Una mala noche
Una
mala noche.
Claudio recibe, con extrañeza, el
silencio de la casa vacía, no suele
demorarse, pero hoy se entretuvo preparando las declaraciones del IVA y
rematando pequeños detalles de fin de mes.
Al abrir la puerta con su llavín,
percibe la oscuridad y el sofocante calor de la calefacción al máximo. No le
parece normal, pero tampoco demasiado extraño, Laura no está en casa, a
veces sube a echar una mano a Concha, la vecina del cuarto, siempre agobiada con
los niños.
Deja el abrigo y la bufanda en el
paragüero de la entrada y pasa al salón.
Las persianas están subidas, Laura,
siempre tan detallista, las hubiera bajado hace horas, "puede que Laura haya salido a media tarde" -piensa Claudio- Enciende la luz, baja la persiana y, automáticamente,
pone la televisión.
Deja pasar el tiempo sin
prestar atención a la tele, empieza a sentirse impaciente, sin saber por qué, salta del sillón y retrocede hasta la entrada para comprobar que el teléfono parpadea. Descuelga el auricular y escucha.
.
“Tiene un mensaje nuevo. Mensaje
número uno, recibido el día 30 de marzo
a las 17,32. “Hola Claudio, seguro que te ha sorprendido no verme
en casa, lo siento, cariño. Escucha. Me he ido, tenía que haberlo hecho hace
tiempo, lo nuestro era todo menos un matrimonio... No volveré, no me busques,
no andes molestando a nadie. Ya
apareceré cuando Dios quiera... Te quise mucho...”
Tras
una leve pausa, cuelga el auricular, lívido, lentamente, vuelve al salón, se sienta en el sofá-cama, apaga el
televisor e intenta pensar. No entiende nada.
“¡Qué extraño!, Laura no habla así
nunca, tal vez quiere darme un toque
de atención... Cuando recapacite, volverá" -se rebulle-. No, Claudio, no, se ha ido, bien
claro lo ha dicho... “No andes molestando a nadie”.
Pasa a la cocina, se prepara un café
y un bocadillo de chorizo, Laura no le deja comer chorizo, por el colesterol,
pero ahora no está para reprenderle. Con el bocadillo y el café en un plato
vuelve al salón.
Mientras hace un amago de cena, sigue dando vueltas a
sus pensamientos.
“¿Dónde diablos puede haberse
metido? Y, sobre todo. ¿Por qué? Bueno, como ella misma dice, ya aparecerá
cuando Dios quiera. Tranquilo, Claudio, será una de sus pataletas, ¡déjalo
estar!”
Opta por no acostarse, busca una
manta en el armario del dormitorio y se acomoda en el sofá-cama a esperar. A
los pocos minutos duerme plácidamente.
Le despierta el estridente
repiqueteo del teléfono. Desconcertado, sin siquiera meterse los zapatos, corre
hasta la entrada, dándose golpes con las paredes por no pararse a encender la
luz. Descuelga y escucha en silencio durante unos segundos.
Una voz ronca, antipática, dice
lacónicamente.
-¿Es usted Claudio Martín?
-Sí, soy yo... Dígame.
- Su esposa está en el Hospital
Clínico. ¿Puede venir al servicio de Urgencias..?.Pregunte por el agente
Robles. Le estaré esperando.
“Pero, mi mujer... está...”
El sonido del teléfono al colgarse
fue la única y dura respuesta.
Diez minutos después baja del taxi
frente a la entrada del Hospital.
Dos coches patrulla, aparcados frente a la puerta le hacen
sobrecogerse. Pasa precipitadamente al mostrador dónde una adormilada joven de
bata blanca y cuello azul le indica, tendiendo su mano derecha, la esquina
donde fuman, aburridos, dos hombres
sentados sobre unas camillas.
“¿Cómo sabe esa mujer quién soy y qué busco? Bueno, a estas horas... Con todo
esto vació... No es tan difícil”
El más joven de los dos hombres sale a su encuentro tendiéndole la
mano.
-Agente Robles, ¿Claudio Martín?
Su asentimiento basta para que el
hombre le tome del brazo empujándole hacía el pasillo con aire triste.
-Dígame. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está
mi mujer?.
- En unos minutos le pondrán en
antecedentes... Sígame.
El otro hombre, que se había
quedado rezagado, se une a ellos en silencio.
El agente comienza a hablar con parsimonia.
