¿FALLÉ EN MI INTENTO?

 


Fallé en mi intento

 

PEPE RAMOS

 

 

 

Grises nubarrones anunciaban  tormenta cuando los tres  coches, en los que escapaban mis hijos, enfilaban la carretera general.

Candelas se volvió hacía mí para despedirse lanzándome un beso con la mano abierta mientras Lola, mi nieta, se entretenía con la  NINTENDO sin mirar a nadie.

Dentro de la casa, tras los cristales del ventanal, Rocío, con su eterna sonrisa, parecía contemplarlo todo mientras frotaba entre sus dedos, largos y huesudos,  un pañuelo  deshilachado.

-Adios,  papá. Cuídate mucho, ya nos llamamos ¿vale?

-Sí. hija, sí, estaremos en contacto.

 

* * * * * *

 

 

 

“¡Con la ilusión que me hizo verlos aparecer por casa!.

Hacía varios meses que el doctor Malmierca me había puesto al corriente de lo del Alzheimer de Rocío pero, unas veces por un motivo, otras por otro, lo había ido dejando, nunca encontraba momento para llamarlos, unas veces porque me recriminaba yo solo diciéndome que si es que quería abandonar el problema sobre sus hombros y, la verdad sea dicha, bastante tenían ellos con sus propios asuntos para inquietarlos con mis cosas... bueno, con las cosas de su madre, porque, si hemos de ser sinceros, el primero que habló de informar a los hijos fue el doctor.

 “No es conveniente esconder la cabeza debajo del ala Juan, sus hijos tienen derecho a saber  lo que le ocurre a su madre.


“Sí doctor, sí, estoy en ello pero, ya sabe, viajan mucho... en fin, no es fácil localizarlos cuando uno quiere... pero sí, mañana mismo los llamo, se lo prometo...”

“No, no me prometa nada... Es un tema de familia, usted no puede llevar solo esa carga  sobre sus hombros y...”

Así quedó la cosa, volvimos a casa y mientras arrastraba la silla de ruedas iba pensando cómo... todas las fórmulas me parecían falsas... manipuladoras... una pura engañifa... aún así, me armé de valor y llamé a Candelas.

“Mira Candy,  cariño, mamá...”

“¿Qué ha pasado?... ¿Qué te ocurre a mamá?...

Arranqué a llorar como otras veces en que las situaciones me desbordaban y Candelas, al otro lado no hacía más que susurrar “Calma, papá, calma...” por fin pude balbucir sorbiéndome los mocos “Alzheimer, hija, Alzheimer”

“Tranquilo, papá, ahora mismo localizo a los  chicos y mañana mismo estamos ahí, no llores, por Dios...”

“Gracias, hija, muchas gracias... Os espero.

El sábado a las diez de la mañana estaban los tres coches frente a la casa, Raúl y Carmen en uno, Carlos, solo, sin Maruja, en su flamante BMW y Candelas con Lola, la nieta, en el viejo SEAT 1200 que le regalé hace casi 20 años.

 Nada más llegar, la casa volvió a llenarse de voces, risas, carreras, ruidos, cuchicheos, en fin, lo de siempre... o, al menos, eso pensé yo al  recibir sus abrazos, sus besos, sonoros, luminosos, llenos de contagiosa alegría.

En un santiamén quedó atrás todo,  las noches en vela, el tener a Rocío detrás de mí, como un alma en pena, todo el día de Dios...el no poder moverme de casa...

Ahora todo iba a cambiar, ahora... estaban allí mis hijos, y ellos encontrarían la formula... ellos... a fin de cuentas... era su madre y ellos... eran buenos hijos, los mejores del mundo, iban a  compartir la carga...¡Qué ilusión saber que podía contar con ellos!...

En cuanto dejaron las maletas arriba, en sus habitaciones de siempre volvieron a ser, o al menos eso creía yo, los mismos de siempre, los que  alborotaban por la casa rompiéndolo todo... No, Juan, no, ahora, son personas  responsables... o esa impresión dan al menos, tan peripuestos, tan modernos, embutidos en sus trajes de marca...

