COLA CAO CON AGUA-

 

COLA CAO CON AGUA

Un cuento para mis hijas.

                                                Pepe Ramos




Me cogió en mal momento la noticia,  claro que, para esas cosas nunca tiene uno el ánimo preparado,  he pasado mala noche, desde lo de Aurora no sé lo que es dormir una noche entera y, desde luego, no tengo el cuerpo  para esos disgustos.

Aníbal tenía que entenderlo,  tendría que pensar un poco en cómo lo estoy pasando, aunque solo fuese porque estoy solo en una casa tan grande y destartalada desde que ella no está.

“Quizá fui poco considerado  con Aníbal al decirle que no  se molestase, que entendía que su mujer… Eso tuvo que sentarle mal, más que seguro, Aníbal tiene la piel muy fina según para qué cosas”

Pero, cuando me soltó, como el que no quiere la cosa, que le habían puesto en la calle después de tantos años,  lo que, por otra parte, y tal y como están las cosas, era de esperar… pues eso, -el pobre se atragantaba al decírmelo-, mira papá, sintiéndolo mucho, no podré ayudarte a pagar la Residencia, “Sí, en ese momento, sin pensar por lo que estaba pasando el pobre, estuve a punto  de mandarle a buen sitio, incluso estuve a punto de colgar el teléfono sin más zarandajas porque esas eran palabras dictadas  por la nuera”

Sí, señor, sí, no me pareció mal, lo siguiente. No es de buen hijo llamar a un padre después de meses a las ocho de la mañana para decirle, sin preguntar siquiera “¿Cómo lo llevas?” y espetarle, -como el niño que se ha aprendido la frase de memoria  y teme olvidarla-, “Comprenderás, papá que, en estas circunstancias… no voy a poder ayudarte con lo de la Residencia…”

“Le contesté airado, sí, ¡y con motivos!, no sé exactamente lo que le dije, ya no tengo la memoria como antes, debíó ser algo así como “Ya me apañaré,  tu  ocúpate de tu casa, de buscar tus derechos, pásate por el sindicato no vaya a ser que, por h o por b, te tiendan una trampa y te quedes como el gallo de Morón…-que a mí, tal y como es Anibal, no me extrañaría nada que hubiese dejado de pagar las cuotas, porque, bueno, es muy bueno, pero en lo que toca a otras cosas, siempre ha sido algo dejado-.

Me vienen a las mientes cuando, ya hace tiempo, le dije que había leído en El Mundo algo referente a sí había o no, problemas en la fábrica y en aquel momento,  Aníbal, muy ufano, casi me gritó: “No, padre, otras caerán, pero, la nuestra… ¡nunca!,  la nuestra es solvente, es segura” Y, lo que yo le dije:   “Mira hijo, torres más altas han caído”.- Y casi enfadado contestó-,  “Deja de preocuparte de los periódicos, padre, esta empresa va a más…”  Y ahora, ¿qué?,  de la noche a la mañana… la carta de despido.

Por eso, por tranquilizarle, le dije: “Aníbal, tranquilo, ya me apañaré, no me voy y ya está, ya sabes que yo…   estoy hecho a todo. ¡Total!, puedo aprender a guisar algo fácil… O como en el Centro de Día, contando un poco las perras… puedo apañarme para ir a comer allí y lo demás, algo de fruta y leche…”

Por eso, ¡decidido!,  no presento los papeles y me apaño como sea… Pero, me ha dado por pensar en la papeleta que tiene el pobre hijo con Raquel, como no le indemnicen bien y le quede poca mensualidad… va a ponerle mirando a Toledo, ¡seguro!, en cuanto  hable Aníbal de recortar gastos, de que no puede mantener el tren de vida de antes, que hay que deshacerse del coche, de la plaza de garaje,  que hay que bajar  la asignación a Rita porque, ¿a ver quién le dice a la niña que los treinta euros a la semana no se puede mantener?.

Pobre hijo mío, las va a pasar moradas porque,  ¡donde no hay harina … todo es mohina.!

En fín, para no seguir calentándome la cabeza he salido a que me dé el aire y aquí estoy, sentado en un banco, junto al cuartel, haciendo tiempo a que abran el Carrefour, viendo pasar los jóvenes a sus clases, he mirado  el frigorífico y solo había verduras y un Cola Cao ¡qué vete a saber desde cuando está ahí porque a mí no me gusta! y, desde luego, no me imagino tomando Cola Cao con agua para desayunar.