- Entre
sus ropas... ¡Qué le ha ocurrido a Laura? ¿Está...?
-Sí, lamentablemente, ha fallecido...
–responde algo huraño sin dejar de caminar - el doctor Aguirre le dará los
detalles...
-No puede ser... Me dejó un mensaje... decía
que no la buscase... que ya aparecería ella cuando...
Su interlocutor le mira en silencio mientras caminan por un largo pasillo, sus pasos suenan en el silencio de la
noche, el otro hombre, cabizbajo, les sigue a prudente distancia. Tras un
nervioso golpe con los nudillos, pasan a un despacho donde les aguarda un
hombre mayor, de pelo cano, muy delgado, que viste una bata blanca. Parece
cansado o distraído, le tiende la mano en su
saludo cálido y cordial.
- Señor Martín, su esposa ha aparecido... está en el depósito.
Claudio
siente un desfallecimiento que el agente evita sujetándole por los hombros, el rostro de Claudio es un poema, está súbitamente blanco, un sudor frío
recorre su espina dorsal, entre el agente y el doctor lo arrastran a una butaca. El doctor se muestra impresionado ante el terrible impacto de sus
palabras, se apresura a decir.
- Créame
usted, señor Martín, lamento infinito ser portador de tan desagradable
noticia... Pero, los hechos son tozudos. ¿Tiene la amabilidad de acompañarnos..?. Es necesario que la
identifique.
Claudio, entre los dos hombres, camina de nuevo por el largo pasillo en dirección contraria mientras piensa: “¿Y ese tipo que pinta aquí? ¿A santo de qué tenía Laura
su dirección...?”.
Claudio, al entrar en aquella sala de azulejos blancos y camillas cubiertas apenas logra eludir el impacto de su rodilla izquierda con una camilla que un hombre calvo y grueso arrastra hacía ellos.
Se hace un silencio que, en aquel lugar tan lóbrego, sobrecoge todavía más. Una sábana blanca cruzada de grandes
letras grises muestra el rótulo de “Seguridad Social” y, bajo la sábana, el bulto de un cuerpo, Claudio sabe que es Laura, traga saliva y mira a los dos hombres con inquietud, sin decir palabra, el doctor
corre ligeramente la sábana dejando al descubierto el rostro de Laura, los ojos
desorbitados, la piel amarillenta, el cabello formando caprichosas figuras de
esparto sobre la cara. Claudio se limita a asentir con la cabeza ante la mirada
inquisitiva del doctor.
- Este es el momento que hubiera querido evitar siempre, no me acostumbro a ver los ojos de las personas que deben dar fe de que el fallecido es un ser querido, no puedo, ¡es algo tan antinatural...!, pero, la ley obliga a que... en fin, era
necesario...
Claudio traga saliva y asiente, luego, con voz extraña, afirma.
- Sí,
comprendo...
El doctor
cubre de nuevo el rostro y, el hombre calvo y gordo, con movimientos certeros hace la maniobra para introducir de nuevo la camilla en la cámara
frigorífica.
De nuevo la presión en los codos, le traen y le llevan como a un autómata. No puede entender lo que le está pasando, necesita salir de aquel mal sueño, necesita que alguien le explique, saber por qué, que llevó a Laura al frío de aquella sala, persiste la opresión en el pecho, la sequedad de su garganta, por eso, solo por eso sabe que es cierto, que aquel es el cuerpo inerte de Laura. "¿Sería eso lo que anunciaba
en el mensaje del contestador?” “... "No volveré nunca, no me busques, no
molestes a nadie. Ya apareceré cuando Dios quiera...”La voz de Laura resuena en su cabeza como a martillazos.
Es de nuevo
es el doctor quien, con un amable gesto de la mano, ya en el despacho, le indica que tome asiento
frente a él.
El agente
y aquel hombre quedan a su espalda, nota su presencia aunque no puede verlos.
Toma asiento, respira hondo, consulta su reloj. “Las cinco y cuarto. ¿Qué hora
sería cuando llamaron? ¿Las tres y media, las cuatro?”. Cierra los ojos, no
quiere pensar, "Tendre que dar explicaciones, quizá intenten
sonsacarme cosas de nuestra convivencia, me agobiarán con preguntas pero eso, ya no
importa. ¿Qué pueden hacerle ya?" No teme nada. Le molesta verse observado,
mostrarse débil, indefenso, sentir ante extraños esa extraña sensación de
angustia.
