UNA TRAGEDIA DE `POSGUERRA.
UNA TRAGEDIA DE POSGUERRA.
José Luis RAMOS
Fue el 17 de mayo de 1952 cuando el Semiramis llegó a Barcelona.
El 18 a las 17,30, tres salmantinos llegaron a Salamanca, en el tren Barcelona-Salamanca, estación término. Uno de ellos fue Miguel Silva.
La noche del 17 de mayo, al ser notificada su llegada, en una noche fría, tan fría como el helado corazón de Clara Hernández, escapaba de su casa, con su hijo Manuel de la mano, seguida de Amalia Segurado, su amiga y compañera de la fábrica de zapatillas.
La llegada de Miguel, su marido, les obligaba a abandonar la casa que una vez creyó que podía ser su hogar y que fue un lugar de sueños rotos y promesas vacías, la casa que ahora dejaba de ser un refugio, que iba a convertirse en una ratonera si no escapaban, si seguían allí, cuando llegara Miguel, iban a vivir una vida peor que la propia muerte.
Desde que corrió como la pólvora, la noticia de la llegada del Semiramís al puerto de Barcelona con los combatientes de la Operación Barbarroja Clara supo que tenían que irse, solo pensar en encuntrarse frente a frente con Miguel Silva, el miedo le atenazaba el corazón.
Para los otros, los que no conocían a Miguel ni a los otros dos falangistas supervivientes que regresaban, en la España de 1952, era la llegada de los héroes de la División Azul, los falangistas que habían combatido el comunismo en su propio terreno, pero, para Clara, era volver a un pasado de pesadilla, solo pensar que regresaba para reclamar lo que consideraba suyo, su mujer y su hijo, la hacía temblar. Pero no, ella no iba a permitir que Miguel ni sus dos hermanos, los encontraran.
Cuando el tren se detuvo, Miguel Silva y los otros dos falangistas, bajaron del vagón. El suelo crujía bajo sus botas, el bullicio de la multitud, ensordecía, la muchedumbre aplaudía y vitoreaba a los heroes que habían dejado bien alta la bandera de España en Rusia.
El Gobernador Militar. sonriente, estrechó las manos de los tres gloriosos militares y Miguel, escuchó como en un murmullo: “¡Bienvenido a casa, camarada Silva!”, Miguel, con una mirada vacía y distante, asintió en silencio, su mente estaba lejos, muy lejos de esa estación y de las aplausos. oía, como una algarabía las voces de los heridos en combate, episodios, que creyó olvidados para siempre, revivían ante sus ojos.
Con una obsesión extraña buscaba ansioso a Clara, pero Clara no estaba por ninguna parte, debería estar, tenía que estar, y sus hermanos... y su madre, si es que aún vivía, los otros se abrazaban a sus familias y él estaba allí, rodeado de gente pero solo, sin nadie, a sus compañeros los homenajeaban como heroes pero él estaba helado entre la gente... Clara no estaba a recibirle. ¿Por qué?
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Desde que se supo la noticia, tuvieron poco tiempo para preparar la huida, habían hecho las maletas en silencio, de madrugada, y sin explicar gran cosa a Manuel, Manuel era un niño pequeño y no podría entender la gravedad de lo que estaba ocurriendo, se limitaba a obedecer, siempre había sido un gran chico.
Cuando Clara cerró la puerta de la casa le susurró a Manuel al oído, con voz temblorosa pero firme, "Hijo mío, tenemos que huir para estar a salvo" Manuel se limitó a asentir en silencio y apretar la mano de su madre.
Mientras, en la casa de los Silva, una casa de piedra y ventanas con verjas de hierro, con las paredes cubiertas de recuerdos. banderines y fotos militares, tres personas estaban cenando en silencio.
