EL OSO BONDADOSO.

 

 EL OSO  BONDADOSO.

Del abuelo Pepe para Julia y Olmo.


En aquel bosque de frondosos árboles, que daban una sombra que lo cubría casi  todo, los animales corrían, brincaban, chapoteaban en el agua de un pequeño lago con nenúfares era precioso ver corretear conejos, perdices, patos, monos..., pájaros y águilas entre otros muchos animales, pero había un oso que ni siquiera quería estar entre sus familiares osos, se miraba en las aguas del lago y se veía grande, tan peludo, con unas manos peludas y tan grandes como guantes de boxeo,  le llamaban Bartolo porque le gustaba mucho estar tumbado en la hierba, revolcarse en el barro del lago y romper las ramas de los árboles, morderlas, y asustar a los otros animales usando su pecho peludo de tambor, por eso, procuraban no estar muy cerca de Bartolo, por lo general se apartaban temerosos, ningún animal  quería jugar con él, todos decían que era muy bruto.

Bartolo además, tenía una voz muy  bronca, como los lobos, pero quería, como todo el mundo, tener amiguitos y se ponía triste cuando todos se alejaban de él, muy triste, él quería jugar con los monos, saltar por las ramas de los árboles, correr como los conejos, saltar como los monos de árbol en árbol, pero no sabía, nadie le había enseñado y lo que sabía hacer no gustaba al resto de los animales, les espantaba.

 No sabía qué hacer, se paseaba por entre los árboles durante la noche, resoplando,  lleno de pena.

Un día tuvo una idea, necesitaba ayuda, necesitaba a alguien que le enseñase a jugar con los otros animales, a saltar con los monos, a volar con los pájaros, a corretear como los caballos enanos entre las charcas del lago.

“Voy a hablar con… con quién?...La oruga no quiere estar cerca de mí, teme que lo aplaste, la garza, sí, la garza me explicará qué puedo hacer porque si no… Y es que, la garza no me tiene miedo.

 

Bartolo esperó toda la noche a que llegase la garza, que era la más madrugadora del bosque, un poco atemorizado, se acercó a ella y con voz lo más dulce que pudo le preguntó:

-Amiga garza, ¿querrías hablar conmigo un ratito? –Y la garza respondió: 

-No debería, nos tienes a todos asustados, hasta hemos pensado cambiar de bosque para no cruzarnos contigo pero… esa voz de súplica me hace pensar que tienes intención de cambiar…

-Sí, exacto, eso es, amiga garza, esa es mi intención, yo también estoy muy triste porque mis cosas os asustan...  pero, es que yo, si no me revuelco en el barro, si no hago el tambor, si no grito un poco… como que me parece que no soy un oso fuerte, vamos como se espera que sea un oso que se precie, mis papás me enseñaron así y yo…

La garza le escuchó atentamente y por fin, después de meditar un poco le dijo: 

-Bartolo, tienes que hacer  cosas distintas para ser aceptado por los demás, necesitas controlar tus instintos y comportarte imitando el comportamiento de los otros… La amistad y la aceptación no llegarán si continúas asustandonos a todos.

El oso asintió con la cabeza y le prometió  que iba a cambiar, que se iba a observar lo que hacían los otros animales para imitarlos.

 Desde ese día dejó de romper ramas de los árboles, a caminar suavemente para no asustar a los demás animales. También  empezó a cuidar su apariencia. Pero el resultado fue que todos los animales se reían de él y le empezaron a llamar “El oso payaso” pero, poco a poco, comenzaron a notar los cambios de Bartolo y ya no se asustaban al verlo. Al contrario, lo saludaban con una sonrisa y comenzaron a confiar en él.

 Bartolo estaba muy asombrado, había descubierto que sabía reír, que sabía estar calmado y sonriente al encontrarse con los otros animales, y que eso le hacía sentirse feliz, iba de asombro en asombro al relacionarse con sus nuevos amigos, comprobo como lo aceptaban, se subían a su espalda y saltaban desde allí a las aguas del lago, que le tiraban fruta para que la pelase, que abriese los cocos, ahora todo era amable, el sol brillaba más, la hierba era más fresca, la risa estaba en la boca y los ojos de todos los animales del bosque, el oso Bartolo había encontrado unos amigos con los que ser feliz.

Tuvo que pasar mucho  tiempo hasta que Bartolo demostró que, a pesar de ser tan grande, tan peludo, tan patoso a veces, podía ser un oso bueno que ayudaba a todos, los defendía de los excursionistas que no les dejaban coger plátanos y dulces de los bolsos, ni  naranjas, fresas, almendras y, sobre todo, tortilla de patata que era el plato favorita de los monos y del oso Bartolo, el oso les hizo entender que todo lo que había en el bosque era del bosque y que, los higos, las peras, las acederas que se criaban en el bosque eran de todos, los animales y los humanos, que no importaba de dónde venían, si de un árbol o de la bolsa de alguna señora, que no era de los excursionistas lo que  ellos habían traído, que todo era para compartir, lo mismo una pera que un coco, Bartolo terminó por hacerles comprender esto a los excursionistas y desde entonces era costumbre que los excursionistas  dejasen parte de su comida para los conejos, los patos, los pájaros, los monos lo mismo que ellos comían las piñas, las zarzamoras y los cocos, lo único que hacía Bartolo, para que todos estuviesen contentos era bajarles algún coco para el postre y abrirlo para que los niños, sobre todo los niños, bebiesen esa leche tan rica.

Desde entonces, los excursionistas tenían la obligación de ser  amables, respetuosos y considerados con los animales.

Cuando todos se dieron cuenta de que, a pesar de su apariencia grandota, podía ser un oso bueno y querido por todos, fue nombrado alcalde y estuvo en el cargo muchos años, hasta que, ya muy viejecito fue sustituido por la garza que era la que mejor se entendía con los excursionistas que aparecían por allí todos los fines de semana.

Y colorín, colorado, blanco, azul, verde, rojo y morado, este cuento se ha acabado.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EN UNA TARDE DE TORMENTA

COSI, la gatita que soñó ir a la Luna

España en 2074, filantropia o dictadura moral.