ATENCION PREFERENTE -Cuento premiado en la Pontificia en 2005
Atención preferente
Pseudónimo: Virgilio Justo
“¿De qué me vale esa gordita? De nada,
bastante tiene con pulirse las uñas y ver la televisión. Los otros, amodorrados
por las pastillas, ya se han ido a la cama, yo no, yo, tengo mucho que pensar,
hacer, lo que se dice hacer, no, los demás ya lo hicieron por mí.
¿Por
qué me mira con esa insistencia? ¿Se habrá dado cuenta de que escondí las
pastillas bajo la lengua? No, es viva, pero no
tanto, tal vez se extrañe de que no tenga sueño, debería fingir algún bostezo...
¿Qué les importará lo
que haga o deje de hacer un pobre viejo? Pues no, tienen que embarbascar las
aguas, ensuciarlo todo con sus malintencionados pensamientos... ¡Que era una
pelandusca!, ¡Que solo quería papeles y quedarse con la casa...! Y yo qué, ¿o
es que yo no cuento? Porque, si vas a ver, yo quería... compañía, ¿qué vas a
querer cuando estorbas a los tuyos?... ¿No es lógico que quieras acercarte a
otros?
Bueno…
en mi caso… fue ella la que se acercó, tan amable, tan dulce, con esa voz, con
esa sonrisa... tan acariciadora... Me contó que quería traer a su hijo, formar
una familia, que alguien diese la cara por ella... que se conformaba con un trabajo digno para
no vivir con la miseria que le daba la señora a la que cuidaba, ella quería...
dejar de estar sola… Y yo, ¿no quería yo dejar de estorbar a la mesa de Jaime?
Sí, estorbar a mi nuera los domingos por no usar bien el tenedor, porque me
atraganto, porque mojo pan en el caldo de los filetes...
A
Arieta, en cambio, eso le gusta, Arieta no es de las que desperdician
nada, aprovecha el pan duro para el
gazpacho, los tomates pasados para salsas, los limones picados para suavizar
las manos... Arieta… ¡Ah!... Arieta es más de los míos que mi hijo Jaime…
Me da vergüenza hasta pensarlo, pero es
así, por eso encajamos, por eso, y
porque con la soledad no puedes hablar, no abriga, no te manda ponerte
calcetines de lana con los fríos del invierno, no te sube el cuello del abrigo
cuando sales de casa... Arieta sí, Arieta es cálida, dicharachera, amable,
comprensiva, por eso no le gustó a Angustias y, a base de insistir, terminó por
comerle la cabeza a Jaime.
Una tarde, cuando ya me iba, les escuché discutir y Angustias le decía
“Jaime, hijo, no sé como no te das cuenta… tu padre está haciendo demasiadas
tonterías... y yo, te lo juro, ya no sé
que hacer con él” y a los pocos días espantaron a Arieta y cuando quise
darme cuenta, me habían encerrado aquí.
Lo hicieron muy bien, muy ortodoxo, guardando las
formas, pero, al fin y al cabo, lo hicieron, primero fue la visita a uno de
esos doctores sesudos que preguntan
sandeces, “Dígame, ¿sueña usted con gatos? ¿ha observado si mancha el suelo al orinar...?” Y, lo que yo
le dije, “oiga doctor, a mis años quiere usted que me siente a mear como una damisela”…
En el fondo me cayó bien aquel tipo, hacía su
trabajo procurando no molestar demasiado, de hecho, terminó riéndose conmigo, y
yo, como un toro noble, entregado, cuando me enfadé fue cuando mencionó a
Arieta, tengo que reconocer que me alteré, ¡A santo de qué toda esa pamplina de
que si me acostaba o dejaba de acostarme con ella!, cuando me vio cabizbajo
hizo una pausa, buscó en los cajones y sacó
las cartulinas y, no sé por qué, me dio por tomármelo a risa y le dije
que aquellas manchas me parecían sombras
de huesos, y él insistiendo en que si de hombre o de mujer, y yo, que de mujer
y vuelta a la carga, que si de qué parte del cuerpo y ahí fue cuando me eché a
reír y supe que me había columpiado y
sentí miedo y él, cargando más la suerte empezó con lo de las películas… ¿De
dónde se habría sacado Angustias lo de las películas?, que si solía ver
películas por la noche y cuales…
“Pues, mire usted, doctor,
algunos cachos, más que nada porque, cuando me levanto a orinar, sabe usted, me
cuesta volver a coger el sueño”...
