RODOLFO JIMENEZ DE LA VEGA, SE VIÓ EN LA CÁRCEL
RODOLFO JIMENEZ DE LA VEGA, ESTAFADOR.
El patio del penal de Ocaña hervía de calor, era agosto y el cemento se pegaba a las zapatillas, los presos charlaban mientras recorrian el espacio una y otra vez, pasos lentos y humo de tabaco.
Rodolfo Jiménez de la Vega, alto, delgado como un junco, uno noventa y apenas sesenta y cinco kilos, caminaba con ese aire chulesco, que ni la cárcel hacía decaer, se diría viéndolo que la cárcel era solo una escala en su itinerario de conquistas.
Se apoyó contra la pared, sacó un Camel del paquete, lo encendió con parsimonia y soltó la primera bocanada mirando a un cielo que era una hoguera.
A su lado se plantó Efraín Golondrino. Efraín es colombiano y comparte celda con Rodolfo, es un hombre bajo, ancho de espaldas como un armario ropero. Casi cien kilos repartidos en un cuerpo de uno sesenta escaso. Brazos gruesos, mirada torva, de perro viejo, y una cicatriz que le cruza las cejas.
Efraín lo observó un momento en silencio.
—Oiga, flaco… ¿Usted qué hace aquí?
Rodolfo sonrió mirando a su cigarro.
—Pues lo mismo que todos, supongo.
—No, no —negó Efraín—. Aquí hay asesinos, narcos, atracadores… y usted tiene cara de vender perfumes en el aeropuerto.
Rodolfo lo miró de arriba abajo y soltó una pequeña carcajada.
—Casi. Vendía chalets.
Efraín arqueó una ceja.
—¿Y por vender chalets lo meten a uno en la cárcel?
—Depende de cómo los vendas.
Rodolfo dio otra calada, disfrutando el suspense.
—¿Qué hizo? —insistió Efraín.
—Estafar, supongo.
—¿Cuánto?
—Bastante.
Efraín lo miró con interés.
—Cuente, pues.
Rodolfo cruzó los brazos y miró socarrón a su compañero.
—Mire, Golondrino… yo siempre he vivido de dos cosas.
—¿Cuáles?
—De la cara y de la lengua.
Efraín soltó una risa corta.
—Labia y guapura, supongo.
—Exacto.
—¿Y funciona?
—Con las mujeres, siempre.
—Eso sí lo creo.
Rodolfo miró el cigarro.
—Y con los clientes… muchas veces también. Yo trabajaba en una inmobiliaria de lujo. Chalets de dos, tres, cuatro millones.
—Gente con mucha pasta.
—Muchísima.
Efraín se apoyó en la pared.
—Siga.
Rodolfo hizo un silencio teatral.
—El problema empezó con un chalet espectacular.
—¿Dónde?
—Costa del Sol. Piscina infinita, jardín de palmeras, nueve habitaciones con baño… una maravilla.
—¿Y?
—Tenía dos compradores.
—Ahí empezó la fiesta.
Rodolfo sonrió.
—El primero era un inglés.
—¿Nombre?
—Ni idea. Nunca lo pronuncié bien.
Efraín soltó una carcajada.
—¿Y hablaba español?
—Una palabra de vez en cuando.
—¿Y el otro?
—La otra —corrigió Rodolfo—. Rosaura del Molino.
Efraín silbó.
—¿La modelo?
—La misma.
—Está buenísima.
—Créame, lo sé.
—¿La conoció?
—Más de lo que usted imagina.
Efraín lo miró con una mezcla de asombro y envidia.
—Explique eso.
Rodolfo se estaba divirtiendo.
—El inglés quería el chalet.
—Normal.
—Y Rosaura también.
—¿Los dos al mismo tiempo?
—Exactamente.
—¿Y usted qué hizo?
—Negocio doble.
Efraín abrió los ojos como platos.
—No joda.
—A cada uno le prometí el chalet.
—Eso es peligroso.
—También rentable.
—¿Cuánto?
—El tres por ciento de comisión.
—¿Y el chalet cuánto valía?
—Tres millones largos.
Efraín hizo cuentas mentalmente.
—Casi cien mil por cabeza.
—Más o menos.
—¿Y los dos pagaron?
—¿Cien mil cada uno?
—Exacto.
Efraín soltó una carcajada ronca.
—Flaco, usted sí tiene cara, sí señor.
Rodolfo inclinó la cabeza como un saludo de artista.
—Es un don.
—¿Y quién se quedó la casa?
—El inglés.
—¿Y la modelo?
Rodolfo sonrió con picardía.
—Digamos que la mantuve entretenida.
—¿Cómo?
—Cena aquí… copa allá…
—Ajá.
—Fin de semana en Marbella…
Efraín se mostró asombrado.
—¿Se la estaba trabajando?
—Exactamente.
—¿Y ella no hablaba de ir al notario?
—Que cuándo firmábamos.
—¿Y usted?
—Que el vendedor estaba retrasando unos papeles.
—¿Y coló?
—Durante meses.
—Usted es un artista.
Rodolfo encogió los hombros.
—La piscina la tenía loca.
—¿La piscina?
—Decía que era perfecta para sesiones de fotos.
—¿Y mientras tanto?
—El inglés ya estaba viviendo en el chalet.
Efraín soltó una carcajada tan fuerte que varios presos se giraron a mirar.
—¡No es posible!
—Palabra.
—¿Y cuándo explotó todo?
Rodolfo tiró la colilla al suelo y la pisó.
—Cuando Rosaura decidió ir a ver la casa por sorpresa.
Efraín se puso cara de asombro.
—Y encontró al inglés tomando el sol.
—Exactamente.
—¿Y entonces?
—Entonces vino la denuncia.
—¿De los dos?
-No, el inglés aún no sabe nada.
Efraín chasqueó la lengua.
—Flaco… usted es un poeta del engaño.
Rodolfo sonrió, mirando el cielo del patio.
—Lo fui.
—¿Y se arrepiente?
Rodolfo lo pensó un momento y se encogió de hombros.
—Solo de una cosa.
—¿De qué?
—De no haber pedido el cuatro por ciento.
La risa de Efraín retumbó por todo el patio.
—Golondrino —dijo Rodolfo sacando otro Camel—.
—¿Qué?
—¿Fuma?
—Claro.
Le tendió el cigarro.
Efraín lo encendió.
—Flaco…
—¿Sí?
—Cuando salgamos de aquí…
—¿Qué?
—Usted pone la cara… y yo cobro.
Rodolfo soltó el humo despacio.
—Socio… eso suena como un gran negocio.
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