Desde el primer momento lo había dispuesto todo para que Candelas no se sintiese agobiada, iba a ser un fin de semana tranquilo, para dialogar...  había encargado comida al restaurante de la esquina,  mi único interés era que tomasen conciencia de la situación, que viesen el estado de su madre... y obrasen en consecuencia... Había pasado mucho tiempo desde que se fueron pero... la sangre tira y su madre... en fin, todo se solventará, todo, como siempre.

Cuando quise darme cuenta, Candelas, se había puesto a la faena y había dejado la casa como un jaspe en menos que se dice.

Sí, Juan, sí, los chicos han cambiando, parecen otros, más refinados, más en la onda de la modernidad, pero, con la vehemencia de siempre, con la misma personalidad que yo había intuido antaño...  y que tanto me hizo sufrir…

Carlos, aquel chaval nervioso del que todos los profesores tenían quejas y dudaban que se pudiese sacar adelante  es hoy un señor ejecutivo de traje y corbata, colgado del móvil todo el día... luchando por prosperar, ¡quien iba a decirlo antaño!... ahora, ya me lo dijo nada más llegar, está dispuesto a buscar una solución para que su madre esté... “en las mejores manos”, sí, eso dijo “en las mejores manos”.

“-Papá, ¡por el amor de Dios!, ¡Como no lo has dicho antes!. Esto... hay que solucionarlo... Yo me encargo de gestionar todo lo que haga falta, mamá debe ir al mejor  Centro de Alzheimer y tú, bueno, lo tuyo es más fácil, contratamos a alguien que venga a limpiar y hacerte la comida...en fin, eso..., como tú lo veas, por mi parte…”

“-Vale, luego lo hablamos, de momento, con veros aquí... –se me hizo un nudo en la garganta- pendientes de mamá…”

“-¿Pendientes?... A ver que dicen mis hermanos pero, si la mía vale…”

Rocío, frente a nosotros, sonreía, se diría que estaba conforme, pero ¡quía!,  seguía moviendo un peine entre su pelo blanco sin comprender nada…

Después de comer intenté dormir un rato pero como no era capaz de conciliar el sueño, decidí bajar al salón a ver la tele, con tan mala fortuna que, sin querer, oí las voces, Dios sabe que no tenía intención de cotillear nada, simplemente decidí ocultarme en el hueco de la escalera y escuchar. ¿Qué no debí hacerlo? Desde luego que no. Pero, a veces... las cosas surgen así.

 Carlos y Raúl se gritaban  frente a la televisión apagada, Carmen, la mujer de Raúl, permanecía en silencio observando con extrañeza como Rocío se frotaba las manos como si se las lavase en una imaginaria jofaina. 

Lola y Candelas habían salido a dar un paseo.

Aún no sé como pude contenerme y no bajar  a darles un par de bofetadas como cuando eran unos mocosos...

 

 

         “-Carlos, el hecho de que seas el mayor, no te da atribución alguna para decirnos lo que debemos o no debemos hacer con mamá, si te hubieses ocupado, como era tu obligación, de Maruja, en lugar de ... irte por ahí con ese amigote... tal vez ella  estaría aún contigo, porque, aunque tú parecías estar en la luna, todos sabemos que Maruja ha aguantado tus, digamos tendencias, durante muchos años... y, todavía hoy, no llego a comprender cómo pudo aguantar tanto tiempo a tu lado... otra, te hubiese tirado la maleta por la ventana el primer día que supo que se la pegabas… ¡con un compañero de trabajo!… si yo le hago algo así a Carmen…¡me afeita en seco!.. Pero... dejemos eso y vayamos a lo que importa, ni Carmen ni yo ganamos lo suficiente para aportar lo que nos pides, estamos dispuestos a hacer un sacrificio pero… ni soñando llegamos a los mil euros al mes,  ¡eso es un disparate!...

Carlos, herido en su amor propio, respondió airado.

“-Ya sé, ya sé, san Raúl,... Tú, y tu puritana visión de todas las cosas... tienes que recurrir a toda esa fanfarria... para atrincherarte en tu honesta humildad... -Los ojos de Carlos echaban chispas-... Pero..., mira por dónde, el desacreditarme no te exime de la responsabilidad..., lo que cuenta ahora es la enfermedad de mamá,  necesita unos cuidados muy caros pero... claro, san Raúl y su casta esposa doña Carmen, no pueden  renunciar a las vacaciones, a las cenas de trabajo… Querido hermano, todo tu florido alegato no es más que una excusa para seguir conservando tu adorado dinero…

Raúl,-con una sonrisa irónica respondió mirando de hito en hito a su hermano-         -Vamos a ver... esos... mil euros que piensas aportar ¿de donde van a salir? ¿de tu amante?