Y el caso es que, echando la vista atrás, las he pasado de todos los colores y nunca se me han caído los anillos por adaptarme a cualquier cosa, por eso, como estoy hecho a las duras y a las maduras ¡decidido!,  en cuanto abran compraré de todo, carne, pesca, verduras, leche… aunque tenga que hacer  varios viajes, se compra lo que sea, se deja en la gaveta y, poco a poco… ¡Demonio, si lo que me sobra es tiempo! Y ¿por qué no  hacer un pedido y quedarme en casa hasta que me lo lleven, que es lo más sensato? Bueno, ya veré”

Metido en mis cavilaciones ni me he dado cuenta de que un joven se ha sentado en mi banco, lo observo un momento con disimulo, es joven, lleva un periódico doblado bajo el brazo, pero no parece muy interesado en la lectura, Creo que pasó antes hacía el colegio de al lado con una niña, ojo Ricardo, este va a resultar un parado con problemas, ¿por qué me mira ahora de hito en hito?. Lo miro sin ningún disimulo y me da los buenos días, le contesto y, parece pensativo, como si no se atreviera a entablar una conversación conmigo y a la vez lo estuviese deseando, ahora, los niños, y algunos adultos que los acompañan, van con prisa, quizá sea la hora de entrar al colegio o tal vez al Carrefour porque llevan sus carritos de compra de la mano, acaban de aparecer corriendo un grupo de soldados con chandal,  jersey verde y zapatillas de deporte, de pronto el joven que está a mi lado dice:

- Perdone, señor… pero es que… tiene mal abrochada la camisa, no le parezca mal…

Me he puesto colorado, intento sonreír pero no me sale, precipitadamente llevo la mano al punto donde me señala el joven y con movimientos torpes y precipitados, la desabrocho para emparejar ojal y botón mientras el hombre, sonriendo dice:

- Si me permite, - en un momento me ajusta correctamente la camisa -,  no hay que fiarse del sol de abril, es engañoso.

- Claro, claro, es que… ¡hay días que no está uno para nada… y los despistes… usted ya me entiende. –digo tartamudeando-.

El  joven sonríe, no sé por qué creo que ese joven o tiene vacaciones o no trabaja, el caso es que parece tener todo el tiempo por suyo y muchas ganas de pegar la hebra con alguien y yo, que estoy todo el día de Dios solo hablando a veces hasta con la televisión, tampoco me molesta un poco de cotilleo.

- Normal, nos pasa a todos, ¡si yo le contara…!

- -Le interrumpo sin saber por qué-, Yo… estoy haciendo tiempo para comprar algo en el Super… pero, ¡como hasta las diez no abren!, ¡ni sé cómo podemos comer!, se trabaja muy poco… Cuando yo era más joven, bueno… ya hace tiempo,  en Alemania, donde viví durante más de quince años, a las siete ya estaba todo el mundo en la fábrica, Y a toque de sirena!... era otro mundo, y se vivía de otra manera… por lo menos los que emigramos desde aquí… ¡hay quien hizo su buen capital!, y no es que atasen los perros con longaniza, se trabajaba, y se ahorraba para volver, en Alemania se vivía peor, el frío, ¡ya sabe!, a algunos conozco de aquí que estuvieron comigo y hoy tienen bares, otros viven de las rengas de pisos que tienen alquilados… otros compraron una  tienda, bueno, a esos es a los que peor les va, por lo de la crisis, el Corte Inglés y todas esas mandangas… los que compraron pisos en los años ochenta, ¡cuando yo me vine!, esos son los que están bien… - el joven me mira con interés pero quizá le esté molestando, por eso, hago intención de levantarme – perdone, tal vez le molesto con mi cháchara, ¡cómo paso tanto tiempo solo!,si le molesto, me lo dice y ¡tan contentos!.

El joven, sin dejar de sonreír, me pone su mano derecha en el hombro para que vuelva a sentarme y me mira con franqueza.

- No, por favor, ¡todo lo contrario!, a mi también me viene bien la compañía, tengo hora para el médico a las once y media, he dejado a la niña en el colegio y, sinceramente, no tengo nada mejor que hacer… será un honor para mí estar ese rato en su compañía. Salvo que quiera irse ya a la compra, creo que ahora abren. –mira el reloj de pulsera-, sí, ahora mismo estarán abriendo las puertas.

- -Me ha sorprendido oír que tenía cita con el médico, no observo en él ningún rasgo de enfermedad, todo lo contrario-, ¿Le ocurre algo malo?, No tiene pinta de estar mal,  desde luego, la cara…

- No, en la cara no se ve, es cosa del trabajo, estrés, estrés laboral, demasiadas horas ante el ordenador, demasiadas preocupaciones con los clientes, demasiado tiempo fuera de casa, los viajes,  las comidas fuera, en fin, una vida laboral un tanto… agotadora.

