Mi plaza mayor




Mi Plaza Mayor.

         Yo me moceé en la Plaza Mayor de Salamanca a mediados de los sesenta, era, o al menos así la veía yo, una plaza menos cuidada, más cercana,  de color sepia por las mañanas y dorada por el sol, en las tardes, olía a  gente que no se lava, a la gasolina de los autobuses que aparcaban en la fachada del fondo.
Habitada siempre por gentes bulliciosas,  estudiantes que se fumaban las clases, comerciantes, viajeros de los pueblos que buscaban algo, comprar, ir al médico, buscar una colocación, olvidarse de las tareas del pueblo.
No había llegado aún esa moda de los jóvenes tumbados en el centro tomando cervezas y dejando todo como un vertedero, había bullicio, sí, alegría, paseando la plaza parecía que vivíamos en un mundo mejor… 
      En la esquina de la calle Toro,  el Novelty, las terrazas, los señores de sombrero, el limpia, la marquesona, el estudiante sin ganas, el vago sin acomodo, la que busca y la buscada, el vividor de poca monta, el descuidero, el que espera trabajo y hace tiempo antes de bajar por las escaleras de Pinto a los grupos de hombres que contratan para la siega, el viejo ciego que vente lotería, la chiquilla que canta "La zarzamora" intentando conseguir unas monedas… Allí había de todo...
      Todos eran bienvenidos y todos cabían en ella.
      Bajo el reloj, eterno punto de encuentro, quedábamos a las once, a veces, si ibas con tiempo, por gamberrear más que nada, nos metíamos en las puertas giratorias del Ayuntamiento de lar la calle Zamora  y  burlando al guardia que leía el periódico, dabamos unas vueltas antes de salir, disparados al kiosco.
-Tres celtas.
- Una peseta.
Con el cigarrillo entre los labios, leía los titulares de los periódicos del kiosco de prensa, después, un vistazo a Las Torres, a la puerta, al señor Ladis, el “limpia”,  delgado como un bailarín de flamenco, de negro riguroso, con la caja de la mano o de rodillas atiende a un cliente mientras le coloca, con gracejo y picardía de gitano, la última faena de Pedrés o Bienvenida.
 Tipo majo el señor Ladis, ¡había que ver como bailaba la gamuza en sus manos!…
      Después, la carrerilla hasta  la máquina de tren de LA POLAR que aromatizaba la zona con el tostado de cacahuetes, castañas y pipas…
-A peseta el cucurucho de pipas… A dos los cacahuetes… El buzón de correos, el pasaje del  Coliseum, el teatro que junto al Moderno nos permitía pasar las tardes de invierno por seis pesetas en  sesión continúa.
      Un poco más allá, Jesús Rodríguez López, la mejor tienda de la Plaza, si buscas tornillos Ferretería Julian junto a la Plaza del Liceo, para cualquier otra cosa, Jesús Rodríguez López…  lo mismo podías contratar el butano para casa, que comprar unas medias de nylon, un mono azul para la obra o un juego de platos de duralex con vasos, tazas...
       ¡Ah!, se me olvidaba el Altamira, aquello era otro mundo, la máquina de discos, la terraza, el salón de baile… según decía mi padre, el Altamira era un café de mucho postín.
      ¿Qué más había en la Plaza? El estanco, la Librería Religiosa en la que, con un poco de morro, podíamos leer algunos versos de León Felipe, Antonio Machado o Luis Cernuda, obras  prohibidas naturalmente, era cosa de buscar un momento de barullo en el mostrador porque, lo que es comprar uno de esos libros, además de prohibido era inalcanzable para nuestra economía, basada en las propinas, no daba mas que para juntar las cinco pesetas para los tres celtas, el vino y las patatas bravas del Cervantes. Pero, en medio de tantas carencias nos sentíamos felices.


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