LA VUELTA A CASA -CUENTO-





La vuelta a casa
José-Luis RAMOS

Habían sido veinticinco años, toda una vida de lucha, de esperanzas e ilusión para sacarlo a flote hasta el día en que, a los postres de la comida de domingo, como si hablase de las notas de un examen, de una excursión o de la última chica que había conocido, comentó, de pasada, sin dar más detalles.
-Papás, he pensado que ya es hora, me han aceptado en una empresa de Granada y he aceptado...
Fue el padre el primero en responder, siempre era él quien llevaba la voz cantante en casa, yo, con las lágrimas picándome los ojos, sonreía.
-¿Estás seguro? ¿Lo has pensado bien? Necesitarás algún dinero... para los primeros gastos, de habernos advertido... en fin, no sé lo que habrá en casa...
-Sí papá, estoy seguro, es mi oportunidad... y por el dinero no te preocupes, con quinientas pesetas o así me arreglo... de momento.
Eso fue hace cinco años, un abrazo en silencio, luego, en su habitación, con esa música infernal durante un rato, para salir con una mochila al hombro, como un hippy, eso dijo su padre, como un hippy y ahora, después de un silencio tan largo, llama diciendo que vuelve, por poco tiempo, dice, y con los suyos ¿los suyos no éramos nosotros?

Han sido cinco años, cinco años de silencio, de ausencia de noticias, de ver pasar las horas mirando a la ventana por si acaso y pensando:
“No hay noticias, mejor, eso es una buena noticia”.
Y de pronto.
La llamada agobiante, la inminente presencia de Román en la casa, con los suyos, porque en ese lustro que al menos para mí fue un tiempo agónico, él, prescindiendo de todo, había hecho “su vida”, se casó, y tuvo un par de críos...
Y ahora volvía a casa, según dijo, solo por algún tiempo.
-Ya sabes, mamá, la crisis, las deudas, el mundo que se hunde… Vas a ver mamá, vas a ver,  en cuanto me paguen los trabajos… en cuanto…
No quise seguir escuchando, Román hablaba y hablaba mientras yo iba pensando cómo podía decirle a Antonio que Román regresaba… con una mujer y un par de críos. Por eso, sorbiéndome las lágrimas decidí que Antonio no sabría nada hasta el último momento, y a Román le dije lo único que una madre puede decir en estos casos.
-Nada Román, cariño, no te agobies, dime cuándo llegáis e iremos…
-No sé, tal vez mañana… o pasado… solo llamaba para saber si…
-¡Qué cosas tienes, hijo! Encantadísimos… Prepararé tu cuarto… y para los niños…
-Nos apañaremos como sea,  va a ser por poco tiempo.
Vinieron aquel fin de semana, el sábado, ¿o fue el viernes? No recuerdo… Han pasado dos años y aquí están. Antonio se marchó nada más verlos y, a imitación del hijo, no ha dejado ni rastro ni recuerdo.
Los niños, son divinos, un primor, pero, ya se sabe,  niños.
A Judit, la nuera, no la entiendo, deambula por la casa lo mismo que una sombra, apenas habla, vive pendiente del teléfono, cohibida y como ausente…
Román, embebido en sus cosas, no sé si es consciente de que  sufro, no dice nada; de vez en cuando, cuando saltan los nervios, por los niños, por la ropa tendida, porque se quemó el puchero, por cualquier cosa, o sin ningún motivo, dice que es cosa de unos días, que si todo va bien, los asuntos que se trae entre manos pueden resolverse de un día para otro, que solo es cosa de tener paciencia…
A veces, sola en la cama pienso.
“Y si, como dice Román, esto se arregla ¿cómo me quedo yo? ¿Qué soledad me espera sin  Antonio?

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