Se habían reunido ante el fuego de la chimenea, a oscuras, las brasas apenas iluminaban sus rostros tensos. No hablaban de la llegada de Miguel. Los tres, los dos hermanos y la madre, sabían que el regreso de Miguel era inminente y estaban tensos, habría cambios que nadie esperaba, papeles que firmar, dinero que repartir cuando no es esperaba que aquel hermano apareciese vivo.
La madre, Enriqueta, una mujer de aspecto severo y rictus amargo por todo lo sufrido durante la guerra y los años en que había llorado al hijo que ahora, incomprensiblemente, volvía. se diría que la espera contra toda esperanza de aquel hijo, la hubiesen destruido de forma irreversible.
Su rostro no mostraba huella alguna de alegría ante la vuelta del hijo que durante tantos años había creído muerto.
Los hermanos Silva habían escuchado rumores de que Clara y el niño, ya no estaban, algo le decía que su hija política no formaría parte de la celebración y eso la martirizaba.
—Miguel llegará pronto —dijo Luis, el mayor de los tres hermanos. En su voz y en sus ojos se advertía inquietud—. La estación estará llena de gente.
—¿Y Clara? —preguntó Francisco, con una nota de desconfianza en su voz-. Esa... ha sido siempre tan difícil de controlar—. ¿Qué ha pasado con ella? Nadie la ha visto desde ayer.
La madre, callada, mira al fuego. El silencio de la sala es una sombra alargada. Todos saben lo que eso significa: Clara nunca había sido una más en la familia, había algo en ella que los incomodaba, algo que nunca habían logrado descifrar.
—Seguro que está esperando a Miguel, —dijo Luis con voz dura, sin querer pensar en la posibilidad de que Clara se hubiera ido—. Pero, si no está, la encontraremos. Lo juro.
Los hermanos se miraron con un rictus de desasosiego. No podían dejar que Clara escapara. No podían permitir que la familia de Miguel se dispersara, no precisamente ahora.
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Clara, al principio de su relación había creído en Miguel, en su idealismo, en su amor, en la familia y en el futuro. Pero, poco a poco fue viendo la otra cara de Miguel: su crueldad, su obsesión por la violencia, las atrocidades cometidas en nombre de una causa que no comprendía. Fue el regreso de Miguel a Salamanca, y el temor a su venganza, lo que la empujó a huir. No podía quedarse en la ciudad que la había visto nacer y vivir, volver a vivir con Miguel sería volver a sufrir la violencia de un hombre que, ahora, cuando estaba bien, consideraba un infierno.
La mañana del día del regreso de Miguel fue un evento grandioso para muchos salmantinos. La estación de tren estaba abarrotada de gente que esperaba con ansias ver a los “héroes” de la guerra en Rusia.
Mientras,para los hermanos de Miguel, el verdadero asunto era encontrar a Clara. Luis y Francisco se dirigieron con urgencia a la casa de Miguel. La puerta estaba cerrada, no había señales de vida.
En ese mismo momento supieron que algo iba mal. La madre de Miguel se quedó en la casa, mirando por la ventana con una expresión de desesperación. El regreso de su hijo se estaba transformando en una pesadilla, porque sin Clara y sin su hijo, Miguel no sería el héroe que todos esperaban.
Los hermanos Silva comenzaron a organizar una búsqueda frenética por los alrededores de la ciudad. Sabían que Clara y el niño no podían haberse ido lejos. Y si ella estaba huyendo, debía ser por algo. Y ese algo, se imaginaban los dos hermanos, no podía ser nada bueno.
El regreso de Miguel y la huida de Clara con todo el misterio que rodeaba su desaparición se convirtieron en la verdadera historia no contada. Y mientras los hermanos buscaban respuestas, Miguel, ajeno a todo lo que ocurría, se enfrentaba a un futuro incierto, rodeado de aplausos que no podían ahogar la creciente angustia que sentía en su interior. ¿Qué iba a ser de él ahora? ¿Quién se acordaría de él en unos días? ¿Habría alguien dispuesto a dar trabajo a un hombre enfermo que solo sabía empuñar un arma?.
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