De pronto, una mañana...
De pronto, una mañana
Pepe Ramos
De pronto, una mañana, mi mente, se llena de recuerdos alegres,
sorprendentes, me veo a mi mismo, pequeño, con seis o siete años, y con ese
entusiasmo recién descubierto, me dejo conducir, como en el cine, a través de
unas imágenes que me son muy gratas, y mi cuerpo recibe un aire que no sé muy
bien si alguna vez llegué a respirar, contemplo con sorpresa, la calle polvorienta,
la cuesta, la escuela con su patio, la tienda, el taller de bicicletas, el
puesto de caramelos… mi casa de la
infancia…
El patio, la pila de lavar, con
agua en la pileta, la escalera que lleva al balconcillo desde el que veo de
nuevo, a hurtadillas, con ese temor de lo prohibido, a los mismos muchachos de
entonces, que estaban frente a mí, pero, en el Hospicio…
Y siento de nuevo resbalar, desde la comisura de mis labios, manchando la
camisa, el amargor acuoso del membrillo que compré en la tienda de la señora
Esmeralda con la perra gorda que me diera de propina Margarita por irle a comprar
cisco para el brasero.
Al igual que están vivos, los pescozones en el cogote que me atizó mi
madre por llevar, un día más, los pantalones sucios.
Me he quedado transpuesto sin saber por qué, quizá por la asombrosa
nitidez de las imágenes, muevo la cabeza, vuelvo a la pantalla del ordenador, y
parece que se reanudase una película, y aparecen de nuevo, la calle, el bar,
los viejos sentados en sillas de tijera jugando a las cartas frente a una
frasca de vino, escucho sus golpes sobre el mármol blanco de la mesa y las
voces, sosegadas, con las que comentan cada jugada mientras toman, a pequeños
sorbos, un vasito de vino, los oigo protestar, reír, burlarse unos de otros con
sorna, presumiendo, los que han ganado, de los lances del juego.
¿Me he vuelto a distraer? Quizá, ahora, aparece Almansa abajo, la
señora Esperanza, la mujer del pescador,
con su carretillo de madera, sus cestas de mimbre cubriendo, con paños a
cuadros oscuros, las tencas, los peces y las carpas, que el señor Agustín acaba
de traer después de pasar media noche en el río…Y escucho una vez más ese pregón,
que, como una salmodia, intenta competir con las voces de los aparatos de radio
que salen a través de las ventanas abiertas de las casas.
“Vecinas, vecinas… que les traigo la gloria
del mundo, las mejores carpas, las tencas mas tiernas, los berros más frescos… ¡Se
escapan del cesto!… Están más que vivas…Vecinas, vecinas… vengan, ¡que se
acaban!, que casi no tengo, dense prisa, vengan, que se me acaba el cesto…!”
Estoy ahora con la panda, lanzando a bailar la peonza, y un poco más
lejos, las niñas, saltando a la comba mientras cantan.
“El cocherito leré, me dijo anoche leré, que si quería leré, montar en
coche, leré…”
La última imagen que percibo es la de mi madre, asomada a la ventana,
llamándome a gritos para que suba a comer.
Comentarios
Publicar un comentario