MANOLITA Y JUAN

 

 Manolita y  Juan

 

Pepe Ramos

 

 

Manolita tiene ahora unos cuarenta años aunque, si usted  lo saca a relucir, ella, coqueta, lo negará ante la Biblia, ¿Por qué?, porque no los aparenta, ha engordado un poco pero aún “se siente fetén” puede que precisamente por eso se siente algo “desilusionadilla” de cómo le han ido las cosas.

Cuando se siente nostálgica le da por recordar que, de niña, tenía que ayudar a su madre en casa, poner la mesa, quitarla, fregar, hacer camas, un poco de todo, porque mamá era, con perdón, algo atada.

Papá, los ratitos que estaba en casa,  leía el Marca y Tomás, el hermano pequeño,  jugaba a los indios, tirado por el suelo del salón.

A los trece años, porque nadie le dijo ni mú, se llevó un susto mayúsculo con la primera “regla” y, para más INRI,  cuando se lo contó a mamá, esta se lo tomó como si hubiese hecho alguna travesura:  “Manolita, - le dijo con el índice levantado, toda sentenciosa-, a partir de ahora, “ojito con los chicos” que ahora, ya estás en condiciones de ser mamá”.

Para colmo, cuando se lo contó a Benita, su mejor amiga, ésta, muy suficiente, se echó a reír: “Si serás tontina, hija mía, eso me pasó a mí hace “la habana”, por lo menos, diez días o más.

El caso es que Manolita se sintió fatal, lloró un buen rato y siguió los consejos de Benita para el mes siguiente.

Fue todo un trance, aunque, como todo, terminó pasándose.

Después, durante dos o tres años, fue, de sorpresa en sorpresa ante el espejo y, casi sin darse cuenta, surge el primer novio, el susto del primer beso sorprendido en el portal, el, “Espera, que todavía es pronto para decírselo a mamá”, el, “Pues, esta tarde, si te viene bien, mi papá libra en el trabajo y quiere invitarte a merendar…”

En cuanto el chico se fue, convencido de que tenía novia formal, surgió el irremediable comentario de mamá: “Mira, hija, ese chico… no sé, me parece poco para ti… No es que no me guste, es que,  le noto un “no sé que”

Papá no, papá siguió callado frente a la televisión.

Manolita, de muy mala gana, tuvo que aceptar el veredicto de mamá y darle largas al chaval aquel, hasta que se aburrió de esperar y un día dejó de pasear la acera de enfrente.

Tuvo que pasar algún tiempo, no sé, tres, cuatro años, pero apareció Juan, pero, esta vez, lejos de repetir la escena de Ramoncín,  Manolita impuso condiciones…

         Primera, “Que no esté Tomás, no vaya a liarla con sus bromas de mal gusto”.

         Segunda  “Mira, mamá, Juan me gusta, no sé si para casarme o no, pero, me gusta, es muy simpático, muy divertido, trabaja en un despacho de abogados así es que… por ese lado, no hay pegas que valgan, te lo digo para que sepas lo que hay. Esta tarde sube a tomar algo y hablamos…

Tampoco le hace  gracia a mamá, le parece demasiado obsequioso, demasiado reverente, demasiado cumplido, se presentó con un ramo de rosas… Pero traga,  habla alguna noche en el  cuarto con Manolita a ver si… pero no, Manolita está decidida,  es el hombre  que le interesa, van a casarse y san Se Acabó cayó en jueves.

Juan, que es muy práctico, ha visto ya un pisito no demasiado cerca de casa de mamá y andan con lo de los muebles, a mamá le parece que la cosa va demasiado  de prisa… “Oye, Manolita ¿es que tenéis… prisa?” “No, mamá, es que NOS QUEREMOS y quiero casarme con Juan, está decidido”…

“Bueno, bueno, hija… ¡tu sabrás! Pero, no creas que por ahí  atan los perros con longaniza… alguna maca tendrá… ¡No sé si me explico!” Y se casaron.

 

 

* * * * * *

Diez años después Manolita se encierra en casa a hacer las faenas en cuando deja  a Raulito en el colegio, se le hace demasiado larga la mañana trasteando en la cocina hasta que Juan llega a comer, y total, para qué, porque Juan, en, cuando llega, en un periquete engulle, casi sin masticar, “lo que sea” y sale pitando para el despacho sin apenas decir media docena de palabras…

Ahora empieza a creer que mamá tenía razón, que alguna maca si que tiene Juan, no sube la tapa del vater, solo sabe hablar de los asuntos del despacho, de desfalcos, hipotecas y rollos por el estilo, también le molesta que entre y salga sin dar descuentos de nada, que  no la ayude a hacer la cama, que no salga de él ir a llevar  a Raulito al colegio, que ronque, que solo esté cariñoso con ella el sábado con vistas al  “cumplimiento”…

¡Dios! ¡Que lista más larga!

A Manolita le gustaría que Juan le dijese las cosas de cuando eran novios, pero no, Juan está tonto con el Barça y, cuando hay partido, le molesta que el niño llore, no se le ocurre que a ella le encantaría salir  a dar una vuelta, o al cine, pero no, a Juan, esas cosas no le salen… No es que Juan sea malo, pero ¿es bueno?

Está empezando a pensar si no se equivocaría al elegirlo a pesar de las advertencias de mamá, pero se dice:

 “Fui yo la que elegí, igual él tampoco le hace poca gracia que me arregle menos, aunque, si vas a ver, me hace tan poca ilusión… Total ¡ para salir un rato por la tarde  a la cafetería con Petri y Rosita!…

Una tarde, comentándolo con ellas, a Rosita se le ocurrió que podía preparar una cena romántica,  con velas, acostar pronto a Raulito y hablar, pero, es que… en cuanto Juan viese la cena y las velas… ¡Pensaría que es sábado! Y con un sábado a la semana basta.   

¡Ah!, se me olvidaba… No hemos hablado de Juan pero ¿es necesario?

 


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