ROBO EN LA CARRETERA

 

ROBO EN LA CARRETERA

                        Pepe RAMOS



    Acaba de llamar el joven que cité para que se encargase de adecentar el jardín de mi casa, al parecer, no puede venir hoy, se ha quedado dormido tras una noche de copas y no se atreve a conducir.

     La llamada me trae a la memoria el robo que sufrí el año pasado cuando iba a entrevistarme para el trabajo que ahora tengo. ¿Cómo voy a poner inconvenientes a ese pobre chico cuando yo había pasado por algo tan absurdo como que me robaran por pararme a intentar arreglar el coche en un recodo de la carretera?. 

    Lo que ocurrió, visto desde fuera, puede parecer absurdo, yo, iba conduciendo mi viejo Seat con la esperanza de encontrar un empleo que me sacase de la apatía y la abulia en que me había metido un paro de seis meses, con los disgustos que ello conlleva conduce a muchas cosas, entre otras tener que andar de fiado en todas partes. Pero aquel empleo me iba a sacar de apuros, me daba buen filin, el único problema era la distancia pero, después de tanto tiempo esperando, cualquier cosa me parecía extraordinaria.

    Estaba dispuesto a aceptar aquel trabajo, era cuestión de asimilar la distancia que, visto con buenos ojos, tampoco era tanto, cincuenta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, y no había que hacer ningún cambio, si me aceptaban, María podía seguir donde estaba, los niños seguirían el curso sin cambiar  de colegio, ni de amigos, total, madrugar un poco todas las mañanas y volver a casa a eso de las ocho.

    El tráfico era fluido y mi mente divagaba entre los temas que discutiríamos, horarios, sueldos, posibilidad de ascenso, vamos, lo de siempre, había tenido ya cuatro entrevista fallidas, no es fácil encontrar trabajo en estos tiempos cuando rondas los cincuenta años, y el rechazo de una y otra y otra entrevista mina la autoestima y produce mucha tensión.

    Estaba absorto en estos pensamiento cuando sentí una vibración extraña en el coche. En principio, era algo casi imperceptible pero, a los pocos minutos, fue a más, por eso pare en el  arcén temiendo que alguna rueda tuviese problemas, bajé y estaba aflojando la rueda trasera derecha temiendo algún posible pinchazo cuando escuché pasos a mi espalda, levanté la vista y vi a un hombre que venía hacía mí. Vestía ropa informal, pantalones vaqueros, camisa blanca y zapatillas de deporte, se cubría  con una gorra de béisbol, sonreía.

    —¿Necesitas ayuda? —preguntó amablemente.

    Agradecí su oferta, pero seguí intentando retirar la rueda para revisarla, el hombre no hizo caso a mis palabras y comenzó a acercarse más y más, fue visto y no visto, sentí el tirón en mi bolsillo y antes de que pudiera soltar las manos de la rueda, él corría hacia su coche.

    Intenté salir tras él pero fue inútil, el hombre arrancó y desapareció en un santiamén carretera adelante.

    Antes de seguir con la rueda, me embargó el miedo, revisé mis bolsillos y, efectivamente, me faltaba el billetero y el móvil. En el billetero había documentos importantes y, el móvil, como todos, contenía mucha información sensible y todos mis contactos aparte de las fotos de familia.

     Durante unos minutos me dejé llevar por la impotencia, luego, con torpeza fruto de los nervios, coloqué lo mejor que pude la rueda y subí al coche.

    En aquel momento no vi otra salida que seguir adelante y buscar ayuda en la primera estación de servicio que encontrase, no quería pensar en el ruidito ni en la rueda, tenía que arriesgarme, salir de allí en busca de ayuda. solo eso, llegar a la primera gasolinera que encontrase y allí pedir ayuda, no quería dejarme arrastrar por el miedo de circular con un coche que podía estar averiado sin documentación, ni móvil, ni dinero.

    A los pocos minutos vi un cartel indicando una estación de servicio. Entré rápidamente y me dirigí a la tienda, cuando  expliqué lo ocurrido, el empleado, pareció no creerme, se me quedó mirando unos instantes. después, sin decir una sola palabra, me prestó su teléfono, llamé a la comisaría de policía para denunciar el robo, cancelé la tarjeta y avisé a la empresa donde me esperaban para la entrevista, lo entendieron porque no pusieron ninguna pega a posponer al día siguiente la entrevista con un "lo sentimos, joven".

    Cuando, minutos más tarde, llegó la pareja de la Guardía Civil, se limitaron a tomar nota de cuanto les decía sin hacer ningún comentario, me pidieron que dejase allí el coche y me condujeron a la Comisaría donde me tomaron de nuevo declaración y amablemente me condujeron a casa.

    Cuando comenté a María, sin entrar en muchos detalles, lo que me había pasado y que estaba sin dinero, ni documentos, ni móvil pero que al día siguiente tendría la entrevista de trabajo prevista para hoy y que, posiblemente, el coche tendría alguna avería María, bostezando, me dijo sin levantar la voz: "Anda, date una ducha mientras caliento algo de cena, mañana será otro día", yo, agradecido, me acerqué a ella para darle un beso, me hizo una cobra y se fue a la cocina.

    ¿Cómo no voy a entender que un joven se quede dormido después de una noche de copas?

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