EL REGRESO
El Regreso
José-Luis Ramos Martín
Quizá fuese el hambre, no había tomado nada desde la mañana, o el sol, empeñado en traspasar los cristales del autobús, bastante sucios por cierto, durante las tres hora largas de viaje desde Madrid no había podido abrir bien los ojos y una extraña sensación de abandono se había apoderado de mi, era una sensación nueva, que nunca antes había sentido, mi mente corría, en un galope infernal, de un recuerdo a otro sin poder evitarlo.
Aquella
misma mañana había tomado la decisión de regresar a casa, era absurdo,
totalmente absurdo, dejarse abandonar, ¿qué podía hacer en Madrid sin pareja y
sin trabajo? En cambio, si regresaba a casa, mi madre tendría una gran alegría.
¿Cuánto
tiempo he estado fuera? Diez, doce años, en fin, toda una vida en la que,
tontamente, he creído ser libre, en
realidad, no he hecho más que dar tumbos de un lado para otro, no lo quiero
admitir pero ¡qué razón tenía mi padre al reprocharme mi abulia hacía todo lo que fuese el trabajo!.
“Nunca
he podido hacer carrera de ti, Alejandro, nunca, y no te imaginas lo que eso
representa para un padre… Eres un…”
Como
en un filme rancio, revivo aquella escena, la última que viví con mi padre, me
creía, tonto de mí, capaz, combativo, deseoso de libertad, tratado
injustamente, de ahí mí desproporcionada respuesta.
“Sí,
padre, sí, dilo de una puñetera vez, un “cojonatos” que no valgo ni para
destripar terrones… Pero tranquilo, padre, ya me voy, por eso… y porque estoy
hasta el gorro de tus monsergas… “
Allí
mismo se quedó mi padre, con la azada en la mano y la cabeza baja, tal vez pensando en alguna palabra que me hiciese desistir, seguramente no dio
con ella porque, de haber podido, nunca me hubiese dejado marchar sabiendo que
soy tozudo y no sé rectificar, por eso, sin mirar para atrás, seguí por el
sendero hasta la casa, entré en el dormitorio dando un portazo, llené una
maleta con cuatro trapos y los pocos duros que había ahorrado y tras abrazar en
silencio a mi madre salí hacía el apeadero de la carretera, dos horas más
tarde, ya en el autobús, comprendí que acababa de cometer un grave error, tal
vez el mayor error de mi vida, pero, resentido, me tragué las lágrimas que
pugnaban por salir de mis ojos.
Y
en estos años, ¿qué? trabajar, madrugar, intentar una vida con Carmen ¿para
qué? Para que ahora, una vulgar nota de tres líneas acabe con todo, bueno, en
realidad, cuando perdí el trabajo, ya estaba perdido, ¿Qué era aquello que
decía mi padre? ¡Ah!, sí, ya recuerdo “Donde no hay harina, todo es mohina”. Pues
eso, la miseria rompe el amor, si es que
lo hay, sino, solo trae soledad, una soledad que mina toda esperanza.
Tenía
que haberme dado cuenta de que todo se acababa
el fatídico día en que recibí la notificación del ERE, con aquel dichoso
papel en las manos casi sentí alegría, creí que
gracias a eso, tendríamos tiempo para estar juntos, para querernos,
pasear, ir al teatro, disfrutar de la vida… Era, o podía ser, un mes completo
de vacaciones pagadas pero no, Carmen tenía otros planes, trabajaba solo por las mañanas pero, para las
tardes siempre tenía algo pensado, cuando no era la peluquería, la natación, y
cuando no, había quedado con unas amigas, el caso es que aún nos veíamos menos,
no estaba nunca en casa y cuando estaba terminábamos discutiendo porque, según
ella, yo no era más que un cochino celoso que la quería acaparar, así
terminamos por no tener nada que decirnos o discutir por todo.
Cuando
volví a la fábrica algo se había roto ya definitivamente entre nosotros, pero
yo estaba ciego y no supe verlo hasta que hace un par de días, al despertar me
encontré con la compañía de una nota de Carmen despidiéndose, la luz entraba a
raudales hasta el fondo de la habitación.
En un principio creí que, como solía ocurrir,
me había hecho una nota para el “Super”, pero no, estaba redactada como una de
tantas circulares que ella escribe en la oficina cada día, escueta, breve, muy
pensada, yo solo me quedé con la idea de que no estaba dispuesta a seguir luchando contra el infortunio, y que
yo no era culpable, que, simplemente, lo nuestro había terminado… “…piensa que
no ha ocurrido… la vida, a veces, trata así a las personas. Quiero que sepas
que TE QUISE MUCHO… “
Dos
horas corriendo por la casa, revisando
los armarios, para, por fin, encontrar, en la mesilla de noche, la
cartilla del banco, las llaves, la carpeta con los papeles del alquiler…
Siempre tan ordenada… Pero, se había ido.
--No
baja usted, aquí paramos quince minutos… Puede estirar las piernas si quiere…
El joven me ha puesto la mano en el hombro. Miro
el reloj, aún faltan treinta minutos para llegar a Hermosilla.
* *
* * *
He
debido quedarme dormido, el autobús está entrando en la plaza del pueblo,
detrás de un grupo de mujeres que agitan los brazos está mi madre, parece más
vieja, tiene el pelo pajizo, de un blanco amarillento, el moño de siempre, el
vestido negro agrisado de andar por
casa, el mandil de un color indefinido, me mira achicando los ojos, se diría
que no me distingue bien, está llorando, salto del vehículo de los primeros, agarro
la maleta y el bolso de mano que me tiende de la baca el conductor y me fundo
en un abrazo a mi madre como cuando era niño y volvía del instituto de
concentración, está distinta, es ella, no cabe ninguna duda, aunque, en
realidad, parece más bien la abuela
Juana, se diría que han pasado muchos, muchos años, desde mi marcha, nos
atropellan, nos empujan a un lado, terminamos recostados, sin soltarnos, en el
brocal de la fuente del centro de la plaza, ahora, el llanto de mi madre es
manso, como una riada, pacífico, su abrazo es fuerte, muy fuerte, impropio de una mujer de su edad, se diría
que quería dejar escapar, en ese abrazo, todos sus miedos, todo el sufrimiento
y la angustia que la han anidado en todos estos
últimos años…
“Hijo,
hijo mío…”
Cuando
pude deshacerme del abrazo, la plaza del pueblo era otra, el autobús había
desaparecido, dos o tres viejos cuchicheaban señalándonos con el dedo, ¡vaya
usted a saber que se estarían diciendo!…
Tuvo
que ser mi madre la que tomase la iniciativa de salir de allí.
“Anda,
vamos… “
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