Anda y que la zurzan.

Paloma y yo lo dejamos hace veinte años, ¿lo dejamos? No, ella se sintió despechada porque me quedé en el cine en vez de acompañarla a casa. ¿Éramos novios? Ella creía que sí, de hecho, me enteré de que lo habíamos dejado cuando la encontré en la Plaza Mayor del brazo de Pepe, que en paz descanse y después del desplante del cine no volvió a dirigirme la palabra hasta hoy. ¿Será posible?

¿Qué estuvo mal que yo prefiriese seguir viendo Rebelión a Bordo a acompañarla a casa? Naturalmente, es que, a veces, uno no está a la altura y, en aquella ocasión, preferí no perderme una de Marlon Brando y no pensé que Paloma fuese a tomárselo tan mal.

Y ahora, como si aquello fuese cosa de anteayer, me llama y dice  que ahí está por si necesito algo. Que sin ningún

 

 

 

compromiso, desde luego, que podemos vernos, caso de que yo necesite desahogarme, que si ya sé que puedo contar con ella, que si dónde hubo fuego…¡Que coño de fuego! Y luego, que si fíjate... ¿Quién iba a decirlo? Y yo que te pensé…? Comprenderás mi interés, aunque lo nuestro... no pudo ser... Si lo estás pasando mal... si quieres, si necesitas...”

¡Pobre Paloma! Ella que era... “De las de casarse, Gonzalo, yo soy de las de casarse... Ya sabes como pienso”

¿De verdad recuerda Paloma con tanta emoción lo nuestros? A mi me parece que fuego, lo que se dice fuego, hubo poco.

Y si vas a ver, ella tuvo dos hijas con Pepe en el poco tiempo que duró su matrimonio antes del infarto… Y yo, terminé casándome con  Rosa a base de frecuentar el bar de su padre.

 

Seguro que han sido las malas lenguas, en las ciudades pequeñas, ya se sabe…

-Oye, Gaseosa… Una ración de oreja ¿vale?

-Oye, Gaseosa. Que dice este que como no traigas pronto de vuelta a tu mujer… No sé si volveremos por aquí.

Y esos imbéciles ¿De qué coños se ríen? ¡Que se ha largado! ¡Bendita de Dios vaya! La muy... Me libro de sus ironías, sus bostezos, su sonsonete de que si soy un inútil, que  me casé con ella por el bar... Pero… vamos a ver ¿por qué tiene que ofender tanto la verdad?  ¡Para lo que va a tardar en volver!... Anda que no hace falta aguante para lidiar con Rosa...  Verás tú, en cuando se le pase el deslumbramiento al tontainas ese y empiece a verla  sin las cremas, despeinada, en ropa interior... ¡Pobre Jacinto!, por mucho que le guste, en cuanto lo machaque con que si ronca, con que si deja la tapa del water subida, en cuatro días salen tarifando. ¡Si lo sabré yo!

Y si en el bar encizañan, ¡Que encizañen! Mientras paguen... Cualquier noche me la encuentro en la cama, haciéndome arrumacos y entonces será cuando yo sabré hacer valer mis derechos de hombre ofendido, entonces... Más que nada,  porque  no se acostumbre.

De todos modos es que lo de Rosa estaba cantado, no sé por qué me extraño, si estaba todo el santo día de Dios  echándome en cara que si la tenía desatendida, que lo que yo quería era estar en el bar, con la partida, que estaba hasta el moño y que su paciencia tenía un límite, que no se puede tirar tanto de la cuerda y extrañarse de los callos.

Ahora comprendo a qué callos se refería, a los clientes y sus cuchicheos, medias palabras y ese tonillo al pedir un vaso de gaseosa... Me lo merezco por payaso, hay que ser idiota para no darse cuenta de que si te pregonan terminas casándote.

Y ahora ¿qué? Se ha largado con el gordo del café solo y la copita de Torres 10. Debí entender los mensajes, pero, claro, es muy elástico, hay que pasar todo el día tras la barra para darse cuenta de que un hombre, cuando echa el cierre, lo que quiere es que le dejen en paz.

“Rosa, ¡que estoy baldao!, que esto es como la cárcel...”

“¿Y servidora no? Asada entre las ollas... Más aburrida que don Tancredo, Gonzalo, te lo advierto, yo necesito algo más que ver a un hombre roncando delante de la tele”

“Sí, mujer, si, pero es que… estoy hecho polvo”

“¡Tanta tele, tanta tele! Se diría que para ti no hay más vida que la tele. Cualquier día sale la tele por la ventana, y tú con ella, a ver si descalabrao te das cuenta de  que existo...”

Casi desde recién casados le dio por llamarme Gaseosa. Gaseosa trae esto, Gaseosa ven aquí, total, que  quedé como Gaseosa para los restos.

 “Tienes la sangre de gaseosa... todo se te va en salvas... Así, claro, ¿Qué puede esperar una?”.

* * * * * *

 

Fue subir a casa y a escape me olí la tostada, tanto silencio no era normal. Corrí al dormitorio y ¡date!, Los armarios vacíos, las joyas habían volado.

Aquella era la respuesta a tanto  cuchicheo, tanta risita, tanto piropo, tanta mirada... Tanto arreglarse para bajar al bar por las tardes. Alegre, dispuestota... Lo malo es que el marido es siempre el último en enterarse. Era evidente que Jacinto, luciendo el solitario, derramando los catálogos de lencería fina, levantando el meñique para beber a sorbos su Torres 10 me la había camelado con esos piropos de pícaro errante.

Y ahora, a toro pasado, lo que más me sorprende es la sangre fría que me entró. Puse un video y me tumbé en el sofá. Y el caso es que, si no fuera por las chuflas, tampoco estoy tan mal así.

“¿Habré estado seco con Paloma? Quizá  debería llamarla, invitarla a tomar algo, a dar una vuelta... Traerla aquí no, aunque, ¡Quien sabe!, quizá con el tiempo...”

* * * * * *

 

Un golpe brusco abre la puerta y aparece Rosa, tapando la entrada con una maleta de cuero sujeta con ambas manos. En el bar se hace un silencio tan espeso que podría cortarse con un cuchillo y Rosa  grita destemplada.

- ¿Es que no piensas echarme una mano?

Una carcajada general hace que Gonzalo salga del mostrador corriendo  azorado, hasta la puerta quitándose el mandil

- Ya voy, mujer, ya voy. ¡Qué carácter!

Rosa suelta la maleta en el suelo y, con los brazos en jarras, se encara con los clientes.

- No sé que os habrá contado este cantamañanas, porque Gonzalo es muy capaz de tirar piedras a su propio tejado, pero, ya le advertí que iba unos días a cuidar a su madre... ¿No me digas que les has dicho alguna bravuconada de las tuyas?

            - Claro, mujer, ¿cómo iba a olvidarme? ¿Qué tal quedó la pobre?

            En cuanto Gonzalo se vuelve de espaldas arrastrando la maleta bajo el mostrador Rosa le hace un corte de manga que ríen estrepitosamente los parroquianos, luego, secándose el sudor con displicencia responde a voz en grito.

            - ¿Tu madre?… Como un roble, para seguir dando guerra veinte años más, ¡ya te parecieras algo a ella!

 

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