¿Fue una prueba de amor?
¿Una
prueba de amor?
Pepe Ramos
I.
Aquella mañana estaba
agobiado de trabajo y la llamada de Ramón diciéndome que una vecina se había
presentado en el cuartelillo para denunciar la desaparición de mi madre me hizo sentir mal
hijo, se me heló la sangre y lleno de
angustia, recordé las palabras de Juana, mi mujer, el domingo pasado, cuando
regresábamos de comer con ella:
“Ojalá me
equivoque Andrés y, como tú dices, sean chaladuras mías… pero, he notado a tu
madre muy rara, no sé cómo explicarme…yo diría que algo la preocupa y no se atreve a contárnoslo… en dos o tres ocasiones he tenido la impresión
de que iba a sincerarse conmigo y, de pronto, tras un suspiro, cambiaba de
conversación o se iba a otro lado… ¿por qué no la llamas mañana y pasas a
verla?...”
Le prometí
hacerlo, cambiamos de conversación y lo olvidé por completo. ahora, la llamada
de Ramón, aviva mis remordimientos, tenía que haber hecho caso a Juana, ella
tiene un sexto sentido…
En cuanto aparecí
en el cuartelillo, Ramón tras saludarme con un gesto de su mano derecha,
arrancó el coche patrulla apenas tomé
asiento a su lado, enfiló la cuesta hasta la casa de mi madre y yo, en vista de
su hermetismo, tras un leve carraspeo, me atreví a preguntar:
“Dime Ramón, ¿qué
te hace pensar que a mi madre le ocurra algo malo?”.
Ramón, con cara de pocos amigos, sin siquiera girarse
hacía mí, respondió:
“No lo sé,
Andrés, no lo sé, pero, cuando en estos pueblos pequeños, donde todo el mundo
sabe de la vida y milagros de todo el mundo, una vecina se molesta en ir al
cuartelillo porque hace días que no ve
la persiana subida de la casa de enfrente, a mí al menos, me escama… -hizo un
momento de silencio antes de continuar- ¿Sabes si tu madre tenía previsto algún viaje?…”
Ante mi mutismo no hizo más comentarios, aparcó frente
a la casa, pulsó el timbre dos o tres veces antes de indicarme que abriese con
mi llave.
Entramos. El
silencio más absoluto reinaba a nuestro alrededor, Ramón pasó rápidamente de
una habitación a otra llamándola:
“Benigna, Benigna… está usted ahí”,
Cuando llegué al dormitorio
de mi madre, no sé por qué, me dio por curiosear, no sabía que buscaba pero, sorprendentemente,
lo encontré… En la mesilla de noche, sobresaliendo del cajón de arriba, era un
sobre blanco, estaba abierto. Como un
ladrón, me apresuré a guardarlo en el bolsillo de la chaqueta convencido de que
aquella carta estaba allí por algo…
Cuando, diez
minutos después, bufando como un toro, apareció Ramón, salimos en silencio de
la casa, al subir de nuevo al coche patrulla, su único comentario fue:
“Si no tienes
inconveniente, daré curso a una denuncia por desaparición… ¿De acuerdo? –guardé
silencio y él, continuó- Te tendré al corriente. ¿Quieres que te deje en tu
casa?”
“Vale, gracias, te
agradezco mucho tu interés… “
II.
Entré en casa
como un ladrón, procurando no hacer ruido y aprovechando que Juana trasteaba en la cocina,
me dirigí directamente al baño, cerré con llave, ansioso por leer el contenido
de aquella carta, efectivamente, la carta estaba dirigida a mí.
Apoyé la espalda
contra los azulejos buscando la frialdad de la pared, necesitaba sentir frío
para no perder el conocimiento, a medida que iba leyendo, sentía mas y mas
angustia, la carta decía así:
Mi querido hijo Andrés.
En primer lugar quiero pedirte perdón por no haber sido capaz
de afrontar mi desdicha con mayor presencia de ánimo.
No sé cómo pueden
explicarse estas cosas a un hijo por eso, y porque no me atrevo a decírtelo
cara a cara te escribo estas letras.
Desde hace algunas
semanas sé que voy a morir, me han diagnosticado cáncer de páncreas, dispongo de poco tiempo
antes de que comiencen los dolores más fuertes… pero, tranquilo, ese calvario
no lo vamos a sufrir.
Llevo muchas noches rumiando una salida y mi decisión es
clara, ni tú ni Juana merecéis pasar por
esto, sé que mi postura es cobarde pero tú sabes que no es por mí, es por
vosotros por los que tomo esta decisión, me parece demasiado injusto haceros
pasar por algo de lo que vosotros no sois responsables.
La
responsabilidad de esta decisión, es solo mía, no temo a la muerte pero, no le
veo sentido a pasar, inútilmente, por
tantos sufrimientos.
Por eso, adelantándome a los acontecimientos, desaparezco,
aún no sé como voy a resolver este dilema, pero, ten por seguro, hijo mío, que
lo haré de la mejor forma para todos.
Recuérdame con tu
cariño de siempre. Yo, te quiero mucho.
Benigna
Rompí la carta en mil pedazos, ¿de que iba a servir que la
leyese Juana?, esperé a que desapareciera en el torbellino del agua, y tras lavarme la cara, salí al salón donde Juana, que había oído la puerta,
aguardaba. Me limité a decirle:
“Llamó Ramón,
hemos ido a casa de mamá… ha desaparecido…”
En otras
circunstancias, Juana me hubiese recriminado no haber estado “al loro” pero,
debió ver algo en mis ojos que la hizo comprender, me dio un beso en la mejilla y en silencio, se limitó a poner la mesa.
III.
Dos días después
apareció el coche de mamá en el Barranco de Los Lobos, según la autopsia,
llevaba varios días muerta.
En la homilía de
la misa de difuntos, don Argimiro ensalzó largamente las virtudes que adornaban
a mamá. Después, recibí los abrazos y expresiones de pésame de los vecinos como
si fueran para otro, acorchado, rígido, como un autómata, esperé a que todo terminase
como se espera que pase una enfermedad.
Hoy, diez días
después del entierro, no he encontrado fuerzas
para incorporarme al trabajo. No tengo fuerzas para salir de casa.
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