UNA HISTORIA PARCIALMENTE VERDADERA

 


                                               José-Luis Ramos

Hace unos días me hizo mi nieto Victor una entrevista por videollamada sobre la educación en mis tiempos de infancia y yo, le contè sin cargar las tintas que antes de entrar en clase formábamos en fila por cursos y ante la bandera con el escudo, a la orden cada día de un profesor, cantábamos el CARA EL SOL

“Cara al sol, con la camisa nueva, que tú bordaste en rojo ayer”

Y el pobre chico –hay que entenderlo- se llevaba las manos a la cabeza diciendo

-No puede ser, abu, no puede ser…

“Un momento Pepe, que no has dicho ni quién es ese Victor, nieto tuyo, ni por qué te hacía una entrevista por videollamada”

-Ah, perdón, retrocedo.

Mi nieto Victor es estudiante de Magisterio en Gerona –la tierra en la que, en su día, fue alcalde un tal Puigdemont y que, en consecuencia lo de la España de los años 50 les interesa mucho para denigrarnos con eso de “España nos roba”, pero yo no pensé en eso, me lo dijo él, que con 20 años es graduado en Arte y ahora va por el Magisterio con entusiasmo por la docencia.

- Perdón, otra vez que me voy, es que, cuando hablo de mi nieto se me nota mucho eso de que siendo catalán de nacimiento quiera más a España entera que al trocito de Cataluña en el que vive. Sigo:

Le conté lo de la cola del recreo con la leche en polvo de la ayuda americana y el queso amarillo y que yo, el Fatty del curso, siempre repetía, es decir, que me ponía en la cola dos veces.

-¿Abú, esto es importante ,de los profesores, ¿Qué puedes contarme?

Pues, que había de todo, era el Ladrillo a ladrillo del barrio de Prosperidad y allí conocí y ha sido mi amigo hasta su muerte, a don

 

 

Manuel Marcos Martín, que era el padre del oftalmólogo Manuel Marcos Robles.

Este señor, don Manuel, el padre del famoso oftalmólogo y de otros cuatro o cinco hijos más se hizo maestro porque su novia era maestra y echándole horas de día y de noche lo consiguió también.

Don Manuel era un profesor muy humano y eso, en aquellos años 50 era mucho, hacía y reparaba aparatos de radio, de esos de bombilla grande como la radio SONATA de cuatro teclas blancas que teníamos en casa para que mi madre y la abuela oyeran las novelas de Guillermo Sautier Casaseca y Rafael Varón.

-Pero, abu, ¿no te has ido otra vez?

-Sí, hijo, sí, es que mi memoria ya no es la que era.

-¿Cómo eran las clases entonces?

-Pues, te diré, la Historia y la Geografía bien, la lengua, regular, pero lo que me gustaba mucho era la prueba de cálculo de los viernes.

Por ejemplo, decía el profesor. 7x3+2-5x9 y tenías que cantar el resultado, y si no lo dabas, a la cola y otra vez, eramos grupos de diez o 12 cada vez y tan pronto estabas arriba como abajo.

-Bueno, abu, vamos a dejarlo porque no sé si cuando lolea mi profesora me van a creer.

-Vale, mi niño, otro día seguimos. ¿Te ha servido de algo?

-Sí, abu, pero me huelo que esto que me dices se parece mucho a los cuentos que escribes para Julia y Olmo.

-¡Qué sí, Victor, que es verdad, y mucho más que me cayo, como la cola doble cuando ya estaba en bachillerato en María Auxiliadora.

-Y esa cola doble ¿qué era? Pues sí había algo negativo en la semana, un suspenso, o llegar tarde a clase o te habías peleado con alguien, la segunda fila con lista de nombres y en fila íbamos a Estudio las dos horas de la película de El Gordo y el Flaco, Tarzán de los monos, o la Mula Francis o el perro Rin Tin Tin que tanto nos gustaba.

-Abu, te tengo que dejar, tengo que hacerme la comida u fregar porque he quedado con Rosa para ir por ahí.

-Besos, mi niño, disfruta lo que puedas, gracias por escucharme.

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