PROBLEMAS EN LA ACADEMIA DE GERMÁN MALMIERCA.
Germán Malmierca había construido un pequeño imperio con rutina y paciencia. Estaba convencido de que detrás de cada alumno había un futuro lleno de modestos sueños. Era un hombre de cálculos muy medidos.
Sus tres profesores y los dos funcionarios de Correos que ayudaban a preparar las oposiciones eran, para él, meros engranajes de un reloj que funcionaba a la perfección.
Hasta que apareció Adrián Martín.
Adrián era un joven seguro de sí mismo, su energía llenaba la academia de un encanto que podía desarmar a cualquiera.
Germán lo vio desde el primer día, por eso, lo observaba con cautela, veía que su forma de proceder era demasiado natural, demasiado atractivo para un centro como el suyo.
Y, lo que más le preocupaba era la presencia de su mujer, Fátima, rubia, coqueta, luminosa, muy decorativa, por eso se enamoró de ella, pero como se había enamorado de su Mercedes, y es que Germán la veía como alguien que tenía un gran reclamo, por eso, se acostumbró a tolerar sus sonrisas, su coquetería, sus silencios y su provocativa forma de vestir. Era su mujer.
Desde el primer día lo vio, aunque, al principio, solo fue una sospecha silenciosa, un murmullo interno que Germán se negó a escuchar. Era. un ligero roce de miradas, algunas risas que duraban demasiado, ciertas coincidencias que no podían ser casuales. Germán observaba y su mente analizaba cada gesto, cada palabra, quería pensar que no era cierto, que su mente calenturienta le hacía ver lo que no era. “Quizá sea un juego pasajero”, se repetía, “Seguro que todo se apagará antes de hacerse real”.
Pero el tiempo tenía otros planes.
Lo que comenzó como un escarceo de jovenes pícaros, se fue convirtiendo en algo que crecía, que era tangible: Germán escuchaba chismes en los pasillos, comentarios que se apagaban al acercarse, miradas que ya no se podían ignorar.
Germán, que siempre había confiado en la discreción de todo el profesorado y más aún de su esposa confiaba ciegamente en su capacidad de manejar las situaciones, por eso, llegó un momento en que sintió que se erosionaba la estabilidad de su mundo, tanto la academía como su propia casa estaban distintas.
Cada día, al verlos interactuar, una parte de él se tensaba, pero otra, no quería ver la realidad y se resignaba. Llegó un momento en que comprendió que no podía interferir directamente sin exponerse, sin embargo, no era posible ignorar la tensión que se extendía como una mancha de aceite en su propia mente.
Hasta que un día, decidió actuar. No con gritos, ni con confrontaciones, era el momento de adoptar el silencio administrativo: clausuró los cursos en los que Adrián participaba, lo sacó del claustro, pensó que así cortaba lo que percibía como el problema. Quizá con eso sería suficiente, que la calma volvería.
No fue así.
En su última clase, Adrián habló, no para despedirse; disparó palabras cargadas de desprecio hacía Germán, dejó caer comentarios hirientes sobre Germán y Fátima, acusaciones y burlas crueles. Para él, lo ocurrido nunca había pasado de ser un juego, un juego que Germán había convertido en un arma destructiva.
Adrián utilizó sus palabras para liberar la frustración, denunció ante sus alumnos la injusticia que habían cometido con él al expulsarlo.
Germán, estaba dispuesto a desenmascarar su villanía, por eso, lo esperó en el bar de enfrente.
Cuando lo vio entrar, como cada día a las once y media, vio que en Adrián no ocultaba su malestar al verlo y el aire se cargó de electricidad. Germán notó cómo se aceleraba su pulso, cómo cada palabra que pensaba decir se debatía entre la calma y la ira contenida. Sabía que aquel encuentro podía desencadenar algo que ya no habría forma de detener.
—Te lo has buscado —dijo Adrián-, Te crees el dueño de todo y de todos, te llevas el dinero del trabajo de los demás y pretendes dar lecciones de moral.
Germán respiró hondo. “No debo perder la calma. No puedo delatar todas mis cartas en este momento”.
—Te di una oportunidad —respondió con voz tranquila—.
Pero, de pronto, las palabras se convirtieron en gritos, los reproches en amenazas, y Adrián, impulsado por el desprecio, avanzó demasiado. El gesto, fue suficiente para que alguien llamara a la policía.
Cuando la tensión se disipó y los agentes se llevaron a Adrián, Germán sintió un cansancio profundo. No era rabia, no. Era la certeza de que, incluso en los silencios pueden, en ocasiones, estallar la desesperación y la autoestima por los aires de la forma más inesperada.
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