Era una tarde soleada de octubre, un grupo de niños jugaban en la escombrera de la obra de viviendas sociales a las afueras del barrio de Los Almendros, el aire olía a cemento.
Los niños juegan a la pelota, sudorosos, con las rodillas raspadas y las camisetas pegadas al cuerpo, frente a ello, junto a la puerta, un cartel oxidado: PROHIBIDO PASAR A LA OBRA.
—¡Tengo una sed que me muero!
—¡Eh, allí hay una manguera!
—¡Ni se te ocurra, yo no voy ni loca, mi madre me mata si se entera!
—¡Bah, si solo es un sorbo!
—¡El último es un gallina!
Y lo niños corren riendo. Se empujan. Beben directamente del chorro. Se mojan, se salpican.
De pronto, Marisa se separa unos metros, buscando la sombra entre sacos de cemento.
—¡Marisa, no te metas ahí, que hay ratas!
—¡Dejadla, siempre exageráis!
De pronto…
—¡¡¡AAAAAH!!! El grito les sobresalta, se hace un silencio que asusta.
El agua sigue cayendo pero ya no bebe nadie.
Todos corren hacia ella.
Entre la penumbra se advierte, la viga, la cuerda... y, el cuerpo balanceándose suavemente.
—¿Es… una muñeca?
—No… ¡Es una persona!
—¡Está muerta!
—¡Vámonos, vámonos!
Los niños se atropellan al huir despavoridos. Minutos después, al llegar al barrio gritando no aciertan con las palabras al entrar en sus casas.
-¡Papá, hay una chica colgada en la obra¡
- Pero, ¿Qué dices, Juanín?
- !En la obra, en la obra¡.
La madre de Juanín interviene dubitativa.
-Seguro que han visto algo raro.
-No, y es verdad, la chica está muerta.
Padres y vecinos, incrédulos e inquietos, caminan primero, luego corren.
La tenada se llena de gente. Murmullos y respiraciones contenidas.
—Dios mío…
—Es una muchacha…
—¿Quién puede ser?
—¿No es la hija de los Jiménez? 'Ah, sí, pobre Rogelio, pobre familia...
Del fondo surge un hombre, se abre paso a empujones.
—¡¡¡Es mi hija!!!
—¡Mi Laurita… mi Laurita!
—¿Qué te ha pasado, hija mía?
—¿Qué te ha pasado por la cabeza para hacer esto, Dios mío?- Rogelio llora incontenible mientras su mujer lo abraza-.
Alguien llama a la policía y a la constructora,.
Poco a poco, la gente se dispersa.Solo queda el cuerpo de Laura Jiménez de los Santos, 18 años, estudiante de Primero de Medicina, bajo la viga y sus padres agarrados a sus pies, el suelo húmedo no importa. Dos días después se celebra el funeral, la iglesia llena, el silencio espeso, Miguel Ángel, el novio, junto a sus padres un par de bancos detrás de los padres de Laura, El sacerdote en la homilía hace incapié en la sorpresa y lo incomprensible de la muerte de una chiquilla de 18 años "Hoy no venimos a entender, porque hay cosas que no se entienden, venimos a acompañar el dolor de unos padres... Laura tenía toda una vida por delante, y sin embargo hoy la despedimos… Dios no quiere la muerte, sino la vida... Tal vez no supimos ver su dolor… Oremos para que su marcha nos haga estar más atentos, ser más humanos, más capaces de escuchar…”
La madre rompe a llorar.
Miguel Ángel baja la cabeza. "Como pude dejarla así, he sido cobarde, el dinero para que se librase... Canalla, he sido un canalla, si sus padres se enteran me matan a mí, yo la asesiné con mi indiferencia.
Los niños, que jugaron con la manguera ahora observan el gentío y no comprenden del todo que está pasando... Laura... ya no estará nunca más con ellos... la encontraron... y estaba muerta. Observan desde lejos, en silencio. El ataúd sale de la iglesia, las campanas suenan
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