EL MUNDO DE PEPE en los años 50

EL MUNDO DE PEPE

                               en los años CINCUENTA 

                                                        José Luis RAMOS


Me llamo Pepe y nací a finales de los años cuarenta, por tanto, lo que quiero narrar es mi infancia durante los años cincuenta, era un niño gordito en una época de hambre, según me han dicho pesé seis kilos al nacer, me pesaron en una romana  y mis primeros recuerdos son los miedos a los lunes por la mañana, salir de casa para ir a los Jesuitas era nada más subir la calle Almansa y entrar por la puerta de la calle Vergara, pasar la puerta era un suplicio, era un temor que se  pega al estómago como un esparadrapo. Por lo general, no llevaba hechos los deberes ni había estudiado las lecciones  que había mandado don Desiderio.

Don Desiderio era un señor delgado y de estatura mediana que tenía la mala costumbre, en mi opinión, de preguntar sin seguir la lista de clase, lo primero que se le ocurría de lo que. en teoría, habíamos estudiado en el fin de semana, y a primera hora solía ser Historia de España y, en cuanto pasaba lista llamaba a alguno de nosotros. "A ver, Fulanito, ¿Quien reconquistó  Granada? y si fulanito no lo sabía, gritaba con la regla en alto: "A la pizarra", y  fulanito, el que fuese, alguna vez me tocó a mí,  caminaba desde su sitio hasta la pizarra como si fuese una larga travesía, esperando que alguien, en los bancos de la derecha o de la izquierda, le "soplara" "Isabel la Católica" y Fulanito cantaba bajo y dubitativo. "Isabel la Católica" y, si era así, aunque sabía perfectamente que se lo habían "chivado" se ponía en pie y arengaba sobre los Reyes Católicos y el escudo de España y la Patría una y Libre... porque el buen señor era de los que se sentían orgullosos de sus exitos de guerra. Pero,  de no ser así, fulanito se había caído con todo el equipo y al llegar a la pizarra, cogía una tiza y se quedaba esperando a que don Desiderio le pidiese. "Vamos a ver, jovencito, ¿Dónde está Granada? y pobre de fulanito  si no acertaba a colocar la tiza a la altura de Granada... en el mapa de España que cubría casi toda la pared. si no acertaba el pobre fulanito  estaba perdido.

Más de una vez  fue Ramos el que debía responder y ya he contado que de deberes en el fin de semana. nada, era llegar a casa el sábado a mediodía y dejar arrinconada la cartera en un rincón del comedor como el obrero que ha cumplido fielmente con su trabajo de aguantar las clases durante toda la semana, iba a la cocina, merendaba con calma mi chocolate Coca y mi rescaño de pan y me preparaba para escuchar la radio del comedor estorbando lo menos posible a los mayores para que no me mandasen fuera porque ellos también querían escuchar a Matilde, Perico y Periquín o si aún era pronto, el final de la novela de Guillermo Sautier Casaseca, ¡ese señor si que trabajaba!, todos los días había un capitulo de alguna de sus novelas para entretener a las amas de casa en sus tareas... pero volvamos a las clases de don Desiderio y los apuros del gordito Ramos, si tenía la mala suerte de no acertar, que era bastante frecuente, tenía que quedarme allí, junto a la pizarra y sin recreo salvo que la pregunta de la siguiente clase, Religión, fuese sencilla y me la supiese de oídas, así, si lograba responder a la primera pregunta como repesca, no pasaba nada, de lo contrario, ya podía irme olvidando del  recreo, de la calentita leche en polvo y el queso amarillo que a mí, no sé muy bien por qué, me encantaba.

Y todo el desastre tenía un motivo, los domingos —¡qué le vamos a hacer!— eran para salir a jugar a la calle después de salir de misa y la calle era el universo entero: pelotas, carreras, arena, risas.. por eso, si hacía buen tiempo, Pepe no se acordaba, ni por soñación, de los deberes del sábado.

En los días fríos aún era peor, estaba el calorcillo de la estufa de serrín en el comedor, que era el mejor refugio, con la vieja Sonata, con sus  dos diales que parecían gobernar el mundo, aquella radio era magia pura… entonces, hasta la magia era de andar por casa.

Para la madre y la abuela,   con la compañía de la Sonata. se pasaban las tardes enteras haciendo punto o cosiendo calcetines, y mamá y la abuela, siempre con la labor en las manos, escuchaban las novelas y se les nublaba la vista al oír a Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, Matilde Vilariño o Alfonso Gallardo… ¡Ah! aquellas voces sí que sonaban importante.ah! y no dejemos de lado el Consultorio Radiofónico de doña Elena Francis, que años después, como casi todo en aquellos años oscuros, se descubrió que la tal doña Elena no existía, que era lo que escribía un señor y leía una locutora dando consejos al uso, y que tanto las preguntas como las respuestas no eran más que consignas del régimen, en las que se les decía a las mujeres cómo debían respetar y obedecer a su maridos y ser sumisas siempre a sus maridos. 

A eso se añadían los programas de turno: Ustedes son formidables de Alberto Oliveras por las noches o Cabalgata Fin de Semana.

Por eso, en ese ambiente no había niño capaz de estudiar y si lo había, desde luego, no era yo mientras los otros, los mayores, estaban escuchando Cabalgata fin de semana... Y, claro, el lunes, pesaba mucho la cartera calle Almansa arriba y me preguntaba, muy apurado. "¿Por qué no tendré fiebre hoy?, Qué faena".

. En aquella España, gobernada por una ideología de más de seria, que parecía empeñada en educar a base de miedo y silencio, uno tenía la sensación de que la infancia era un asunto sospechoso. Muy diferente a los años de la República decía mi abuela Juana y me contaba que Federico, iba por todos los pueblos con su Barraca y había otros muchos teatros itinerantes que pretendían llevar la cultura y la libertad  al pueblo, que la vida tenía que tener un fuerte componente de alegría y cultura,  no sermones y monsergas, como ocurrió después.

Sin embargo, entre palmetazos, sermones y recordatorios de “Los caídos por Dios y por España”, el "Cara al Sol" al arriar bandera para entrar y salir de clase, decía mi abuela que  "algo se les escapaba": que los niños eran niños y no se les podía tratar como a soldados. Y yo no decía nada, pero que pensaba que la abuela era muy sabia, y que también educaban a los niños las salidas que tenía Periquín… y aquel "No, papá, galletas no, papá, galletas no..." Y yo sabía que no rechazaba las galletas sino las bofetadas que el autor del texto había quitado para no asustar. 

En aquellos años, tanto los padres en casa como los maestros y la gente en general eran muy serios, demasiado, y estaban  empeñados en que nos teníamos que hacer hombres de provecho, pero yo, en mi inocencia, miraba a los mayores y veía sus caras de cansancio y su trabajo duro e ingrato, los carros, las costureras, los tenderos poniendo la mano bajo la báscula, las bofetadas sin motivo alguno y pensaba que aquel hacernos hombres de provecho no era una buena idea; y mira tú por dónde, las cosas han cambiado y nos han dado la razón, ser hombres de provecho es otra cosa, es vivir, disfrutar, compartir, ser felices... si se tiene suerte.

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