BAJO EL SOL DE PROSPERIDAD
Bajo el sol de Prosperidad
José Luis RAMOS
En las tardes cálidas de mi barrio, el sol se colaba por entre las rendijas de las casas hechas de prisa y corriendo muchas de ellas, a escondidas, se juntaban una tarde de sábado, por ejemplo, un grupo de jóvenes y, en el terreno en que estuvo su casa antes de la guerra, subían, a la carrera, cuatro paredes, una puerta y una ventana con el techo y la familia se metía dentro al oscurecer, si al día siguiente o dos o tres días después aparecía un guardia municipal, generalmente mandado por cualquier vecino que había hecho lo mismo antes, el guardia municipal ponía una multa y así se legalizaba la casa, ya habría tiempo para el resto de papeles de propiedad.
Desde mediados de los años cuarenta, se había construido mucho a escondidas y eso hacía que hubiese un cierto aire de inseguridad en los vecinos, un cansancio añejo, un algo que no dejaba disfrutar, el temor a los derribos se había instalado en las venas del barrio, a pesar de todo, las mujeres, cantaban a voz en gritos, las canciones de moda en la radio mientras hacían las camas o barrían la acera mientras los niños jugaban a "pico, zorro, zaina" a "carreras" haciendo con las manos en la arena el camino de las chapas de "La Casera", porque, para que no se viese la miseria, había que cantar y olvidar todo lo que se había pasado años atrás en la guerra.
Yo, recuerdo ahora a mis vecinas que, remangadas y limpiándose las manos en el mandil, fregaban en la calle igual la loza que el mono del marido mientras cantaban lo de Emilio el Moro o Juanito Valderrama, la gente necesitaba olvidar lo que habían sufrido, ahora, sin tiros, podían cambiar el rumbo de sus vidas con esa alegría prefabricada de la radio.
Eran familias que arrastraban historias rotas, personas que vivían a medio gas, cada uno. llevaba a su modo, las pérdidas vividas, querían creer, porque no había otra opción, los mensajes de la radio, era un mundo de promesas que nunca se cumplían pero que les iban entreteniendo y les dejaban soñar.
Por ejemplo, el señor Fabián, este hombre vino de la guerra como un fantasma, no parecía el mismo, chupado de carnes, con un andar extraño y una boca llena de insultos para y por todo, trabajaba en la fábrica de zapatillas, en el barrio nadie le conocía por su nombre, en el barrio era "Borrachín", su apariencia, delgada, de mirada torva y sus andares de bailarín de claqué, no le permitían pasar desapercibido, su mujer, Rosita, una joven entrada en carnes pero que fue bastante guapa de joven, en cuanto lo barruntaba bajando calle Almansa abajo, se apresuraba a meter en casa a los tres niños. "Venga hijos, que es m´u tarde, a la piltra y callaitos".
Juanín, de ocho años, era el más sensato, tomaba a Rosina y Tobías, de 5 y 3 años de la mano y los metía para casa a toda prisa, conocía lo que iba a ocurrir, lo de todos los días. Ninguno de los tres quería ver como venía su padre, no era grato observar el gesto adusto, la sonrisa torcida, los ojos opacos y percibir ese olor a vino rancio que quedaba en el ambiente.
Rosita, rara vez salía de la casa, los mayores murmuraban. "P´a mí que la Rosi tiene la maleta prepar´a en un rincón, cualquier día s´escapa y deja al Borrachín con un palmo de narices..." Mi madre decía que no, que era cosa de las malas lenguas, que Rosita era una sufridora, como todas, que iba a aguantar lo que fuese por sus hijos pero que, en cuanto los hijos volases, ella se iría tras ellos. que era un sinvivir lo que sufría con ese hombre.
Rosita dejó de esperar cuando una caída entre las vías del tren dieron con Fabián en la Casa de Socorro, de la que salió para quedar dos o tres meses en la cama y fallecer un buen día sin decir una sola palabra de cómo había sido el percance de las vías. Si se había resbalado o lo habían empujado.
Frente con frente a la casa de Fabián y Rosina estaba la casa donde vivía Rafael, el gitano, Rafael vendía cortes de traje de caballero, manteles, sábanas y paños de diversos tamaños.