- Claro, claro, vivimos en un mundo muy mal repartido, unos tiene demasiado estrés y otros están en paro con cuarenta y cinco años, como mi hijo Aníbal que, el pobre… Pero no estamos hablando de los problemas de mi hijo,,,  Y digo yo… Perdone que me meta en camisas de once varas, trabajar menos para disfrutar más de su pequeña, así tendría tiempo para verla crecer… Yo, se lo digo de corazón, de lo que me arrepiento todos los días de no haber sido más casero, pero usted, tal vez pueda disponer de más tiempo para  pasear con su esposa, salir por ahí, sin agobios ni prisas, no quiero decirle, ¡Dios me libre!, que no haga las ocho horas de rigor… pero, los domingos… pasear, ir al cine, al teatro, salir a comer fuera… ¡Yo que sé!, vivir, vivir… que ahora que ya es muy tarde… me gustaría haber disfrutado más de mi esposa, del hijo… que… que son cuatro días, coño… Perdone, es que me emociono… Estoy solo ¿sabe? Pero… cuando vivía mi pobre Aurora ¡a quien Dios tenga en su gloria!, no  teníamos tiempo para nada, estuvimos en Köln, en Colonia, para que usted me entienda, trabajábamos los dos, por la cosa de ganar dinero y venirnos, por ahorrar, apenas hacíamos más que comer patatas,  verduras y cosas así, la carne, los quesos, todo esos productos tan ricos que disfrutaban los otros… para nosotros…  eran artículo de lujo, había que ahorrar para mandar a España, para que creciese la cuenta… muy de tarde en tarde alguna cerveza, como extraordinario, los domingos, ¡en casa!, eso sí, ¡con decirle que en todos esos años no vimos un bar por dentro ni  fuimos al cine!. Bueno, lo del cine tenía la excusa de que como hablaban en alemán y nosotros… pues eso, que lo básico del trabajo…

 Total, que quince años por los fríos y cuando  volvimos, con los ahorros… cogimos un local y me puse de lo único que sabía hacer algo, no mucho, me metí a zapatero remendón, en mi vida me había visto en algo así, solo había visto a mi padre y había enseñado a manejar la lezna, coser los zapatos y, sinceramente, como  la cosa tenía las letras gordas… solo era cuestión de aplicarse un poco, ¡entonces!, ahora no, ahora las cosas son  distintas para todos, bueno, ¡a lo que iba!, ¿sabe lo que hicimos?

El joven sonríe abiertamente, se le ve más relajado, me mira con mucha atención, comprende que me viene bien traer a cuento mis recuerdos, advierte mi nostalgia de aquellos años.

- No sé, si pusieron una zapatería, trabajar mucho, supongo.

- Claro, hijo, claro, trabajar como burros, el caso es que quizá por el hecho de que no había ningún otro  zapatero remendón en el barrio, o que los precios se ajustaban bien a la economía de los pobres, el caso  es que no tenía un momento de sosiego,  Aníbal, el muchacho, se nos fue a trabajar fuera, a una fábrica de lavadoras, se caso por allí, en el cinturón industrial de Madrid, y de guindas a brevas viene a vernos, bueno, ahora,  a verme solo a mí, ¿le dije que mi Aurora nos dejó hace unos meses?, pues eso, desde ese fatídico día no ha vuelto a pisar Salamanca el muy… Pero no piense que por eso deja de  darme disgustos, ¡Quía!, hoy mismo el último…

El joven se da cuenta de la tristeza que hay en mis palabras y me observa con afecto, por fin se atreve a insinuar.

- Ya me parecía a mi que estaba usted también algo tocado, ¡la soledad debe ser … terrible!. ¿No?

- Sí, hijo, sí, muy mala, ¡el tiempo que hemos perdido de estar juntos mi Aurora y yo… ¡Lloro solo de pensarlo!, y ahora… cuando  ya no está,  a mí no me llega con el alquiler del local y la pensión… ni para irme a una Residencia barata donde tener compañía, por eso, ¡ya le digo!, si le molesto, usted me lo dice, me callo y… aquí paz y después gloria, que tampoco es cosa de darle la monserga a la gente con las penas de uno...

- No, por Dios, ¡que cosas dice usted… ¿cómo se llama?

- Ricardo, para servirle… ¡oh!, ¿qué le parece? La costumbre de siempre… algunos no nos hacemos a los nuevos tiempos ni hablando, ¡cómo si estuviera uno  para servir a nadie!

- Bien, bien, Ricardo, mire usted, soy  Jaíme, ¿qué le parece si vamos a hacer esas compras y seguimos con la conversación? Total, apenas son las diez, me sobra tiempo y seguro que a usted no le molesta que le acompañe, ¿verdad?

Miro complacido a mi nuevo amigo, no sé qué decir.