“No debo
hacer cábalas, es probable que el doctor sepa ya qué es lo que ha ocurrido,
¡pobre Laura! ¿Qué extraña locura le dio?”.
El doctor
mira al agente, luego al hombre que aún no ha abierto la boca, busca datos en unos
papeles que tiene sobre la mesa y tras un leve carraspeo, pregunta a Claudio.
- Cuándo
descubrió la ausencia de su esposa ¿Qué
hizo usted?
- Verá usted, doctor, -comienza Claudio a hablar muy bajo, casi susurrando- Llegué a
casa a eso de las nueve o nueve y media y sí,
me extrañó que no estuviese, pero pensé
que habría ido a visitar a Concha, la vecina del cuarto, solo al ver que
tardaba, escuché el contestador y, sí, aunque no solía hacerlo nunca, había dejado un mensaje, no solía hacerlo... Bueno, en realidad... No sé,
estaba acostumbrado a que cuando llegaba yo estuviese Laura en casa.
El agente
interrumpe sus palabras.
- Y
dígame. ¿Guardó el mensaje o lo borró?
- Lo
guardé, no sé, estaba inquietó,
pensé comentarlo con ella a su vuelta, por eso no lo borré... Pueden ustedes
oírlo cuando les parezca... ¿Cómo iba yo a pensar...?
Es ahora
el doctor quien interrumpe.
- ¿Dedujo
usted por sus palabras que estuviera... ¿Cómo le diría yo? Deprimida, triste...
¿Habían discutido? No es preciso que conteste, no es un interrogatorio. ¡Faltaría más!
- No, a
decir verdad, nosotros no discutíamos, a lo más algún silencio, pero
discutir.... Nunca. Perdone pero, no puedo hacerme a la idea de que...
El doctor
agita los papeles que tiene sobre la mesa y señalando al hombre que hasta
entonces ha estado en silencio, pregunta a bocajarro.
- Y usted...
Dígame, ¿Había discutido usted con la finada?
- Verá
usted, doctor, Laura y yo... salíamos juntos... ¡Ya me entiende! Si se refiere
a si habíamos roto, no señor, ella parecía estar mal últimamente, hablaba de
que cualquier día iba a hacer un disparate, que aquello no era vivir, que... En
fin, me resulta muy violento hablar de estas cosas con ese señor delante... Hoy
teníamos que habernos visto... A las cinco, en mi casa, como cada martes,
pero... ¡No apareció!
Claudio
mira al doctor y con un gesto de impotencia dice en tono de súplica.
-¿No creen ustedes que esto es demasiado?
¿Tengo que pasar por esto también?
- Tiene usted
toda la razón, Claudio, pero – agita los
papeles como un abanico – estamos aquí para descubrir, si es que somos capaces,
qué impulsó a su esposa a acabar con su vida... De este informe se deduce que
tomó un taxi, como, según parece, solía hacer cada martes, pero en lugar de
dirigirse a casa del señor Barrado, por motivos que se nos escapan, pidió que
la llevasen a las inmediaciones del pantano de Santa Teresa con la intención de
arrojarse al vacío, y lo hizo, falleciendo ahogada, a juicio del forense, a las seis y nueve minutos de la
tarde de ayer. De todos modos... Si había tomado la decisión de suicidarse...
¿Qué la indujo a llevar en su bolso la tarjeta de ese señor? Lo lógico sería que llevase su D.N.I... A no ser
que...
El agente,
con una sonrisa de oreja a oreja, afirma.
- A no ser
que ... la mala conciencia la llevase a querer inculpar a su amante y delatar
ante su esposo que no era quien él había creído. O quizá...
El doctor
asiente con la cabeza, todos se miran de hito en hito.
- Creo,
señores –dijo el doctor juntando las palmas de sus manos como si fuese a dar
una palmada – que podemos dejar el asunto ahí, ¿No creen? Haga el favor de indicar al señor Martín los trámites a seguir en estos casos y, por mi parte, caso cerrado.
-Sí, doctor, de inmediato. -respondió el agente.
El
silencio que siguió a sus palabras, denso, agobiante, fue interrumpido por unos
golpes en la puerta y el sonido de las chanclas de una joven que, sin mediar
nada, dejó unos papeles sobre la mesa y dio media vuelta para cerrar de nuevo
tras de sí.
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