HAMELIN DEL RIO -

 

HAMELIN DEL RIO.

Hamelín del Rio era un pueblo importante por sus cueros y curtidos de piel, hasta que ocurrió lo que ocurrió y fue noticia que, como la falsa moneda, corrió de boca en boca 

El que Hamelin del Rio estuviese tan cerca del Tormes favorecía para que los ricos ganasen mucho dinero, los ricos eran muy ricos y los pobres, mucho más que pobres. Y el que los ricos quisieran ser mucho más ricos les perdió porque pidieron terrenos al alcalde que no se podía negar porque  ellos eran los que lo habían puesto de alcalde y les dió el permiso para edificar en las tierras que daban al Tormes.

Lo que pasó fue que al profundizar tanto encontraron... ratas, ratas gordas como palomas... y cuando los obreros se vieron rodeados de ratas por todas partes y en medio de aquel agua espumosa y negra, subieron a toda prisa a la superficie sin entretenerse en quitar las escaleras, ni los andamios, ni nada, y las ratas subieron detrás  como una procesión hasta que todo Hamelín quedó cubierto de ratas y los ricos, al verlas, cogieron sus coches y se fueron al bosque a esperar que todo aquello pasase y allí estuvieron unos días pero el hambre los hizo volver y para entonces, los pobres, que no tenían nada que llevarse, se fueron del pueblo carretera adelante escapando de aquellos bichos.

Cuando volvieron, se encontraron con que las ratas se habían comido todo, faldas, blusas, pantalones, zapatos, puertas, ventanas, mesas, sillas, cercados, todo, hasta los jamones, los chorizos, los quesos, el membrillo, sobre todo el membrillo, habían dejado berretes de membrillo por todas partes porque se colaron en la fábrica y arrasaron con ella, y al ver todo aquel desaguisado, los ricos,  muy enfadados, fueron a ver al alcalde y le dieron un ultimatúm, "O desaparecen las ratas del pueblo o tú dejas la alcaldía porque eres un malaje que nos has engañao".

El alcalde, QUE ERA UN COBARDICA, Y que era carpintero, ya se veía detrás de la garlopa y lleno hasta arriba de serrín y, tras  toser un poco, para tener tiempo de pensar ,dijo:

"Señores Hamelinenses, como alcalde vuestro que soy, y en defensa de vuestros dignos intereses, os prometo solemnemente que, el vecino o la vecina que sea capaz de echar del pueblo a esos roedores, aquí ,todos se echaron a reír-, recibirá de las arcas del ayuntamiento la cantidad de mil monedas de oro. He dicho"

Al día siguiente, el alguacil, colocó en todos los árboles, puertas, fuentes y bancos de Hamelín un bando en el que se ofrecía ese dinero y estuvo allí, al sol, a la lluvia y al vientos días y días y, cuando ya se estaban haciendo a la idea de que si querían deshacerse de las ratas, se las tendrían que comer, un joven, muy bien plantado, con una pluma de faisán en el sombrero, se personó en el ayuntamiento solicitando hablar con el alcalde. Cuando lo tuvo delante, tras quitarse el sombrero y hacer una reverencia, dijo:

-Señor alcalde, he leído  que usted ofrece mil monedas de oro a quien les libre de las ratas y aquí estoy yo, dispuesto a cumplir ese encargo a cambio de la bolsa con las mil monedas de oro...

El alcalde vio que era, un poco tirillas, un poco... en fín, que no aguantaría una bofetada y  muy poca cosa para una misión tan grande, por eso, medio en serio, medio en broma dijo:

-De acuerdo, jovenzuelo, de acuerdo, si consigue librar de ratas todo Hamelín, recibirá esa bolsa de la que habla. Prometido. Y cuando dice una cosa este alcalde que le habla, es como si ya tuviese usted en su poder las monedas. ¿Entendido?

-Entendido, señor alcalde, pero, cumpla usted su promesa o de lo contrario... se arrepentirán tanto usted como el pueblo de Hamelín.

-No tendrá usted motivo alguno de queja, este alcalde es famoso por su honorabílidad...

Y así quedó concertada la cosa, y en cuanto el joven salió a la calle, comenzó a tocar una flauta que sacó del bolso de la chaqueta y empezaron a aparecer ratas por todas partes, los que lo vieron de esa guisa salieron corriendo espantados, pero él siguió tranquilamente tocando la flauta camino del río y una hora más tarde, no solamente no había una sola rata en toda Hamelín y sus contornos sino que hasta el aire era más limpio y a todos les apareció una sonrisa de oreja a oreja y una paz como de niño de primera comunión.

Al día siguiente, el joven flautista, se presentó ante el alcalde, y nadie lo había visto llegar ni entrar en el despacho.

-Señor alcalde, aquí me tiene, vengo por lo de la bolsa de las monedas de oro que me prometió si yo...

El alcalde, que estaba enfrascado en sus papeles, se levantó, se llevó la mano a la tripa para hacer más ceremonioso el momento, y arrancó a reír como si le hubiesen hecho cosquillas media docena de monos.

-¡Qué gracioso, qué gracioso, por una hora de tocar la flauta quiere cobrarnos mil monedas de oro!. ¡Qué dislate!, se da usted cuenta, joven, ¿Cuando se ha visto una cosa así?. Se metió la mano en el bolsillo y sacando cuatro monedas de oro, se las tendió como una propina, pero el flautista, muy enfadado, tiró las monedas sobre la mesa del alcalde y sentenció.

-Señor alcalde, tanto usted como todos los vecinos de Hamelín se acordarán de que usted me engañó, todos los vecinos y además... bueno, ya lo irá viendo.

Salió a la calle y comenzó de nuevo a tocar la flauta y ahora fueron los niños que jugaban en la plaza, los que jugaban a la pelota en la calles, los que tiraban piedras al estanque de la "estrena", una señora que se quedó viuda en su noche de bodas y los que venían del pueblo vecino, todos siguieron al flautista hasta el rio y entraron en él andando tranquilamente, como si el flautista anunciase la llegada del circo al pueblo.

Los vecinos, alertados por el silencio de las calles, salieron tras ellos pero, cuando llegaron al rio, los niños y el flautista ya estaban al otro lado, en la aceña de Ribera del Rio, una tormenta tan grande, tan grande, que no se atrevieron a entrar en el agua y volvieron al pueblo con las cabezas a la altura de la cintura.

Cuando quisieron salir del pueblo, con sus magníficos coches, no pudieron porque, a la salida de los prados se acababan los caminos. Hamelín, se había convertido en un pueblo en medio de la nada.

         

Ahora, cien años después, Hamelín es un pueblo sin nadie, lleno de hierbas y piedras que nadie puede visitar.

En cambio, los niños que habían salido de Hamelín, con el flautista, nada más pasar la aceña de Ribera del Rio, vieron a sus padres, tios, abuelos y otros parientes que vivían felices porque, todos trabajaban en sus oficios y ninguno era rico ni pensaba serlo nunca.

Ribera del Rio fue, y lo es aún ahora, un pueblo alegre, de gente trabajadora que recuerda, porque los abuelos les han contado lo que pasó con Hamelín y no quieren parecerse a esa gente, porque, el egoísmo y la vanidad no caben en Ribera del Rio.

Y colorín, colorado, rojo, verde y morado, este cuento... se ha acabado.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EN UNA TARDE DE TORMENTA

COSI, la gatita que soñó ir a la Luna

España en 2074, filantropia o dictadura moral.