Carlos, rojo como la grana, tomó en su mano derecha la figura de piedra de la pareja de sevillanas bailando, que había sobre la televisión y la lanzó a Raúl que,  agachándose, evitó el golpe y la figura se hizo añicos contra la puerta de la calle, Lola, que entraba en ese momento, asustada, corrió escaleras arriba y al descubrirme en la oscuridad del hueco de escalera, me miró asustada, y casi a gatas llegó al  primer piso  mientras gritaba:

“-Yo me largo de aquí, en esta casa estáis todos  locos… ”.

 Raúl, suspirando profundamente, salió al jardín seguido de Carmen.

Carlos, temblando como una hoja, se cubrió la cara con ambas  manos y estalló en un largo sollozo.

 

* * * * * *

 

Comprendiendo que Carlos necesitaba tiempo para desahogarse, esperé unos minutos antes de abandonar mi escondite y aparecer en el salón fingiendo un bostezo como si viniese de una reparadora siesta, me senté a su lado y esperé, minutos después, ya repuesto, Carlos habló  como si no hubiese ocurrido  nada.

“No te preocupes, papá, solucionaremos la papeleta como sea, he intentado hablar con Raúl y... en fin, pero tú, tranquilo, del tema de mamá me encargo yo.

Sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón, se sonó estrepitosamente mientras escrutaba con la mirada a Carmen y Raúl que acababan de entrar y se disponián a encender la televisión.

Carlos, tras un breve carraspeo, dijo mirándome a los ojos.

“-Papá, no pensaba decírtelo, bastante tienes…-parecía dubitativo-, Maruja y yo… hemos roto… Ahora estoy…-se interrumpió mirando fijamente a Raúl y a Carmen con gesto provocativo-, solo, pero… podéis contar con mi ayuda, respecto a  Raúl y Carmen …- hizo una pausa-, en fin,  si quieren, que te lo cuenten ellos…

Vinieron a mi mente otras rupturas, la de Candelas con José Carlos hacía casi diez años, ahora eran Carlos y Maruja, menos mal que no había ningún crío por medio, recordé como, hace un par de años, se le hacía la boca agua hablándonos de su Maruja. Que si Maruja esto, que si Maruja lo otro… y ahora, ¿cómo había dicho Raúl?  “¡ah, sí “…nada menos que con un compañero de trabajo” ¡Dios de los cielos!... ¡Que vidas!…

Tras un supremo esfuerzo pude decirle.

“-Vaya, hijo, ¡Cuánto lo siento! Ya sabes el cariño que tenemos en esta casa  a Maruja”

Carlos, en uno de sus famosos arranques, me replicó,  mirando para otro lado:

“-Perdona que tenga que decirte esto papá, pero, si llega a mis oídos que Maruja pone los pies en esta casa…  ¡Podéis iros olvidando de mí!.

Se hizo un largo silencio que interrumpieron Candelas y Lola al bajar al salón con las maletas de la mano.

“-Bueno, nosotras nos vamos, mañana hay que trabajar ¿no?

De pronto, como si todo estuviese previsto de antemano, cada uno subió a su habitación y  media hora más tarde arrancaban los coches.

 

 

Y yo, en la inopia,  como   me decía mi pobre Rocío hace algunos años, haciendo mis cábalas... Candelas y Lola podían quedarse con nosotros, Candy  en  su antigua habitación de soltera, Lola, en la de Carlos, que es la que reúne las mejores condiciones para que estudie… Pero no, escapaban corriendo como alimañas,   después de otear la carroña…

¡Que hagan lo que quieran!, estarían mejor aquí que en Guijuelo y, total, con el coche, podrían ir y venir todos los días al trabajo, otros lo hacen ¿por qué no podían hacerlo ellas? Pero claro, era mejor escapar de la tormenta que quedarse y compartir conmigo la carga de atender a su madre.

Nada, que sigan con sus vidas, ya me apañaré  como Dios me dé a entender…  Menos mal que Rocío no se ha enterado de nada… ¿O quizá sí?

 


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