DONAL el tramposo

 

Donal el tramposo


                        José Luis RAMOS

En Santa Costa todos conocen a Donal, el tramposo, el villano, el prepotente, el dueño del rancho POBLACIONES: un hombre rubio y regordete, de mirada torcida y de moral… adaptable.

Donal tiene un hijo, Tim, y cuando decidió casarlo, porque, de él no salía semejante cosa, aunque es un muchacho bueno, pero con menos luces que una vela mojada, Donal, sin pensarlo dos veces,  se presentó en el Rancho Brasero y pidió a Romualdo Brasero, la mano de Clarita para Tim, el bueno de Romualdo, que sabía bastante de la  forma de ser de Donal, no en vano habían ido juntos a la escuela, aguantándose la risa como pudo, se negó educadamente y con cortesía intentando, con amabilidad, que el pobre Tim, no se sintiese ofendido, pero cuando Donal salió de la hacienda de Romualdo  clamó venganza.

 Tim no se sintió molesto en exceso, Clarita era guapa, pero él no se veía teniendo niños con ella que lo revolviesen todo a  su alrededor, y aunque su padre considerase al señor Brasero un  desaprensivo  porque no quería emparentar con alguien tan importante como él, que era el Sherif de Santa Costa y el hombre más rico de la región pudo dormir aquella noche en cuanto llegó a la cama.

Donal estuvo dos días rumiando su venganza y pateando el pasillo arriba y abajo y, por fin, decidió resolverlo “a su manera”: Contrató a un grupo de cuatreros para que incendiasen el Rancho Brasero, espantasen al ganado y secuestrasen a Clarita y advirtiéndoles  que, en la confusión, podían quedarse con los caballos que pudiesen atrapar aparte del gran fajo de billetes que Donal les pagó por el trabajo y que,  en cuanto estuviesen fuera de Santa Costa se la entregasen a Tim y su grupo de peones “para que fuera acostumbrándose a la familia”.

Los vecinos, cuando se enteraron de que había secuestrado a Clarita, le riñeron un poco en la taberna.

—Donal, eso está mal, si la chica no quiere casarse...
—Claro, Donal, lo que dice Roy, si Clarita no está por tu hijo...
—No se puede obligar a nadie a casarse aún cuando tu hijo tenga una muy buena dote, es que...
Donal lo cortó con una palmada:

-Bueno, camarero,  ponle otra ronda del mejor vino a  esta  gente, que pago yo-,  y así quedó zanjado el incidente.

Llegó el día de la boda y Tim, que tenía mucho interés en llenar la iglesia, salió a caballo, trajeado de punta en blanco, dispuesto a visitar todos los ranchos para ir  invitando a todos los rancheros de Santa Costa uno por uno.

 A medio camino, el caballo pisó mal y el jinete, voló por los aires y aterrizó en un riachuelo como un saco de patatas, asustado por lo que podría hacerle su padre, estuvo un par de horas esperando que alguien lo sacase de allí y volver al rancho a cambiarse para llegar a tiempo y bien arreglado, a la Iglesia de Santa Costa.

 Nadie le ayudó, al verlo en la charca y lleno de barro, los vecinos, miraban para otro lado con gran interés por las nubes que anunciaban tormenta, y grande.

Tim, cuando, por fin, el ayudante del sherif, lo llevó a la hacienda y se cambió, encontró que tenía la pierna derecha magullada y negra como el betún, se presentó en casa del médico y de allí salió con la pierna torcida y la dignidad maltrecha y, desde luego, ya no eran horas de ir a ninguna boda.

Donal, enfurecido, hizo lo único razonable que se le ocurrió: convocar a las autoridades en casa del alcalde, y allí se personaron,  el médico, el maestro, Donal como seriff y se tomó una solemne decisión.

—Esto exige soluciones —declaró el alcalde, flemático,—. Impondremos un impuesto especial a todos los ranchos de Santa Costa. ¡A todos!,  a usted también, Donal,  faltaría más, todo sea por la prosperidad común.

El alcalde levantó acta y se acordó que el maestro no tendría que pagar porque no tenía hacienda,  el médico, aprovechando el momento, pidió fondos para su dispensario:

—No he podido salvar la pierna de Tim, por no tener con qué hacerlo. Y, de paso, no estaría de más arreglar el tejado.

Mientras discutían, Clara, descubrió que al lado de la casa del alcalde, donde se celebraba el solemne acto, uno de los caballos de su rancho relinchaba inquieto y, sin pensarlo, hizo como que iba al servicio y en un periquete estaba en la calle, tranquilizó al caballo, lo montó y salió disparada montaña arriba.

No se la volvió a ver nunca  más por Santa Costa.

Algunos dicen que se fue buscando un lugar donde hubiese buenos pastos y jóvenes dispuestos a casarse por amor con ella, otros, que simplemente escapó de Santa Costa para no escuchar más los discursos de Donal.

Santa Costa siguió su vida, con sus impuestos, sus incendios y sus silencios.

Los vecinos bajaban la voz cuando Donal pasaba.

Con el paso de los años, Donal se quedó solo, su hijo se marchó a otra ciudad donde hubiese alguna joven dispuesta a casarse con él y en Santa Costa todos los rancheros terminaron dando de lado a Donal que,  ya viejito, se miraba al espejo del comedor —un espejo algo sucio porque solo quedaba en el rancho una criada anciana y con poca vista, los jornaleros se habían ido marchando y él, no estaba para limpiar ni siquiera su habitación, por hacer algo, se colocaba el sombrero con gravedad y ensayaba discursos que nadie estaba ya dispuesto a escuchar.:.

—¡Yo mando aquí! —decía, levantando el dedo.
Luego bajaba el dedo, por si acaso.

La casa estaba vieja, la lámparas parpadeaban. No había música, ni invitados, ni heredero. Solo un hombre solo, muy serio, cuidando de que su propia sombra no se le subiera a la chepa.

—No es fácil ser el más grande…-Solía decirse a sí mismo.

Cuando se le caía el sombrero, miraba a su alrededor, y se lo calaba de nuevo, digno, solemne, imperturbable.

Y así, en Santa Costa, todos murmuraban de aquel viejo que se creía tan importante y que no era más que un hombrecito que solo tenía una cosa:  vanidad.

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