¿Qué ocurría en Prosperidad en los años cincuenta?
¿Qué ocurría en Prosperidad en los años cincuenta?.
Pepe Ramos
Cuando me criaba, allá por la mitad del siglo veinte yo pasaba todo el santo día de Dios en la calle, envuelto en el polvo durante el verano y en el barro en invierno, los niños de los años cincuenta no teníamos más que imaginación para crear juguetes con lo que había, una caja de cartón y una cuerda era un maravilloso coche, un montón de piedras, se convertía en el más maravilloso campo de fútbol, respirábamos la vida que palpitaba a nuestro alrededor, las ventanas abiertas, las sábanas y mantas en el alfeizar por la mañana y el escape de la música en la radio que acompañaban, mejor o peor, las mujeres de mi barrio, cantaban junto a Rafael Farina, Antonio Molina o Juanito Valderrama y ese sonsonete nos acompañaba mientras jugábamos a Pico, Zorro, Zaina, al fútbol o a las chapas.
Veíamos natural que antes del atardecer, Margarita, llamara a Carlos, Manolo y Tomás y los metiese, a empellones, en casa, tenían que estar acostados antes de que llegara, casi siempre borracho, el señor Manolo.
El señor Manolo fue de aquellos que volvieron de la guerra con un "tate pálla" que decíamos en casa, tenía una pierna de madera y bizqueaba un poco, trabajaba en la fábrica de zapatillas y, de regreso, "hacía las visitas al Sagrario", recorría las tabernas que había en su camino, a veces daba la vuelta un poco más larga porque, según decía él: "Era un hombre sociable y tenía que alternar", a nosotros nos parecía un tío malhumorado y triste que había perdido una pierna en la guerra y nada más. Nos daba pena la señora Margarita, mi madre decía que se estaba ganando el Cielo, pero, a mí, me parecía muy caro porque hasta que nos llamaban por la ventana para cenar, oíamos las voces del señor Manolo y, a veces, solo a veces, el llanto de la señora Margarita.
Además de jugar a pico, zorro, zaina, o a las chapas, si hacía buen tiempo, solíamos hacer una guerra a "dreas" entre calles que provocaba alguna que otra pitera, si entrábamos en casa con la mano en la cabeza y la ropa manchada de sangre lo más seguro era que corriese por las ancas algún zurriagazo, pero estábamos acostumbrados, no era raro llegar a casa sucios, con los pantalones rotos, o un siete en la camisa por haber cargado con el cubo de la señora Rosa lleno de carbón y que cargábamos encantados por la perra gorda de la propina que nos había ofrecido si ibamos a la carbonería de Pablo.
Todo eso formaba parte de nuestro mundo cotidiano, como lo era que en clase te diesen unos buenos palmetazos por no saber, de corrido, la tabla del siete o la lista de los Reyes Godos.
Estas y otras muchas peripecias estaban incluidas en nuestro vivir cotidiano.
Lo que sí nos sorprendió, y mucho, fue el accidente del señor Anselmo. Aquello nos dejó descolocados unos cuantos días.
El señor Anselmo era el repartidor de las bebidas y estaba descargando unas botellas de su camioneta en la puerta del bar, de pronto, nos sobrecogió el estruendo, fue como si hubiese estallado una bomba, en unos segundos vimos como el señor Anselmo se retorcía en el suelo en
medio de un charco de sangre, después supimos
que le había estallado un sifón.
No nos cabía en la cabeza que un hombre tan grandote y tan recio como el señor Anselmo se retorciese así y diese esos gritos en medio de la calle mirándonos con unos ojos turbios, como si llorase un animal.
Paramos nuestros juegos y nos quedamos paralizados y llenos de asombro, tuvimos todos la sensación de que se estaba muriendo.
Inmediatamente aparecieron, a la carrera, todas las vecinos para auxiliarle con toallas y
paños, hasta don Cosme, el practicante, se presentó con su maletín, todos dispuestos a ayudar al
pobre hombre, después, don Cosme le dio algo y el señor Onofre, el del bar arrancó la camioneta dando vueltas a toda prisa a la manivela y lo subieron entre tres o cuatro
y, según nos contaron después, lo llevaron a la Casa de Socorro.
Tardó algún tiempo en aparecer el señor Anselmo por el barrio con su camioneta de manivela, cuando lo hizo, estaba cojo y
tenía una extraña cicatriz en la cara.
Estas cosas eran las que pasaban en el barrio de Prosperidad, y ocurrían un día sí y otro no, lo veíamos como lo más natural del mundo, no teníamos conciencia de la gravedad de las cosas, lo que sí hacíamos era estar al tanto y escuchar las conversaciones de los mayores, estábamos convencidos de que lo que pasaba en nuestro barrio era mucho más divertido que todo lo que pudiera decir “el papel” como se decía entonces.
Peperamos60.blogspot.com
Comentarios
Publicar un comentario