DAVID VUELVE A CASA.

 

DAVID VUELVE A CASA.

                      Un relato de Pepe Ramos.

 David está cansado, desde la llamada de su prima Manuela a eso de las dos de la mañana con la noticia de la muerte de su padre, no ha parado, diez minutos para asimilar la noticia y luego, saltar de la cama, ducharse, tomar un café bien cargado, arreglarse y coger unas cuantas cosas para un viaje de un par de días y ya lleva  tres horas de viaje, no se le ha ocurrido encender la radio, necesita reflexionar, aún así, y aunque la carretera estaba completamente vacía salvo algún camión de gran tonelaje que iba en dirección contraria todo ha sido ir con los ojos fijos en la carretera aunque, es consciente de que ha estado a punto de dar una cabezada un par de veces, su cabeza no para de dar vueltas, es mucho tiempo libre para volver para atrás, para recriminarse la abulia que le ha tenido alejado de su padre tantos años.

La llamada de Manuela ha sido muy dura, muy breve y sin ningún sentimiento, en ningún momento ha manifestado que le doliese el disgusto que estaba dando a su primo David, “Solo p´a decirte que el tío Anibal acaba de morir, que ya he llamao a la funeraria, tenía seguro, yo lo sabía de siempre, pagaba el recibo todos los meses en cuanto aparecía el hombre del Ocaso, el mismo que me cobraba a mí, cuando vivía mi padre, -le parece que lo dice con cierto retintín-, bueno, pues eso, que tú verás, los de la funeraria ya han venido a la casa y lo están preparando, dicen que pueden hacer lo del entierro mañana a las doce si no hay inconveniente por parte de la familia, yo les dije que bueno, que si tú… Vamos, que si tu vas a venir… que a esa hora puedes estar aquí tan ricamente, no estás tan lejos…”

“Manuela,  no sé que decirte, me has quedado helado,  ahora mismo me preparo y salgo para allá, creo que a eso de las nueve, como muy tarde…”

“Pues eso, si vienes… ya nos vemos”

Y colgó, ya en carretera se dio cuenta de que no había advertido a nadie de su ausencia en la oficina al día siguiente. Tomó el móvil y dejó un mensaje en el contestador, ya lo vería Candelas a primera hora de la mañana, en él le decía lo ocurrido y que estaría fuera un par de días como mínimo.

En la inmobiliaria no conocían si David tenía familia y dónde, siempre había tenido fama de vivir “a salto de mata”, sin atarse a nada ni a nadie, a los jefes les venía bien porque, estaba disponible a cualquier hora” hizo una llamada atolondrada que quedó en el teléfono de la oficina, no comentó nada personal salvo que tenía que ausentarse un par de días por el fallecimiento de su padre, de todos modos, -pensaba David-, en un caso así… sería cuestión de volver a llamar a eso de las diez y comentar al director lo que surgiese en ese momento, tampoco era tan imprescindible en la oficina, las visitas de los próximos días se las podían repartir, en su agenda estaba anotado todo.

Mientras conduce, como un autómata, rememora los últimos diez años de relación con su padre, si es que puede llamarse así a una llamada de vez en cuando interesándose por su salud y dando largas a la posibilidad de pasar un fin de semana en Salamanca.

Habían pasado tantas cosas en ese tiempo.

Aníbal, tras la muerte de su esposa, había tardado poco tiempo en emparejarse aunque fue cosa de unos meses, según le contaron los vecinos de entonces, ahora unos perfectos desconocidos, Manuela y Marcelo le felicitaron las Pascuas los dos o tres primeros años pero, en vista de que David no mostraba mucho interés por aparecer por Salamanca, dejaron de enviar la típica felicitación de Navidad y todo fue quedando en una absoluta indiferencia que el tiempo iba haciendo más y más evidente.

En los últimos meses, las llamadas de su padre iban siendo más y más apremiantes.

