Las novelas de la radio. En el recuerdo de mi madre.





Dedicado a mi madre, que no tuvo infancia, sufrió una guerra y abandonó esta vida cuando todo empezaba a irle bien.

Recordar… los dulces sueños del ayer… Recordar, aquel amor de antaño. 


           Con esa musiquilla comenzaba la novela radiofónica “La Renuncia” que mi madre y la abuela Juana seguían con las agujas de punto entre los dedos frente a la vieja SONATA.
        Yo, mientras tanto, roía despacio, para que durara, la pastilla de chocolate Coca de la merienda.
        A los diez años quería perpetuar, como una imagen congelada, esos momentos, me agobiaba pensar en la clase de matemáticas, latín o ciencias naturales del día siguiente pero me dejaba llevar por la molicie de las voces de la radio.
        Era feliz escuchando la musiquilla de “Leche condensada La Lechera” o “La canción del Cola-Cao”, leer a Emilio Salgarí, coloreando los tebeos del Capitán Trueno o jugando a las chapas  en la calle.

        Mi madre, ¡pobre mamá!, sufría viéndome ocioso, ella que tras su trabajo en la oficina tenía que hacer a lo largo de la tarde, todas las tareas de la casa, eso sí, con el fondo de las novelas de la radio, por eso, cuando me sorprendía escuchándolas, me regañaba, “Pepito… ¿es que no tienes nada que estudiar? Tienes que aplicarte más si quieres llegar algún día a  ser un hombre de provecho, de lo contrario…-después, suspiraba profundamente y terminaba susurrando-, “No sé, no sé, este niño tiene muchos pájaros en la cabeza…”
        Ahora, más de cincuenta años después, agradezco todo lo que la vida me ha dado, los libros  que he leído, los sueños cumplidos y los fallados, las coplas cantadas… y, por encima de todo, el amor que he dado y recibido…
        ¿Te sonríes, mamá?  


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