EL HOMBRE DE LA GABARDINA

 

El hombre de la gabardina

Pepe Ramos

 

No entiendo muy bien por qué pero, últimamente, me ha dado por buscar personajes reales para mis relatos y éste extraño caballero al que sigo da el tipo de lo que estoy buscando. ¿qué lo destaca de otros? ¿quizá me  ha sorprendido su vestimenta propia de otros tiempos? Puede ser… Lo que no cabe duda es que este interés por descubrir personajes reales terminará trayéndome problemas.

Son las once de la mañana cuando  me plantifico en el escaparate de Anamont, una tienda de ropa que solo vende prendas de marcas como Burberrys a precios inalcanzables, al menos para mí y es en ese momento cuando ha aparecido el hombre mayor, debe tener alrededor de  setenta y … sombrero gris, gabardina a juego,  larga, ceñida a la cintura al estilo francés, tiene una larga pelambrera blanca y muy larga al estilo de Búfalo Hill, zapatos negros.

A simple vista se adivina un hombre de clase acomodada, barba blanca, delgado, lleva los guantes, de cuero negro en su mano izquierda y en la derecha, la cadena de un perro pequeño, canela, de patas muy cortas, tipo salchicha, cubierto con abrigo marrón. Solo se le ven las patas, el pequeño rabo y la cabeza.

Caminan por la acera en dirección a la pequeño pequeña plaza, lenta, parsimoniosamente, los movimientos del hombre son, sorprendentemente,  firmes, cabeza erguida.

Le sigo con la mirada hasta que desaparece tras el escaparate de Módulo.

         Decido caminar hacía allí, distraídamente, necesito comprobar si va a pasear al perro  en torno a la iglesia o seguirá calle Toro adelante en dirección a la Plaza Mayor.

         El perro está suelto y corretea a sus anchas entre los bancos y los árboles, el hombre, sentado en un banco,  fuma plácidamente un cigarrillo con la mirada perdida, sonríe…

 El perro  se para ante un árbol, sin duda considera que es el momento y el lugar más adecuado para hacer sus necesidades.

El hombre lo observa,  espera unos minutos, después, lentamente, con movimientos cansinos,, extrae una bolsa negra del bolso interior de su gabardina,  recoge los excrementos, da la vuelta a la bolsa y la deposita, cuidadosamente, en el contenedor de basura de la esquina.

Busca en un bolsillo hasta que, aliviado,  extrae un pequeño frasco con el que se desinfecta las manos.

Guarda el frasco,  abrocha la gabardina, se ajusta el sombrero, respira hondo un par de veces y  llama al perro con un leve silbido. Cuando éste acude,  le coloca la cadena y vuelve sobre sus pasos.

 ¿Me ha extrañado que se desinfecte las manos? No lo sé, pero es evidente que ese gesto es habitual en él, por eso, me ratifico en la idea de que este hombre es de esa clase de personas que mantienen comportamientos y actitudes de otros tiempos.

Cuando llego ante la fachada de la casa donde hombre y perro han desaparecido advierto con sorpresa una pequeña placa dorada adosada sobre la pared.

CIPRIANO DE LAS HERAS, TAXIDERMISTA

¿Será  este rótulo del hombre de la gabardina?  ¿Por qué no?

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