“No estoy bien, hijo, este estómago va a peor, y no es porque no tome la Sal de Frutas que me dijo el médico del seguro hace años, temo que, en cualquier momento tenga que ingresar, me gustaría que pudieras estar aquí si eso ocurre, la distancia no es tanta y con tu coche, en un rato puedes presentarte aquí si hace falta ¿no?”

“Claro, papá, tú, me avisas si ocurre algo y salgo para allá pintando”,

Y así un mes y otro y otro hasta ahora, cuando Manuela, una perfecta desconocida, aunque sea prima carnal, le tiene que avisar de que su padre está de cuerpo presente y él no ha estado ahí a tiempo para despedirle y tiene que presentarse en casa, una casa en la que ahora es un extraño, en la que han entrado, a saco, los primos que han estado ahí, al cuidado de su padre, y que, con toda razón, pueden ponerle la cara colorada por no haber sido el buen hijo que todos esperaban que fuese.

No tiene ningún sentido que explique ahora los motivos que le llevaron a abandonar la casa de sus padres tras el entierro de la madre, y no querer volver por un rencor que ahora ni siquiera puede recordar, que ante hechos consumados, no puede ni debe comentar con nadie, y menos con los primos que, lo sabe perfectamente, solo quieren sacar tajada de la situación porque nunca ha confesado a nadie los motivos por los que abandonó a su padre, solo y torturado por la pérdida de su esposa, como se abandona una colilla en la repisa de la ventana, con esa misma indiferencia. Si explicase eso le considerarían todos un ser sin entrañas.

Ahora, la llamada de Manuela, lo  cambia todo, aturdido, con muchas emociones encontradas, siente, poco a poco, a medida que se va acercando a casa, la tristeza y la culpa de haber permitido que su padre muriese solo.

Es el cansancio del viaje, el no haber podido dormir nada,  el desasosiego de encontrarse ahora con las personas que le han estado haciendo el caldo gordo a su padre y que están ahí y querrán hacer valer sus derechos por  ello, ocupando un lugar que él, David, había abandonado de forma tan airada tras la muerte de su madre.

Se ha parado a repostar y aprovecha para tomar un café muy cargado, tendría que tener cuidado para no embarbascar más las aguas, “tendré que contactar con el notario para que me ponga al día de las cosas, tengo que hacerme cargo de lo que haga falta, encargarme de los asuntos pendientes, pero acordando las cosas sin presionar porque ellos, Manuela y su hermano ya están al timón de ese barco. Tengo que saber jugar bien mis cartas.

La casa estaba abarrotada, Manuela, haciendo de anfitriona, repartía vasos de café con leche y dulces que, sin duda, habrían comprado en la tahona,  seguro que habían avisado a todo el mundo antes que a él, que hacían y deshacían en casa de su padre como en la suya propia.

“David, ojo, que aquí te la quieren jugar ¿No dijo Manuela que lo enterrarían a las doce? Tengo que enterarme de a qué hora fue el fallecimiento y los pasos que han dado ya. En cuanto esto acabe, tras el entierro tengo que ir al notario y que me ponga al corriente de todo”

En ese momento aparece Manuela, a David le cuesta reconocerla, de luto riguroso y los ojos de haber llorado, se le viene encima como una tromba, envuelta en un mar de lágrimas.

“Ay, David, ¡qué disgusto!, menos mal que has podido venir, mi marido y mi hermano están por ahí, atendiendo a la gente, fíjate lo que  querían al pobre tío”

Le estampa dos sonoros besos y, levantando mucho la voz casi grita: “Marcelo, Jonás, que ha llegado el primo”,

Se oye un murmullo entre los que van de un lado para otro y le miran de reojo, algunas mujeres le señalan con el dedo.

Aparecen Marcelo y el tal Jonás, los dos de luto riguroso y se abrazan a él como desolados.

Es Marcelo el que habla:

 “David, hijo mío, dichosos los ojos… Te presento a mi cuñado Jonás, ¿estuviste en la boda? –mira a un lado y otro-, no, claro, ¡qué cosas digo!, si hace diez años que no apareces por aquí… desde la muerte de la tía”.

