EL ULTIMO DESPERTAR

 

El Último Despertar

                   Un texto fantástico de Pepe Ramos

El mundo se había invertido, pero nadie entendió realmente cuándo sucedió. Fue como un sueño largo y frío, las nubes se desmoronaron sobre la tierra, y el suelo ascendió para convertirse en cielo. Lo que era arriba fue abajo, y solo quedó un espacio sin peso, como si el universo hubiera decidido que la gravedad no tenía sentido, como si el tiempo y el espacio ya no se atuviesen a reglas.

La lluvia fue el comienzo de todo.

Durante semanas, muchas semanas, la lluvia se derramó sobre el globo terraqueo sin piedad. Pero ese agua estaba cargada de algo más, una energía mucho más antigua que la humanidad misma.

Después, vino el frío, un manto de hielo cubrió la superficie del planeta, y el cielo, con su furia helada, empujó a la tierra fuera de su órbita.

Y cuando todo dejó de moverse, los humanos que habían sobrevivido, se dieron cuenta de que ya no había gravedad. Ya no había peso.

Las nubes ahora eran el suelo.

Manuel Tobías caminaba sobre la inmensa extensión de nubes, sus pies se hundían en la suavidad blanca. A su lado, Fausto Diez miraba hacía lo que había conocido siempre como cielo comprobando que ya  no era más que una serie de franjas oscuras suspendidas sobre ellos.

Los edificios de la ciudad parecían flotar como islas y las montañas, estaban suspendidas, colgadas, como trozos de roca en un mar de vapor.

—Esto no puede ser real —dijo Manuel mirando sus propias manos, que brillaban con un resplandor tenue. Su cuerpo no tenía peso. Se movía como si estuviera nadando en el aire.

Fausto, comprobó con asombro, que sus pasos no dejaban huella. En sus ojos había  fascinación y miedo.

—Real o no, lo que importa es que hemos cambiado. El mundo ha cambiado. —Fausto sonrió débilmente. Un rayo de luz atravesó las nubes y le iluminó el rostro como si la luz se filtrara a través de su cuerpo-. Sorprendido, Manuel, observaba, con ojos como platos, que estaban rodeados de animales prehistóricos y que caminaban, como ellos, lentamente, sobre  nubes templadas. Eran elefantes gigantes, caminaban moviendo sus grandes orejas que se agitában como campanas en el aire cercano, algo más allá, un par de dinosaurios cortaban el aire con sus alas extendidas como sombras flotantes, sin necesidad de viento.

—¿Es posible? —murmuró Manuel, sin apartar la vista.— ¿Estos… estos animales están realmente aquí?

Fausto se acercó a una nube, la tocó con suavidad, era cálida al tacto, como todas las que estaban pisando.

—Lo que vemos aquí  es. sin duda, la memoria del planeta —dijo Fausto, con un tono que parecía sacado de un extraño sueño—. Estamos viendo lo que una vez existió, lo que alguna vez fue… y ahora, nosotros, viviremos entre ellos de otra manera, olvida lo que hemos perdido. Ellos caminan como lo han hecho durante milenios. Y ahora, nosotros…  tenemos que aprender a habitar en este nuevo mundo y... entre ellos.

Manuel miró a Fausto, quería comprender sus  palabras.

—¿Vas a decir que todo esto es un recuerdo del pasado? —preguntó, fascinado.

Fausto asintió.

—Algo así. Pero también es un aviso. Miramos hacia atrás, a nuestro pasado inmediato, y debemos entender que todo lo que tenemos ahora es el futuro y no tenemos más remedio que aprender a habitarlo, tenemos que saber pertenecer a este  nuevo tiempo. Lo que una vez fue sólido y seguro… ya no lo es.

Mientras avanzaban, otros animales aparecieron, como sombras en las nubes, animales desconocidos, pájaros grandísimos... De pronto, un mamut se detuvo frente a ellos, observándolos con sus profundos ojos, como si los conociera desde hace mucho, mucho tiempo.

—¿Vas a decirme que no tenemos que temer a los animales ni a las aves que nos rodean? —preguntó Manuel con una  risa nerviosa.

Fausto sonrió, su rostro se iluminó con una luz distante.

—Lo que necesitamos ahora es adaptarnos. Ya no hay tierra firme. Lo que tenemos es el aire, las nubes… es otra era, es un gran cambio... —Fausto levantó los brazos como si pudiera abrazar todo este nuevo mundo. — Y este es nuestro hogar ahora.

Manuel guardó silencio, contemplando cómo el mamut comenzaba a caminar hacia el horizonte, desvaneciéndose poco a poco entre las nubes.

—Entonces —dijo finalmente Manuel, con un suspiro—, no importa cuánto miremos hacia atrás. Ya no existe un lugar al que regresar. Este es nuestro momento, esta es nuestra nueva oportunidad.

Y mientras se alejaban, el aire que los rodeaba parecía llenarse de algo completamente nuevo, estaban en un lugar donde y el cielo se confundía con el suelo, allí todo era posible. De pronto, Manuel sintió hambre, tomó una de las manzanas que abundaban entre las nubes, nunca había comido manzanas así, tomó otra para Fausto y los dos, sonriendo, se dirigieron hacía sus casas, estaban dadas la vuelta pero ahora ya sabían que, cuando llegasen allí habría una solución para ese problema.

Trabajo para la clase de Escritura Creativa 12 Febrero 2026. 

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