Y ENCIMA, ME DENUNCIA

 

PEPE RAMOS

 

Me lo dice otro y no me lo creo, ¡es de locos!, quieres creer que después de todos los desastres con los que nos deprimen las televisiones, los periódicos y hasta el cine, la gente corriente no puede aspirar a que la dejen, no ya ser feliz, tampoco es cosa de pedir gollerías, pero, al menos,  vivir en paz, pues no. Siempre tiene que haber algo,  o alguien, que joda a la marrana y nos hunda.

Siempre.

¿Qué por qué digo esto? Muy sencillo, Maruja y yo veníamos de pasar quince días en la playa, Maruja es mi mujer, rubia, gordita, sesenta y… para los vecinos, una “chica” de muy buen ver, como  dice el tontolaba de Nando,  el viudo del tercero, que siempre está con el sonsonete de que es nuestro mejor amigo y no pierde ocasión de meterse en casa con cualquier excusa, o sin ella y, casi siempre a la hora de comer.

Pues eso, que veníamos  de la playa más que hartos de tren y, al abrir la puerta, descubro, sorprendidísimo, la luz del salón encendida.

- “Coño, ¡que raro!, juraría que había apagado todas las luces antes de cerrar con llave al irnos…”

Fue un acto reflejo, como siempre en estos casos, me sentí culpable, es algo instintivo,  escuchaba ya la reprimenda de Maruja.

         -“Dios bendito nos asista, ¿tu sabes la cantidad de kilovatios que habremos gastado sin ton ni son?… Es que… contigo no puede  una estar segura de nada Daniel, no si  ya me lo decía mi pobre madre…”

Por eso, más que nada por no escucharla, aprovechando que  venía detrás, apagué rápidamente la luz y retrocedí  hasta la puerta.

-“Daniel… ¿está todo en orden?”

-“Sí, mujer, sí… ¡Que cosas tienes! Anda, deja que te ayude…”

Sin embargo, no sé, será el sexto sentido ese, el caso es que se me puso un “no sé qué en la boca del estómago”que yo achaqué a la modorra del viaje, al cansancio…en fin, ¡que importa eso ahora!, si se han gastado unos kilovatios de más,  ya se quitarán de otro sitio…

Fue el grito de Maruja, al entrar en el dormitorio, el que me sacó de mis cavilaciones.

-“¡Daniellllll!”

-“¿Qué pasa, cariño?”

         -“¿No decías que  estaba todo en orden? Entonces… ¿Qué diablos hace ese… ese…?

La pobre no pudo terminar la frase, cayó redonda sobre la alfombra. Efectivamente, había un hombre cómodamente recostado sobre mi almohada cervical,  parecía joven, moreno, no, coño no, de moreno nada, negro como el betún, que, sobresaltado por el grito de Maruja y el golpe al caer al suelo,  se frotaba los ojos intentando entender nuestra presencia.

El resto fue un sainete, el tío que salta de la cama, yo, que en cuanto descolgué el crucifijo de la pared, me fui hacia él, el negrazo, que se asusta al verme con aquello en la mano,  salta al suelo, forcejeamos, resbala, cae,  le rompo la crisma con una esquina del crucifijo y la alfombra  se va empapando de sangre, Maruja que vuelve en sí y ve a su lado el cuerpo, desnudo, del negro en un charco de sangre y vuelve a gritar desesperada, resbala de nuevo y yo, que sin saber por qué, me da por reír, momento que aprovecha el individuo aquel para agarrar la ropa que estaba sobre la colcha, yo, asustado, no acierto a  reaccionar.

  El negrazo, a pesar de la sangre que le corre por el rostro hacía el pecho,  vuelve a tirarse al suelo, por un instante creí que él también se había desmayado, pero no, buscaba afanosamente los zapatos mientras Maruja y yo, como unos pasmadotes, le miramos atónitos, mientras, el negro que echa a correr hacia la puerta como alma que lleva el diablo, la abre de un golpe y sale con la ropa y los zapatos en la mano, más rápido que el pensamiento…

Me gustaría poder decir que todo terminó  con la consabida bronca de Maruja, yo, debo confesarlo, me hubiera dado por satisfecho  pero para los tontos de baba como nosotros, siempre se complica todo y ocurrió, y por eso lo cuento, que ocho días más tarde, cuando ya casi me había olvidado el percance, recibo una citación del Juzgado de Primera Instancia para responder a la denuncia por agresión con resultado de traumatismo craneoencefálico en la persona de Gabriel de Nohoe … Y aquí estoy,  esperando que me avisen para pasar y aguantando la presencia frente a mí del negrazo que con una sonrisa socarrona, me mira de soslayo, lleva la cabeza vendada como un turbante.

El  negrote que usó mi casa, comió mi comida, durmió en mi cama, hizo desaparecer las joyas de Maruja, de las que, como gilipollas integrales que somos,  no hemos presentado denuncia alguna se mofa de mí, sabe que me tiene cogido por las partes blancas, por eso está feliz y  encima tengo que aguantar el cuchicheo de mi abogado que me aconseja que sea comedido, que no interrumpa, que él intentará conseguir para mí la pena más baja que le sea posible.

 

 

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