Jonás, tímido, primero le tiende la mano y, tras una rápida mirada a Marcelo, se abraza al recién llegado con fuerza.

-“Hay que acabar con esto cuanto antes”-piensa David-,

“Te acompaño en el sentimiento primo, siento mucho que nos conozcamos en un momento tan triste…”

 

A la una y media ya ha terminado el entierro, los asistentes se van dispersando y David, aprovecha un momento en que cree que nadie está pendiente de él, para llamar a la notaría.

“Sí, por favor, quisiera contactar con el señor notario… soy David Fernández, necesito…”

Al otro lado de la línea se advierte una leve vacilación, después, el hombre que ha recibido la llamada contesta:

“Sí, señor Fernández, se le espera, si no tiene usted inconveniente, a las cinco y media en el despacho, ¿sabe usted la dirección?

-“No, pero…

“Carretera de Ledesma 65 3º H, Notaría Hernández-Mendizabal, ¿ha tomado usted nota?”

“Sí, gracias, ahí estaré”.

“Se hará la lectura del testamento de su señor padre y estarán presentes todos los deudos… Ya comprenderá usted…”

Sin esperar a más, David cuelga el teléfono, se ratifica en que  está en una encerrona, "¿por qué no me han dicho nada de esto los primos?".

El notario, un hombre serio y meticuloso,  revisa unos documentos en un despacho que está, con la puerta abierta y da paso a la Sala de Espera.

Cuando, a la hora indicada, se presentó David, una amable joven le hace pasar a la Sala y le sorprende la confianza y desenvoltura que muestran los tres primos, Manuela, su marido y su hermano, se manifiestan con un desparpajo y una naturalidad propia de quién está en terreno conocido, es evidente que no es la primera vez que están allí,  han tomado posesión de la estancia, acogedora y luminosa en la que no falta detalle, sobre la mesa de centro, los periódicos del día, alguna revista de sociedad y un cuenco con caramelos.

David, con evidente sonrojo, fruto de la sorpresa, se limita a tenderles la mano.

Los primeros minutos son de calma tensa, tensión que el notario advierte y  acelera haciendo un gesto a la secretaria para que pasen al despacho.

 Después de ofrecerle sus condolencias a todos, les explica la situación con detalle.

" David es  heredero universal y legítimo de la casa y la mercería, los sobrinos Marcelo y Manuela, por disposición escrita de don Aníbal, percibirán el 80% del dinero que exista en las diferentes cuentas, por designar, de la suma que exista en el momento del fallecimiento, cantidad que percibirán, a partes iguales sus dos sobrinos , Manuela y Marcelo, debidamente establecido en el testamento don Aníbal Fernández, -ahora levanta el notario la vista del testamento, tose para aclararse la voz y reanuda la lectura-. siempre y cuando,  el heredero legítimo, don David Fernández estuviese dispuesto a aceptar los deseos de don Aníbal Fernández y acepte la total propiedad de los inmuebles, es decir, la casa familiar y la Mercería Fernández, -vuelve a carraspear y mira a todos un momento antes de seguir leyendo-, caso de que don David Fernández renuncie a hacerse cargo de dichas propiedades, todos los bienes pasarán a los hermanos Manuela y Marcelo Fernández, sobrinos del finado y la legítima estricta de Don David será abonada en la cantidad que corresponda, en metálico.

Las sonrisas, mal disimuladas de sus primos  dieron a entender a David que ya tenían previsto el desembarco en la casa de sus padres, por eso, sin pensárselo dos veces aceptó la herencia ante la mirada de asombro de los dos hermanos.

"No voy a caer en esa trampa-pensó David sintiendo en su rostro un calor que hacía mucho tiempo que no sentía y una debilidad en las piernas que le hicieron estirarse para sentir la firmeza de una decisión que nunca tuvo en mente-, que reciban lo que corresponda del dinero que mi padre quiso dales por sus cuidados, no discutiré ni un euro pero tampoco  consiento que se rían de mí, haré lo dispuesto por mi padre aunque tenga que afrontar las malas caras de los primos, son los trabajos y lucha de mi padre de toda la vida, los que están en juego"

Se dio cuenta, en cuanto salió de sus labios la palabra "Acepto" que se avecinaban problemas tanto en Madrid como en Salamanca.

