LA FABADA DE GALISANCHO
PEPE RAMOS
Es puñetero el recuerdo, casi, casi que hasta hace daño recordar lo que disfrutábamos hace más de cincuenta años, Dios mío, ¡como duele lo prohibido!. Andrés se empeñó en que comiéramos en Galinduste, de dónde venía siendo su familia y celebrar el cumpleaños de Avelina, su novia y había quedado con el dueño del bar en que nos haría una fabada de antología, como las hacía su mujer, Las famosas fabadas de Rita.
El invierno era crudo, pero envueltos en el humo de la chimenea y ante aquella fabada nos reunimos las tres parejas vigilando nuestro pequeño tesoro.
Una fuente humeante de fabada, y otra esperando en la cocina, una botella de vino de Rioja abierta con ceremonia, una hogaza de pan candeal... Y de postre, flan casero.
El blanco grueso de las fabes brilla ante el rojo chorizo y el pimentón tiñe el caldo. La morcilla oscura asoma como manjar intenso. El vino, profundo y granate, atrapa la luz de la ventana que convierte la botella en rubí líquido.
El pan candeal, con su corteza dorada y firme, descansa en rebanadas generosas en la panera de mimbre. Y al fondo, la sonrisa de Avelina, la novia, que celebra su cumpleaños.
La fabada perfuma el aire con ese aroma denso y reconfortante que mezcla legumbre, compango y paciencia. El olor habla de ingredientes preparados con tiempo y a fuego lento. El Rioja aporta notas de fruta madura y madera, el pan recién cortado desprende ese perfume limpio y cálido que huele a campo.
Suena el descorche seco de la botella. El vino cae en las copas con un murmullo breve. La cuchara golpea el plato hondo, el pan cruje al partirse, y entre bocado y bocado estallan las risas. Suenan los brindis, las anécdotas repetidas pero celebradas como si fueran nuevas. La mesa no solo alimenta el cuerpo; amplia la amistad.
El tacto se siente al calor del plato, la textura mantecosa de la fabada que se deshace en la boca, la firmeza del pan candeal que sostiene el guiso. La copa de vino, fresca y delicada, se acomoda en los dedos antes de cada brindis. Y nacen también los abrazos, los golpecitos en la espalda, la cercanía que trae la buena comida sin protocolos.
El gusto, profundo, untuoso del chorizo aporta el punto ahumado, la morcilla la intensidad, la faba la suavidad que equilibra todo. El Rioja limpia y acaricia dejando un eco largo y elegante. El pan recoge lo que queda en el plato, porque en una celebración así no se desperdicia nada. Cada bocado sabe a tradición, a amistad y a cumpleaños compartido.
El recuerdo de ese día me trae cierta nostalgia a lo prohibido, a aquello que el médico te ha dicho que stop. Que eso ya es pasado.
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