NOCHE DE FIESTA EN EL PALACIO DE LOS MARQUESES DE MOQUILANDIA.
NOCHE DE FIESTA EN EL PALACIO DE LOS MARQUESES DE MOQUILANDIA.
Un cuento de Pepe RAMOS para su nieta JULIA
Cenicienta está aburrida fregando arrodillada los suelos de la gran mansión en la que vive y trabaja para sus hermanastras BLASA Y TOMASA y para la madrastra TERUCA, la han dejado sola fregando y limpiando todo, plata incluida, con la amenaza de que, de no estar todo perfecto, esa noche se acostaría sin cenar.
En esas estaba cuando Maruja, vecina de al lado, tamborileó los cristales de la ventana, entonces Clarita, que ese es el nombre de Cenicienta, dejó el estropajo y el jabón y salió corriendo a abrir la ventana.
-Clarita, ¿Cómo es que no estás ya compuesta y vestida para ir a la fiesta?
-¿A qué fiesta voy a ir yo? Son mis hermanastras las que han ido con su... señora madre... Sí que me gustaría ir pero si ven que me he escapado o no está todo como ellas quieren... no quiero ni pensar lo que me harían.
-No hagas caso, si vamos nosotras verás como vamos a bailar más que ellas, los chicos se darán cuenta de que somos mucho más guapas nosotras y... de la rabia que les va a dar, volverán a casa disgustadas, pero mucho mucho y no se les pasará por la cabeza que no están las cosas hechas...
- ¿Tú crees Maruja?
-Seguro, estoy tan segura que mi papá nos espera con el coche para que lleguemos a tiempo del baile, ¡ah! y vamos a comer tanto y cosas tan buena que... ¡quién va a querer cenar!...
Maruja tuvo que insistir un poco más pero, al rato, estaban de punta en blanco subiendo al coche del papá de Maruja camino de la fiesta de los MARQUESES DE MOQUILANDIA.
Una hora más tarde, como había dicho Maruja, bailaban alegremente tras haber tomado, con modales muy finos y el meñique levantado, como veían hacer a las señoras gordas y empingoritadas que había en el gran salón azul del palacio y comiendo canapés, ensaimadas, dulces de nata, pasteles variados y un vinillo dulce, muy dulce, que se bebía solo, a las dos amigas se les olvidó por completo que entre aquellas señoras tan arregladas estaban la madrastra y las hermanastras de Clarita y que, seguro que si las veían bailar con aquellos chicos tan guapos las mirarían con ojos de espanto mientras ellas daban vueltas y más vueltas en el baile de los MARQUESES DE MOQUILANDIA.
Eran ya las once de la noche cuando pasaron a un salón grandísimo lleno de mesas y butacones, allí era donde estaba servida una cena fría con faisanes, cordero, dulces, bebidas... fue entonces cuando Clarita, asustada por tanto atrevimiento, miró a Maruja y le dijo cuchicheando en su oreja.
-Maruja... Yo no me siento ahí ni tonta... esa comida será para toda esa gente tan elegante, seguro que se dan cuenta de que nos hemos colado y nos mandan...
-¿A dónde nos van a mandar? ¿A fregar? ¿Y qué? ¿No es eso lo que haces tú todo el día de Dios?. No te preocupes, mira hacía arriba y siéntate en la primera silla que encuentres y ya está...
-Yo... es que... se me va la cabeza, quizá ese vino dulce estaba malo porque... me estoy mareando... y, por otro lado, esas carnes tan ricas... a lo mejor no...
-Tranquila Clarita, mira al techo y siéntate donde veas un sitio, como si fuese tu casa.
-Vale, pero... si nos mandan a fregar voy a decir que fuiste tú la que...
-Vale, he sido yo... ¿Y qué?
En ese momento se armó un gran revuelo, un policía empezó a pedir a todo el mundo la invitación a la fiesta porque habían desaparecido varios bolsos y billeteros.
-Tú -dijo Maruja al oido de Clarita-, no digas nada, solo haz lo que haga yo, verás cómo no pasa nada.
-Oiga, señor agente -dijo bastante alto Maruja-, a nosotras nos han desaparecido los bolsos... con el empujón para entrar al comedor...
-Bien, señoritas, no se disgusten por favor, ahora mismo se buscan... ¿Cómo eran sus bolsos?...
Maruja empezó a llorar mientras pensaba, por fin, dijo entre hipidos.
-Pues eran... del color de la tela del vestido, nos los hizo la modista ¿verdad Clarita?.
-Sí, sí señor agente, el mío es, bueno, era de color miel y botones dorados y el de mi amiga, azul... no me fijé en el broche del cierre...
-Dorado también, sí, señor agente. Es que hemos estrenado el vestido para asistir a la fiesta y...
-Comprendo, tomo nota de sus nombres...
-Clarita y Maruja señor agente -dijo Clarita precipitadamente-.
-Bien, Clarita y Maruja -anotó el agente en un cuadernillo que acababa de sacar del bolsillo superior de la chaqueta.-, pasen, por favor, luego las busco... cuando aparezcan los bolsos... disfruten de la fiesta.
Dos horas más tarde, concluida la cena sin que aparecieran los bolsos de Clarita y Maruja y tras llevarse a TOMASA, una de las hermanastras de Clarita a la comisaría por robar la cartera de un joven que había estado bailando con ella casi toda la noche, volvieron a casa en el coche del papá de Maruja cuchicheando la aventura entre risas.
El papá de Maruja pensó que todo era fruto de lo bien que se lo habían pasado y ellas no le dijeron nada, solo se reían y cuchicheaban dándose con el codo.
La madrastra y Blasa, cuando llegó Clarita a la mansión, se habían encerrado en sus habitaciones por lo que nadie le dijo nada ni aquella noche ni los días sucesivos, sobre todo porque al día siguiente a la fiesta, en el periódico local, aparecieron las fotos de Clarita y Maruja bailando con unos jóvenes muy apuestos que sonreían muy contentos mientras miraban a la cámara del fotógrafo.
Y colorín, colorado, este cuento, ha terminado.
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