"Bueno, bien pensado, lo de Madrid es una mañana movida, alquilar una furgoneta y traer los cuatro chismes, los que no vayan a ser prácticos, que queden en el piso, cancelo el alquiler, me despido de la inmobiliaria y vuelvo a casa como debí haber hecho hace años"

Ese era el reto, volver a casa, había aceptado la herencia de su padre sin detenerse a pensarlo y ahora, el compromiso era, pase lo que pase, poner en valor todo lo que estaba manga por hombro, reformar la mercería y la casa y hacer tabla rasa con la gente que había intentado engañarle. Había sido su padre el que le había forzado a enfrentar una nueva vida en Salamanca. Sí, tendría muchos gastos y, no pocos problemas pero, el negocio, bien llevado, podía ser una nueva forma de vida con la que no contaba.

Entendió que había tomado la decisión correcta al observar la mirada del notario, el apretón de manos, caluroso y largo, lleno de afecto a la vez que observaba las torvas miradas de Manuela, Jonás y Marcelo, que, sin mediar palabra, salió del despacho como un niño enrabietado, casi corriendo.

David recordó que Marcelo había sido siempre un niño consentido y, al parecer, no había cambiado mucho.

A su mente vinieron las conversaciones telefónicas con su padre, llenas de palabras confusas, de cosas no dichas y silencios incómodos. En el fondo de su corazón, sabía que su decisión era una buena forma de hacer  las paces con su pasado.

Quedarse era un reto, una ardua tarea. 

La casa  requería muchas reparaciones,  la mercería necesitaba ser inventariada y acometer un cambio de imagen a fin de atraer a los clientes "de toda la vida" sí, había que modernizarlo todo.

Al correrse las voces de su decisión, la gente comentaba en los corrillos el chasco de los hermanos Fernández, que ya se veían de tenderos adinerados y como, el hijo del señor Aníbal, estaba dispuesto a hacerse cargo de todo, había opiniones para todos los gustos pero, una gran mayoría no daban un cuarto por el éxito de esa decisión.

Fueron días solitarios y difíciles, ya no quedaban amigos ni familiares que lo acogieran con cariño. Solo  sus recuerdos en las paredes vacías de su hogar de la infancia.

Los primos, al ver que se ponía manos a la obra,  intentaron persuadirle de que él no estaba preparado para vivir de una tiendita, que lo que le convenía era  vender. Llegaron a ofrecerle una cantidad considerable de dinero, pero David, ahora, no estaba dispuesto a desprenderse de su legado familiar.

Las noches en vela le hicieron descubrir por qué su padre había insistido en mantener la mercería abierta hasta el final, y, poco a poco, tomó conciencia de que aquel era su lugar.

Al poco tiempo, la Mercería Fernández ofrecía productos que no se encontraban fácilmente en otros lugares, los amigos de antaño volvieron, se fue formando un ambiente acogedor en torno a aquella nueva tienda que atesoraba cualquier cosa que se pudiese necesitar, pronto, la Mercería volvió a cobrar nueva vida y con ella, David, que ya no era un simple vendedor de pisos y locales comerciales sino un empresario que iba teniendo un nombre en Salamanca.

Nunca volvió a tener una relación con sus primos mas allá del "Hola" y "Adíos", sentía que había encontrado su lugar y estaba dispuesto a echar raíces. Con el tiempo se dio cuenta de que aquella casa destartalada se iba convirtiendo en un hogar.

Casi sin darse cuenta, fue entendiendo lo que su padre quería. que no era otra cosa que darle la oportunidad de redescubrirse a sí mismo. A través de ese proceso de reconstrucción y sanación, "Sí, esto es lo que quería decirme mi padre, esta era la herencia que me estaba esperando,  una herencia  de fortaleza para enfrentar y superar los desafíos de la vida.

 

 

 

 

 

 

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