PROBLEMAS EN LA ACADEMIA .

 

Germán Malmierca había construido un pequeño imperio de rutinas y paciencia. Se había forjado la idea de que detrás de cada alumno había un futuro lleno de modestos sueños. Era un hombre de cálculos muy medidos.

 Sus cinco profesores más dos funcionarios de Correos permitían que aquel centro de oposiciones a diferentes organismos oficiales tuviese cierto auge en la ciudad.

 Se sentía orgulloso de haber sabido aupar su academia de oposiciones a un importante prestigio, decía que todo era saber crear un engranaje que funcionase a la perfección, como un reloj suizo.

Hasta que apareció Adrián Martín. Profesor de matemáticas para Ciencias Empresariales.

Adrián, era un joven seguro de sí mismo, su energía llenaba la academia de un encanto que podía desarmar a cualquiera.

 Germán descubrió su encanto entre las alumnas desde el primer día, por eso, lo observaba con cautela, veía que era... demasiado natural, demasiado atractivo... para un centro como el suyo.

Y, lo que más le preocupaba era la presencia de su mujer, Fátima, que era la profesora de Inglés y Francés, rubia, coqueta, luminosa, muy decorativa, por eso se había enamorado de ella hacía cinco años y aunque no habían tenido hijos, o precisamente por eso, estaba siempre pendiente de su relación con los profesores jóvenes, en realidad, se había enamorado de ella como se  enamoró de su Mercedes, Germán era un sempiterno amante de la belleza en cualquiera de sus formas.

Fátima, en la academia, tenía un gran reclamo, por eso, se acostumbró a ver, como un gran valor, sus sonrisas, su coquetería, sus silencios y su provocativa forma de vestir. Era su mujer.

Aunque desde el primer día lo vio, al principio, solo fue una sospecha, un murmullo interno que Germán se negó a escuchar. Un ligero roce de miradas, algunas risas que duraban demasiado, ciertas coincidencias que no podían ser casuales. La mente de Germán analizaba cada gesto, cada palabra, aún así, quería pensar que no era cierto, que su mente le hacía ver lo que no era. “Quizá sea un juego pasajero”, se repetía, “Seguro que todo se apagará antes de hacerse real”.

Pero el tiempo tenía otros planes.

Lo que comenzó como un escarceo de jóvenes pícaros, se fue convirtiendo en algo que crecía, que era tangible: Germán escuchaba chismes en los pasillos, comentarios que se apagaban al acercarse, miradas que ya no se podían ignorar.

 Germán, que siempre había confiado en la discreción de todo el profesorado y más aún de su esposa, desde siempre confiaba ciegamente en su capacidad de manejar cualquier situación, por eso, hasta que, en un determinado momento,  sintió que se erosionaba la estabilidad de su matrimonio y su academía. Tanto Fátima como la convivencia en la academía estaban distintas.

 Cada día, al verlos interactuar, una parte de él se tensaba, pero otra, no quería ver la realidad y se resignaba. Llegó un momento en que comprendió que no podía interferir directamente sin exponerse, sin embargo, no era posible  ignorar la tensión que se extendía como una mancha de aceite en su propia vida.

Un día, se decidió a actuar. No con gritos, ni con confrontaciones, había llegado el momento de adoptar el  silencio administrativo: clausuró los cursos en los que Adrián participaba, envió un burofax a su domicilio sin mediar palabra, pensó que así cortaba lo que percibía como el problema. Quizá con eso la calma volvería y habría salvado su matrimonio.

No fue así.

En su última clase, Adrián habló, no solo habló,  disparó palabras cargadas de  desprecio hacía Germán, dejó caer comentarios hirientes sobre su matrimonio con Fátima, acusaciones y burlas crueles. Para él, lo ocurrido nunca había pasado de ser un desahogo de Fátima que se sentía abandonada y para él fue simple juego, un juego que Germán había convertido en un arma destructiva para él mismo. Por liberarse de él había mandado al paro a otros dos profesores y se había desacreditado ante los alumnos que se veían forzados a buscar su formación en otra academia.

Utilizó sus palabras para desacreditar no solo a la academia sino también a Germán por su falta de profesionalidad.

Por su parte, Germán, estaba dispuesto a desenmascarar su villanía donde lo habían tratado y se sentía respetado y querido, esperó en el bar de enfrente donde tomaban el café de media mañana los alumnos y profesores en un grupo abigarrado, muy popular y que era observado por la gente del barrio.

Cuando lo vio entrar,  observó la cara de contrariedad de Adrían al verlo apoyado en el mostrador hablando con el camarero, en ese mismo momento, el aire se cargó de electricidad. Germán notó cómo se aceleraba su pulso, nunca hubiese creído que iba a alterarse así, olvidó todo lo que había pensado decirle, se debatía entre la calma y la ira contenida. Sabía que aquel encuentro podía desencadenar algo que ya no habría forma de detener, todos los profesores, los alumnos, los vecinos... Todos esperaban el encontronazo final de aquel conflicto. Pero fue Adrián el que abrió fuego en primer lugar.

—Te lo has buscado —dijo Adrián-, Te crees el dueño de todo y de todos, el gran jefe que se lleva el dinero del trabajo de los demás, sí, así de claro te lo digo, ahora no tengo por qué callar, y encima  pretendes dar lecciones de moral. Eres lo peor y te has hecho más daño a tí mismo que a nosotros poniéndonos en la calle porque, en la calle te ves tú, sanguijuela, que no eres otra cosa...

Germán respiró hondo. “No debo perder la calma. No puedo delatar todas mis cartas en este momento, debo procurar calmarme”.

—Te di una oportunidad —respondió con voz tranquila—.

-Nunca has sabido lo que querías, quieres más a tu flamante coche deportivo que a Fátima, ni siquiera ella está en tu primer lugar.-dijo, arrastrando las palabras Adrián-.

De pronto, las palabras se convirtieron en gritos, los reproches en amenazas, y Adrián, impulsado por el desprecio, avanzó hacía Germán con los puños cerrados como un boxeador. El gesto, fue suficiente para que alguien llamara a la policía.

Diez minutos después, cuando la tensión se disipó y los agentes se llevaron a Adrián, Germán sintió un cansancio profundo. Tuvo la certeza de que, incluso en los silencios de los que habían presenciado la escena había un rechazo total hacía él, sintió como en su pecho estallaba la desesperación, en pocos minutos, su autoestima había volado por los aires, algo en su interior le dijo que Adrián tenía razón, que ni amaba a Fátima, ni había sido capaz de mantener la ecuanimidad para salvar su matrimonio y su negocio. Era, sin ningún género de duda, un gran fracasado en todo.

Sonó el teléfono en su bolsillo, precipitadamente, lo sacó y leyó Fátima y mirando la foto del perfíl supo que la había perdido. No tuvo fuerzas para responder. Sabía lo que iba a escuchar y sentía asco de sí mismo.

En torno a él, aparentemente, el bar seguía con su rutina de siempre pero había algo distinto, un mirarse unos a otros, un cuchicheo, un chocar de vasos como si hubiese había una apuesta.


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