Fue en ese
momento cuando empezó a anotar en su librito de pastas negras y, al terminar,
hizo pasar a mi hijo y la pécora de mi nuera y me lo dijeron a las claras.
“- Mire, padre,
tenemos que... –Jaime no pudo continuar, al pobre se le puso una tela en la
garganta, miró pidiendo auxilio a Angustias y fue ésta la que remató –... En
resumidas cuentas, y dejándonos de subterfugios,-¡Que mal me sentó eso de que
me llamase abuelo en aquellas circunstancias-, que necesita una cura de reposo,
cosa de poco, un par de meses... luego, ¡ya se verá!... y que nosotros… en fin,
que nos encargaremos de todo...”
Con las mismas, al día
siguiente me metieron aquí, ¡lo tenían muy mascado!, no tuve opción, firmé lo
que me dieron a firmar... y aquí llevo, no sé cuanto tiempo, no tengo ni reloj,
puede que sean ya… ¿dos semanas...? Según ella, mi aventura, así lo calificó un
día, de “aventura” había sido una tontería.
Tontería… ¡Qué sabrán
ellos! ¿Tenía que haber seguido otros diez años como hasta ahora? y luego ¿qué?
¿La parca? ¿Tantas preocupaciones les había dado? Está más que claro que, según
ellos, era un mal ejemplo para Borja, me lo habían dicho miles de veces...
¡Dios!, pero, si yo
sólo buscaba compañía… ¿Es eso una conducta desordenada?
Ese fue el dictamen de
aquel doctor… “Conducta desordenada, trastorno emocional grave...”
Cuando me trajeron, el
director no pudo estar más amable y
obsequioso, con ese tonillo
profesional, protector y falso con el que me enseñó las instalaciones
del “centro”, así lo llamó él, la sala de lectura, la de visitas, los patios,
los viejos, semidormidos, mi habitación en el cuarto piso, por los pasillos
vimos a otros internos que, al cruzarse con nosotros, bajaban la cabeza
mientras el director me comentaba.
“Aquí
estará atendido en todo lo que necesite por profesionales altamente
cualificados las veinticuatro horas del día”.
Altamente
cualificados, tienen que serlo para mantenernos amodorrados con los calditos,
las tortillas francesas, los yogures… ¡que vete a saber que brebajes meterán en
ellos para mantenernos así!, aletargados, semivivos, al cuidado de estas
enfermeras que, seguras de sí mismas, se permiten el lujo de pulirse las uñas
frente al televisor.
¿Qué pasará si aguanto
mucho tiempo? ¿Se cansarán de pagar y me enviarán de nuevo a casa? ¿La venderán para pagar esto? No. Seguro que
a su casa no vuelvo, no, Angustias no lo consentirá. Soy un mal ejemplo para Borja.
Un
mal ejemplo... un mal ejemplo, como si no supiese uno lo de sus salidas de los jueves por la tarde y la gente
que frecuenta. En fin, si a Jaime no le importa, no seré yo el que le abra los
ojos...
Y
la gordita ahí, embobada con ese dichoso cotilleo. ¡Ojo!, ahora me mira
insistentemente, se incorpora, ¿qué hago?, ¿bostezo?, sí, será mejor hacerle el
juego...
También hay que ser
lerdos para organizar esto así, se necesita poca cabeza para colocarnos a los
de “atención preferente” en el cuarto piso... y al cuidado de una bobalicona
como Rocío. Ahora viene hacía mí, ¿pretenderá
meterme en la cama por las buenas o por las malas?
“Tienes que hacer algo
Alfredo, si te agarra del brazo, estás perdido, venga, si total, es un segundo,
doblas la cintura sin mirar hacía abajo y con una leve inclinación... ¡Ya
está!”
* * * * * * * * * *
Son las tres de la mañana cuando suena el
teléfono. Angustias lo descuelga de un manotazo, escucha unos segundos mientras
Jaime se frota los ojos desorientados. Escucha en silencio unos segundos,
después dice, con cara de disgusto.
- Está bien. Ahora
mismo vamos para allá.
- ¿Qué ocurre?,
cariño.
- Tu padre, se ha
caído por el hueco de la escalera...
- ¿Está...?
- ¿Qué crees tú?
- ¿Habrá que hacer
algo?
- Sí, avisar a Marta
para que se quede con el niño... y salir pitando en cuanto llegue. ¡No te
amuela!
Jaime, aturdido, se deshace del
pijama y mientras se sube los pantalones, pregunta.
-
Angustias...
¿Lo viste raro ayer?
- No especialmente,
pero recuerda lo que dijo el psiquiatra.
