SE FUNDIÓ EN NEGRO.
Se fundió en negro.
Un cuento de PEPE RAMOS
Nunca supo nadie más de él, cayó en un oscuro pozo sin fondo. El accidente dejó otros dos heridos, media hora antes, aquel hombre silencioso les había abierto la puerta para que subiesen.
Las heridas habían sido de poca gravedad, traumatismo craneoencefálico y contusiones de poca importancia. Unas horas en observación y les dieron el alta con el regocijo de sus familiares que esperaban con impaciencia en los pasillos.
Poco pudieron contar a la policía cuando les interrogaron.
"El hombre no habló en todo el rato, les había recogido media hora antes en medio de la niebla, una noche de perros, si señor, caminaban en dirección al pueblo y al verlos, les abrió las puertas y dijo:
"Suban"
Eso fue todo, el resto del recorrido en un silencio que se masticaba, de pronto, sin saber por qué, para el coche, sale y abre las puertas, no supimos que hacer, ya le digo, inspector, no abrió la boca, volvió a subir, arrancó a toda mecha en dirección al puente y salimos despedidos hacía los parachoques del puente. Eso fue todo, ah, y que no era del pueblo, desde luego, no lo habíamos visto nunca, eso seguro."
No se hicieron más averiguaciones, un coche que cae al rio, ¡cualquiera sabe dónde puede haber ido a parar!
No puede saberse el tiempo que había pasado aquel hombre sujeto por las piernas a un amasijo de hierros, solo pudieron rescatarlo del rio Urumea, a la altura de Hernani.
Los cuatro pescadores, al ver el montón de chatarra, se pelearon por soltar las redes y lanzarse al agua.
-Pachi, que de esa chatarra nos puede caer una buena peonada, mira las nubes, hoy ni salimos, ya verás.
-Vamos, tíos, pero a partes iguales, no empecemos con gaitas y panderetas, ¡eh!,
Los cuatro se palmearon las manos sellando el acuerdo.
No podían suponer lo que aquel montón de hierros oxidados les tenía reservado.
Tras los cristales del coche, vagamente, divisaron la figura de un hombre que, supuestamente, sería un ahogado.
Se santiguaron ante el hallazgo y con un cuidado inusual en ellos lo liberaron de entre los hierros.
Pachi fue el que advirtió cierto jadeo al recibir al supuesto cadáver, como un costal, sobre su hombro derecho.
-¡Qué puñetas!, este tío no está tieso, me ha echao el aliento y... bueno, que está aún vivo.
Marcial, al escuchar aquello, salió corriendo como alma que lleva el diablo, buscó su americana de cuero y con mucho nerviosismo, sacó el móvil, marcó, empapando de agua las teclas, el único número de hospital que conocía. 943007060.
-Sí, Oiga ¿Es el Universitario Donostia?
Al otro lado le pidieron datos que no entendió y él, se limitó a decir que sí a todo y dio la ubicación del presunto siniestro.
Cuando, diez minutos más tarde, llegó la ambulancia del Hospital, los compañeros de Marcial ya habían depositado al hombre boca abajo en la arena y tras algunas maniobras de primeros auxilios, muy rudimentarias, habían dejado en la arena un charco de agua de los pulmones de aquel desconocido, y, orgullosos, se miraban unos a otros con los ojos brillantes y una sonrisa de triunfo en los labios.
Para nada pensaban ahora en la chatarra de aquel coche lleno de agua.
Los sanitarios se hicieron cargo de la situación inmediatamente, y el médico de urgencias preguntó:
-¿Quién ha sido el tonto de baba que ha llamado por una urgencia siquíatrica? - todos se miraron como al despiste-, Este hombre es un presunto ahogado que, ustedes, con buen criterio, han salvado in extremis de una muerte segura, pero no tiene nada que ver con una atención siquíatrica.
El enfermero -un jovencito de unos veintitantos años, tosió y tocando el hombro derecho del médico, dijo con cierto temor.
-Doctor Mendieta, quizá estos señores han visto en... ese hombre, ciertos síntomas de demencia, en el fondo...
El doctor Mendieta le interrumpió de mal humor.
-Vale, vale, nuestra primera obligación como médicos es salvar vidas...
-...Y este hombre está en las últimas.-terminó la frase el enfermero.
De nuevo, el doctor Mendieta miró al enfermero con cierto enojo.
Sin perder más tiempo, trasladaron el cuerpo a la ambulancia, y sin decir nada más, dejaron a los cuatro pescadores con un palmo de narices.
-Vaya con el Marcial, pos si que hemos hecho una tortilla sin huevos, se lo llevan y ni las gracias.
Marcial hizo intención de volver sobre sus pasos y marchar a casa pero Pachi le sujetó por la pechera.
-Quieto, Marcial, quieto, que no hemos empezao aún, vamos a por la chatarra que es lo que nos calentará las tripas.
-Hombre, yo...
-Tú, nada, utópico, como siempre, con una buena obra ya te das por pagao.
No fue nada fácil arrastrar el coche de entre las ramas de la isleta con la barca, pero lograron sacarlo a tierra y, a la mañana siguiente, el chatarrero que habían llamado, tasó aquella chatarra en 300 euros sin necesidad de pesar nada, así, a voleo, ayudaron a cargar "aquello" en el camión del chatarrero, Marcial cogió los seis billetes de cincuenta que les tendió aquel hombre como con cierta desgana y estaba para metérselos en el bolsillo cuando Pachí se los arrebató de malos modos.
-Esto es p´a t´os... ¿entendido? y somos cuatro, nos sobran dos papeles p´a corrernos una buena farra porque, con esto no cuentan en casa... y es nuestro, de t´os. ¿vale?
-Sabes que, a veces, tienes buenas ideas, Pachi. Y eso que el chatarrero decía que el coche, bueno, la chatarra del coche, no valía nada.
Pasaron seis meses hasta que en el Hospital Psiquíatrico se consideró que el hombre sin nombre tenía que dejar la cama a otro, no tenía nada que ver el hecho de que no supiera quién era, de donde procedía, ni a qué podría dedicarse.
El doctor Mendieta tenía una duda que le escamaba. ¿Por qué aquel hombre no tenía huellas dagtilares y no había forma de sacarlo de aquella amnesia aguda?
El caso es que, por presiones de Administración, se vio forzado a darle el alta y derivarlo a Caritas para que, de algún modo, pudieran darle alguna identificación que normalizase su extraña situación.
Al fin y al cabo, todos los días facilitan papeles a unos jóvenes que llegan en pateras de África y nos parece lo más normal que se inventen nombres, apellidos, edad, familia, origen... etc.
Sentado en un sillón de madera barnizada que cubría la pared de lado a lado y en la compañía de otros diez o doce jóvenes que hablaban otro idioma gastándose bromas y sonriendo con suspicacia entre ellos, probablemente se burlaban de aquel hombre blanco que estaba como ellos, buscando un futuro prometedor.
Sin hacer caso de las posibles burlas, él también, palpándose sus ropas prestadas, sonrió mientras esperaba.
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