Algunos de los que vinieron después del señor bajito.
Cuando empezaron las elecciones, nadie sabía muy bien quiénes eran aquellos hombres que se habían puesto al frente de los nuevos partidos ni siquiera de los partidos que ya existían como el Partido Socialista.
Todos esos hombres de los carteles eran personas completamente desconocidas para la mayoría, sobre todo al principio, pero eran un proyecto de país después de una larga dictadura y por eso, para convencernos, se prestaban a aparecer en los carteles.
Nombres nuevos, trajes prestados, sonrisas ensayadas. Todos ellos prometían futuro, pero, para nosotros, ellos aún no tenían pasado y tuvimos que hacer un acto de fe al votar su candidatura.
Luego, cuando llegaron a La Moncloa y empezó el desgaste. El primero, Suarez, hablaba bajo, fumaba mucho, y daba la impresión de estar siempre hablando con frases que, pretendía, quedaran en la historia. El siguiente, Felipe, moreno, guapo para la cartelería, era más rotundo, descubrió el poder de la palabra, sus asesoren hicieron un buen trabajo con aquel abogado laboralista que había repartido leche en una moto cuando su padre trabajaba para un torero famoso, han pasado más de cuarenta años y sigue enamorado de la palabra, tanto tanto, que a veces, parece escucharse a si mismo más que al país.
Rajoy caminaba rápido, como si para gobernar fuese ganar una oposición, él había ganado varias y era un hombre de mucho trabajar... Le despojaron del poder por las malas compañías...
Otros hablaban despacio, como convencidos de que la sociedad estaba preparada para el futuro y había que informar con calma aunque el pueblo pudo comprobar que solo era amabilidad y dar mensajes de cordura y serenidad.
Y, el último, al principio decía que el talante lo es todo, pero el talante también se gasta, por eso anda siempre como si tuviese prisa por demostrar las cosas, siempre en pie, siempre resistiendo, como si gobernar fuera no caerse, aunque el suelo tiemble. Total, que entre todos los que nos han gobernado y los que nos gobiernan ahora solo queda el trabajo personal, el luchar por mantener a la familia y llenar el plato mientras desde las televisiones nos entretienen con esos mensajes que, engañosos, nos hacen dudar de si, efectivamente, debemos hacerles caso algún día.
Con el tiempo, el “Excelentísimo Señor Presidente” se fue quedando sin mayúsculas. Pasó a ser Suárez, González, Aznar, Zapatero, Rajoy. Nombre y apellido. Como el vecino. Como el cuñado. Como cualquiera. La televisión hizo el resto: mostró sus tics, sus enfados, sus silencios incómodos, sus debilidades domésticas. Los bajó del pedestal y los sentó en el sofá.
Entonces entendimos que aquellos personajes de cartón eran de carne. Que no eran gigantes, ni sabios, ni héroes. Solo personas con más foco del que podían manejar.
Y quizá ahí empezó el verdadero desencanto: no al descubrir que no eran extraordinarios, sino al recordar que nunca debimos esperar que lo fueran.
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