Jaime cree oír de
nuevo las palabras del doctor cuando les acompañaba hasta la puerta de la calle.
“Señor Garrido, su padre padece una profunda depresión, no acepta sus
situación, es muy frecuente en los viudos… Todo lo que hace, lo que dice... su
forma de llamar la atención... Estos pacientes rompen con todo concepto de
responsabilidad... Cualquier emoción,
cualquier disgusto... le ha destruido su estructura mental, en casos así,
algunas personas se resignan... Su padre no, su padre... Se siente libre toda
responsabilidad... Capaz de empezar de cero, romper con su mundo anterior...”
Angustias ¿tú crees que mi padre ha hecho algo… para castigarnos?
- Claro que lo creo, ya te advertí que desde su
locura… era capaz de cualquier cosa… ¡Menudo era el muy...!
- Angustias... ¡Qué es
mi padre!
- Ya lo sé, ya...
anda, toma algo y aféitate, no vayas a ir así, yo voy llamando a Marta porque,
si te dejo que la llames tú... eres capaz de contarle todo y mañana...
Jaime
la mira de soslayo pero no responde, no es el mejor momento para decir todo lo que ronda por su cabeza, mientras baja las
escaleras camino del sótano para sacar el coche
murmura:
-Pobre
papá, ¡que mal lo hemos hecho entre todos!...
A
la puerta de la Residencia les aguarda
el director, el médico, y Rocío, la enfermera de servicio, parecen muy
afectados, el médico se coloca al lado de Angustias y le susurra unas palabras
de pésame mientras el director intenta arreglar el asunto con Jaime.
-
No se pudo hacer nada, don Jaime, nada. Rocío quiso hacerse con él y estuvo a
punto de irse tras la balaustrada, es de suponer que no tomase los ansiolíticos…
llevaba unos días taciturno, pero, ¡Dios mío!. ¿Quién iba a imaginarse algo
así? Don Daniel ya ha redactado la Partida de Defunción… hemos puesto como
causa de la defunción parada
cardiorrespiratoria, perdida del conocimiento... hágase usted cargo don Jaime
que, si llegara a saberse lo que ha ocurrido en realidad... las repercusiones,
la prensa, el desprestigio del centro... por los pagos, no debe preocuparse,
nosotros tendremos una atención con ustedes, hemos pensado que… bueno, que los
gastos de funeraria y demás corran por
nuestra cuenta... ¿Le parece a usted bien?
Jaime
asiente en silencio mientras toma del brazo al director.
-
¿Y el cuerpo?... ¿Dónde está...?. Necesito verlo.
-
Sí, señor, sí, pero... ¿Está de acuerdo? ¿Puedo confiar en su discreción...?
-
Bien,
bien... pero...
El director respira
aliviado y con un gesto indica la
escalera mientras continúa hablando. Cuando Jaime consigue quedarse a solas con
su padre siente un profundo desasosiego, no parece él, enfundado en el traje
gris a rayas y los mismos zapatos negros con el que ingresó, la cara brillante,
llena de colorete y un gorro de gasas en la cabeza, parece un extraño. con las
manos, desmayadas, formando un ángulo recto sobre la cintura.
Intenta rezar y no
puede, piensa.
“Cuando
esto acabe buscaré a Arieta, le debo una explicación, no estuvimos a la altura
poniéndola en la calle de ese modo, quien sabe, tal vez, si no nos hubiésemos
metido por medio ahora estarían juntos y felices... Sí, en cuanto tenga un
momento, la buscaré”.
Angustias
y el médico están a la puerta de la sala, huele a rancio, a desinfectante, a
alcohol de quemar, un olor intenso a orines. Jaime, impotente, sin saber cómo
como debe actuar se cruza de brazos y se queda allí, en silencio, recordando.
Cómo conoció a Arieta.
“-Mira, hijo, esta es
Arieta, nos hemos conocido en el parque, la he invitado a comer... ¿No te
importa?
-
No, papá, total, se añade algo de arroz y...
Y
la discusión en la cama cuando se lo contó a Angustias.
- Se añade algo de
arroz, se añade algo de arroz, ¡tú si que estás hecho un buen pollo!, ¿es que
no te das cuenta?, esa pelandusca tiene sus intenciones... no es cosa de
arroz, pero ¡como a ti te importa un
pimiento que esa golfa nos desplume! Tú
verás lo que haces, pero, lo que es yo... tengo una jaqueca enorme... ¡Buenas
noches!”.
Mención Especial de la Fundación Vargas-Zuñiga Pérez Lucas V Certamen de Relatos Cortos Año 2005
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