EN CASA DE LOS ROBLES
En casa de los Robles.
A los Robles, una pareja con dos
niños y el abuelo en casa se les va haciendo algo pesadillo el confinamiento
por el bichito ese.
Aún no ha pasado ni un mes y a
todos sin excepción les parece que han pasado muchos meses desde aquél día en
que un presidente compungido habló por televisión y dijo que la mejor solución
para combatir la pandemia del COVID-19 era quedarse en casa, confinados, no
salir para no contagiarnos, y ya llevamos casi un mes en casa, saliendo el
padre, con miedo y mascarilla, a comprar el pan cada cuatro o cinco días.
La rutina en casa es
conflictiva, cada día ocurre algún altercado porque alguien, casi siempre papá,
ha perdido los nervios a pesar de que en el Telediario solo hablan ahora de los
casos positivos, en realidad habrá de todo.
Los Robles solo pueden asomarse
a la ventana a aplaudir a las ocho y mientras y después inventarse cosas que
hacer para que los niños no den demasiada guerra al abuelo que anda algo
pachucho y no puede ir al hospital, por si acaso, Manolo, de doce años, está en su clase online
con el ordenador de papá y protesta
porque Quique, el pequeño, se ha puesto a tocar la trompeta y Manolo no se
concentra, y online el tutor no repite lo que ha dicho hace un momento, “Es que
no te puedes callar, so tonto”
Y papá que se pasea de la cocina
a la ventana una y otra vez, como si fuera un castigo, se lleva el índice a la
boca señalando a Manolo, pero nada, Quique lo ha cogido con ganas e insiste con
el tururu, tururú como si tuviera que dar la nota en una procesión, y papá no
puede parar porque si no se pasea, se le hinchan las piernas y bastante tiene
con no saltar con este girigay, la mamá ahora está en la cocina, se oye ruido
de cacerolas de vez en cuando, luego, cuando los niños hagan la siesta, se lo
dirá a mamá susurrando, al principio, pero luego, porque parece que mamá no le hace mucho caso, termina por levantar la voz y la
conversación se vuelve discusión y la oyen hasta los vecinos del patio, porque
las ventanas están abiertas, hace casi veinte grados y en casa no hay quien
pare si no se respira aire puro.
La mamá, a lo largo del día,
cuando termina de limpiar la casa y hacer las comidas, se dedica, casi en
exclusiva, a mandar mensajes por el móvil a las amigas de los paseos, contándose
unas a otras “lo que piensan hacer en cuanto nos den suelta los políticos”, son
un grupito que llevan a los niños al colegio por las mañanas y luego pasean
carretera de Zamora arriba y abajo hablando de lo bien que iría todo si fuesen
ellas las que decidiesen lo que había que hacer y lo que no, con el país, y a
eso de las doce paran para tomar el café con tostada en el Turrión.
Gerardo, el papá, no quiere
saber nada del teléfono, bastante matraca le da todo el día de Dios cuando
trabaja, ahora, con escuchar la radio, pasear y taparse la cabeza con las manos para no irritarse con el barullo
que hay todo el día en casa con los niños, ya tiene bastante.
Han instituido la siesta de tres
a cinco para los niños y tanto Manolo
como Quique se van al cuarto sin rechistar. En esas dos horas pueden descansar
un poco el abuelo, papá y mamá porque, aunque saben que Manolo dedica ese
tiempo a leer tebeos y Quique a dormir a pierna suelta, no dicen nada, “hay que
comprar la paz”, dice la mamá.
El abuelo duerme muy poco de
noche, se pasea por el pasillo casi todo el tiempo y luego, por el día, se
arrastra medio mareado de la esquina del tresillo al water, de vez en cuando se
asusta con el girigay que montan los nietos pero no dice nada.
Está contento de que despidieran
a Carmina del trabajo hace ya casi dos años, si no, lo hubiesen llevado a una
Residencia pero, por falta de cuartos, se quedó en casa y bien sabe Dios que
procura dar la menor guerra posible por si acaso cambian las cosas, a veces
Dios escribe recto con renglones torcidos y la falta de perras salva al que se
lo merece. Por eso, a veces, sin explicar por qué, el abuelo se sonríe para sus
adentros.
Comentarios
Publicar un comentario