LA VIDA NOS ACHICA EL ALMA.
P e p e R a m o s
Y yo, no sé por qué, me he puesto a pensar en mis sueños de niño, en mis esperanzas de niño, en cómo veía el mundo desde mi altura de siete u ocho años, hacía arriba, y veía a los mayores, fuertes, alegres, o flojitos y enfadados, pero solo un ratito, mientras yo los miraba, luego eran otra cosa, el alegre, el que yo veía alegre y fuerte, infinito a mis ojos, era celoso y de corazón negro como el azabache, pero eso, en su casa, y yo no lo sabía, ¿es que me engañaba? No, es que lo miraba con mi alma de niño, ese alma de niño que solo veía todas las cosas bonitas, a mis ojos de entonces la gente era buena, y una sonrisa de mi mamá, valía más que un fin de semana en el campo o una tortilla de espárragos.
Y ahora, ahora todo es distinto, el mundo, los hombres, las gentes, todo ha perdido esa gracia, ese encanto, pero no, me equívoco, el encanto, la gracia, la alegría de mis ojos, la que hacía todas las cosas bellas, esa, la de mi infancia, la perdí en el camino de crecer y crecer, para ser otro grande.
Solo mis ojos de niño veían a la señora María, tan guapa, tan alegre, tan alta, a la que yo quería tanto porque me daba dulces, o escondidas de mamá cuando íbamos a la tahona a meter en el horno los dulces para la fiesta de mi primera comunión.
Fue en ese crecer, crecer y crecer en el que escapó la utopía, como escapó el gorrión de su jaula el día que quise ponerle el alpiste sin que me viese mamá. Y, sin saber por qué, ni cuando, me encuentro esta mañana en el espejo y soy otro, otro.
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