Los días en que se le daba mal la venta aparecía, al atardecer, de casa en casa ofreciendo mantas de telas coloridas que extendía en el suelo, sobre las baldosas como tal cuidado como si fuesen las joyas de la corona de Sissí. Rafael era muy zalamero y tenía mucha labia y la voz grave. Era bastante joven y cuidaba mucho su aspecto, la piel curtida por el sol y las manos de dedos largos y finos, tocaban aquellas telas con la delicadeza de quien ha aprendido a manejar la costura y presumía de ello
. Ofrecía su mercancía con la promesa de que aquellos trajes, aunque humildes, eran de la mejor calidad. “Pa’ su patrón, pa’ su patrón”, decía. A veces, las mujeres, le compraban algo, más por verle sin un duro y por la oportunidad de ahorrar algún dinero.
Otro vecino bastante popular era Amadeo, Amadeo había pasado los tres años de la guerra en un reformatorio de menores y había salido a los dieciocho, lisiado, se refugió en casa de su madre y era muy extraño verle en la calle, le resultaba muy difícil caminar con aquella indecisión que movía a la risa, era zapatero remendón. Montó su taller en el portal de la casa de su madre, una pequeña mesa, un banco de madera y una pequeña estantería en la que ponía la lezna, el martillo y las cuatro cosillas que había traído del reformatorio.
Se doblaba muy mal, procuraba siempre que podía, estar sentado delante de la clientela. Sus manos eran hábiles, y su cara, seria, reflejaba una amargura que se había ido acumulando durante años de sufrimiento y soledad.
No cobraba mucho, a veces ni cobraba, o bien porque el cliente no tenía con qué pagar o porque no estaba conforme con el arreglo realizado, él, decía que tenía lo suficiente para vivir y seguía con la lezna cosiendo otro zapato sin mirar a la gente a la cara. Sabía lo que era luchar en silencio. Le decían “el pobre hombre”, siempre estaba en su puesto, cosiendo las suelas, remendando zapatos por lo justo para poder seguir adelante.
Había un hombre más, Roque, Roque se había pasado más de media vida en la cárcel. Había luchado en los dos bandos y de los dos había salido perseguido, era, según decía él, "un resentido de izquierdas"
Roque tenía su historia de luchas perdidas, de sueños rotos, de fracasos que nunca perdonó. En las tardes frías, se le podía ver a lo lejos, caminando lentamente por la acera, con la cabeza baja y una mirada desafiante. Cada vez que pasaba algo en el barrio, lo pillaban y volvían a encerrarlo. Nadie sabía qué hacer con él. Era el hombre de las mil promesas y los discursos, presumia de un pasado revolucionario que ya nadie recordaba, no le quedaba nadie de familia, vivía de lo que le daban "los suyos" decía siempre.
Y mientras tanto, los niños jugábamos a la pelota. En medio de solares abandonados, entre las ruinas de lo que alguna vez fueron casas y tejados caídos, corríamos sin más preocupaciones que no romper la pelota. Y en esas ruinas, entre restos de ladrillos y fragmentos de tejas rotas, alguna vez encontramos algo más. Algo que no pertenecía a nuestra infancia, como, por ejemplo, metralla olvidada de cuando la guerra, o fragmentos de cosas que nadie recordaba, como un eco lejano del dolor de otras generaciones, y, sin pensarlo demasiado, volvían a seguir corriendo.
Las madres, como sombras, se deslizaban entre las puertas y las cortinas, haciendo malabares con el escaso dinero de los jornales, el cansancio y el miedo, tratando de mantener el orden en aquel caos. Si uno de los niños hacía ruido o se retrasaba, el grito de la madre era firme: “¡A dormir! La paz, si existía, habitaba el silencio.
Y así, en ese rincón de Salamanca, Prosperidad era un barrio de casas caídas y calles rotas, donde el sol se colaba en cada grieta, pero las sombras seguían siendo más largas que las risas. Las historias de la gente se entrelazaban, como los recuerdos de aquellos que nunca tuvimos otra opción que seguir adelante, aunque fuera entre las ruinas. Porque en nuestro barrio, la vida seguía, aunque quedaba mucho por salvar.
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Comentarios
Publicar un comentario