¿De dónde venimos?
¿De dónde venimos?
España, aunque
ahora nos parezca que está en una mala situación por mil motivos, inmigración,
carencia de nacimientos, falta de nivel cultural en gran parte de la juventud,
ausencia de valores, estamos a años luz de la España en la que nacimos los que
ahora tenemos una cierta edad.
Aún se veían las
huellas de la guerra, había solares en los que jugar al futbol, terraplenes y
espacios peligrosos donde, a veces, se encontraba hasta metralla.
Ahora, en el
primer cuarto del siglo siguiente, todo eso quedó en el olvido, de esas cosas
no quedan recuerdos gráficos más que en los almacenes del NO-DO y los que
vivieron adultos ese ambiente y sufrieron en sus carnes los efectos de la
guera, ya no están.
Comprendo que
evocar todo aquello está mal visto en esta acomodada sociedad en la que se vive al día y
con anteojeras de lo que está pasando, unos porque les va muy bien, otros
porque temen volver a otros tiempos peores y se conforman con ir tirando.
Yo, observaba a
mis padres y los veía traumatizados por todo lo vivido, temerosos de lo que
pudiera ocurrir si faltaba la dictadura y volvíamos a las revueltas y los
tiempos de aquella república vivida en los pueblos.
Algunos mayores
hablaban del tiempo de la República con mayúsculas, que en la República se
había vivido de otra manera, la gente creía en lo que se decía en los “papeles”
de un tiempo de progreso y esperanza de cambio y que todo eso se truncó por la guerra, y ahí se acababa todo.
Llegados a este
punto no querían hablar más, los mayores sacaban el pañuelo para enjugar una
lágrima y a nosotros nos nos impresionaba mucho que los hombres mayores, de
barba áspera y gesto adusto pudiesen llorar recordando lo que había ocurrido
hacía solo diez o doce años atrás.
Nosotros, teníamos
unos horizontes muy modestos, salir del barrio, donde no había más vida que
jugar en la arena o el barro a las chapas, a pico, zorro zaina o a fútbol con
pelotas hechas por nosotros mismos o nuestras madres con trapos, por eso, a la
menor oportunidad nos escapábamos en pequeños grupos, para sentirnos fuertes al
cine a ver alguna película americana, recuerdo que me habían operado de anginas
y me escapé para ver en el cine Bretón EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO, y el
miedo que pasamos viendo como perseguían al espía en el Zoco de Marruecos y lo
asesinaban, nos deslumbraban los coches tan grandes, las calles asfaltadas, no
como las nuestras, las de las películas que veíamos entonces tenían asfalto
aunque nosotros no sabíamos entonces que era eso, las casas eran grandes, con
jardines, ventanas con flores y altas, más altas que la del ayuntamiento, por
eso no importaba que, al llegar a casa nos castigasen sin cenar y la madre y la
abuela llorasen un poco contándonos el miedo que habían pasado al ver que no
estábamos en la calle jugando cuando nos llamaron, desde la ventana, para que entrásemos para cenar.
Aquella noche no
pudimos contarles que habíamos visto una ciudad
llena de coches y de gente muy bien vestida, que corría, con mucha
prisa, de un lado para otro y en aquella película, por tres pesetas, nos habían
contado unas historias preciosas, en las que, los buenos eran muy, pero que muy
buenos, y los malos, rematadamente malos y, no sabíamos muy bien por qué, pero, los tres chavalillos de
pantalón corto que nos habíamos escapado al Cine Bretón, pensábamos que quizá
algún día, en España, también podríamos vivir historias así y comer aquella
comida que la gente compraba en los puestos de la calle y hasta podríamos
divertirnos de una forma parecida. Seguro que algún día podríamos vivir así en
España.
Y, una tarde de
domingo, hablando con el abuelo, cuando le contábamos la historia de aquella
película que nos costó tres pesetas, dos o tres zapatillazos en el culo y
acostarnos sin cenar, nos tiró por tierra nuestra ilusión cuando, después de
escucharnos en silencio moviendo de vez en cuando la cabeza, afirmó
categóricamente:
-“Quiá, eso aquí
no va a pasar mientras sigan mandando los mismos solo porque dicen que ganaron
la guerra, pero, yo te digo a ti, Pepito, que la guerra la perdimos todos, en
esta calle, solo en esta calle, sin tener que ir más lejos, verás a señoras
como la abuela, que llevan un pañuelo negro a la cabeza, pues casi todas esas
abuelas lloran a algún hijo o hermano, o a su marido, que no volvieron y ni
siquiera les han dicho dónde quedaron o si los enterraron en cristiano”, por
eso, hasta que todo esto se haya olvidado nosotros no seremos nunca como esos
americanos de las películas, no señor, nosotros… bueno, nosotros somos otra
cosa” y se limpia la nariz con estrépito, como un estornudo, porque a él
también se le murieron familiares y amigos en aquellos tres años de guerra
IN-CIVIL.
Todavía tuvieron
que pasar bastantes años para que
dejasen de mandar los mismos que decían que ganaron la guerra y ahora, cuando
ya se han ido los que la lucharon, murió el general y vino lo que primero llamaron la Transición y
luego la Democracia. Los que mandan ahora son los hijos y nietos de aquellos
que mandaron a los jóvenes nacidos a principios del siglo XX a una guerra entre
hermanos y todo es diferente pero, ni mejor ni peor de lo que vimos aquellos
tres rufianes que se escaparon de casa para ir al cine hace más de sesenta años
y mirando a ese país que mostraba la película vemos, con nuestros ojos viejos,
que todo ha cambiado, pero muy poco, por lo menos en España.
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