-Pues claro, Jaime, permítame que le tutee, vamos al Super y seguimos hablando, hasta ahora solo he hablado yo y seguro que usted… perdón, tú…

¿Cuanto tiempo hace que no hablo con Anibal de la forma que lo estoy haciendo con este desconocido?  Años, bastantes años, nunca hemos sido  de mucho hablar, con la excusa de que había que trabajar, de que siempre había que hacer algo, o que el tema era la enfermedad de Aurora, el caso es que,  cuando no había que trabajar, había que hacer lo que fuese, todo era urgente, para todo había prisa, para hablar… ¡ya habría tiempo!

- Esta mañana… - me incorporo del banco, Jaime me toma del brazo, siento algo así como vergüenza, me veo extraño. Reanudo la conversación según vamos andando -, Esta mañana me llamó Aníbal, el hijo y bueno, el caso es que… bueno, el caso es que me llamó para decirme que le han despedido, que han hecho una criba, varios miles de compañeros y él… a la… puñetera calle, y el caso es que es una empresa que está en toda Europa, fabrica lavadoras… bueno, en plata, que no podía ayudarme a pagar la Residencia y ¿sabe lo que le he dicho por no mandarle… a buen sitio?... Y el caso es que el pobre,,, –me ahogo, me cuesta continuar-,  bastante tiene con lo suyo, ¿Sabe qué le digo, Jaime? Qué para qué necesito yo que nadie me ayude a encerrarme de por vida con viejos que se apartan a morir… como los elefantes. Por eso, porque la llamada de mi hijo y la charla con usted… perdón, Jaime, la charla contigo… me ha ayudado a reflexionar y  estoy dispuesto a no irme a ninguna parte, que me apaño solo, como Dios me de a entender y ¡san se acabó!. El que está mal es el pobre hijo mí que tiene que aguantar a la parienta y a la niña, ¡menuda tiene el pobre!, tres años lleva la chica con el último curso de Periodismo, ¡un dineral le cuesta!… y no creas… que se apaña con poco la niña, treinta euros a la semana creo que le da mi Aníbal, para tabaco y vicios que ¡menudo saque tiene la cría!

- Perdone, Ricardo, quizá se está usted agobiando y no es para tanto,-Jaime saca una calculadora del bolsillo interior de la chaqueta - entre la indemnización, la prejubilación, en una empresa como la que usted cuenta…  Sí, -Jaime mira la cantidad que marca la calculadora!, le queda suficiente para vivir sin muchos lujos… algo menos de lo que gana ahora… pero puede vivir bien, peor queda usted… ¡y le veo dispuesto a luchar!

        - ¿Puedo hacer otra cosa? Porque ¿no irás a decirme que me eche a morir porque esté sin  mi Aurora?

        LLegamos al Centro Comercial, sin decir nada, Jaime se dirige directamente a la cafetería, se sienta, me tira del brazo para que me siente también.

        - Calma, Ricardo, vamos a tomar algo,  le invito, tengo una deuda de gratitud contigo, tú, Ricardo, ni te lo imaginas pero cuando me senté en el banco, a tu lado,  no sabía que iba a hacer con mi vida, tras nuestra conversación he tomado una decisión. ¡Viviré!. Voy a ver al médico, le pediré el alta, negociaré la  reducción de jornada que es, como dirías tú Ricardo, un aumento de vida… En pocas palabras, qué he encontrado el camino, ¡Y eso vale, ¿o no opinas lo mismo?, por lo menos un café con tostadas. ¡Lo acepta!

        Bajo la cabeza, no sé qué decir, estoy anonadado, confuso, miro a las personas  que a mi alrededor toman zumo de naranja, café con leche, tostadas con mantequilla y mermelada, ¡cuanto tiempo hace que no desayuno algo así!. ¡Ni me acuerdo!

        - ¿Si…, si no es mucha molestia?, pero, con una condición, hago un pedido y luego… si no te importa, voy contigo a hablar con ese médico, no me fío, me parece que tú, Jaime, cambias de opinión con demasiada facilidad, si te he convencido yo, un galeno de esos… seguro que te enreda.…

        La carcajada de Jaime hace volverse sorprendidos a algunos de los que desayunan a nuestro alrededor, Jaime, sin decir nada,  se desabrocha la chaqueta y hace una señal al camarero.

        - Vale, vale, ¡a que va a resultar que hemos hecho una componenda más allá de un café con leche y tostadas!

        La risotada de Jaime me ha relajado, parece que nos conocemos de toda la vida, me siento alegre aunque me da algo de vergüenza estar allí con Jaime, de pronto pienso:  “¿A que va a resultar que lo que mal empieza bien acaba?…”

        - Bien, Jaime, de acuerdo, hago la compra, la dejo en consigna y vamos a ver a ese médico, hay que hablarle claro, y luego… al trabajo, ahí si que la negociación tiene que ser dura, ¿tienes mucha familia?.

        -  Pues verás, Ricardo,  la mujer, la niña… y mi amigo Ricardo, tiempo… y una primavera para disfrutar, ¿qué más necesito?

 

 

 

 

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